06 febrero 2006

Pena de muerte

A diario, los medios de comunicación informan sobre hechos repudiables que conciernen al secuestro de niños y niñas con el agravante de que muchos de ellos aparecen muertos en algún descampado después de haber sido ultrajados sexualmente. Como es natural, la reacción de los familiares y entrevistados se orienta hacia una sola dirección: una ley que haga posible la pena capital para los violadores y asesinos. En contraposición, hay grupos cuya opinión tiende a preservar la vida y reinsertar al malhechor a la sociedad mediante alternativas de solución que pueden ser: sólo Dios, Dios y la ciencia, sólo la ciencia. Así, opinan que estos malhechores, considerados lacra y peligro latente para los seres más vulnerables, podrían salir del fango en que se encuentran con la respectiva ayuda; por ejemplo, las personas que imaginan a Dios como la única alternativa creen que el hombre dejaría de delinquir si sólo se acercase a Él con un corazón contrito y humilde, esperanzado en Jesús quien dijo: “al que a mí viene no lo echo fuera”. Luego, el violador-asesino sería una nueva criatura con una frase escrita en su corazón: “las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas”; es decir, un acto de fe, frente a la propuesta puramente académica que excluye a Dios como alternativa y considera que el problema en cuestión debiera ser tratado por expertos que sugieren desde la asistencia sicológica hasta la castración química o física para quien tiene la conducta sexual desviada.

Universalmente, la pena de muerte es entendida como el castigo que consiste en privar la vida al hombre. En algunos países, se hacen merecedores a esta sanción quienes ultrajan sexualmente al menor de edad; en otros, los que ejecutan actos terroristas, corrompen funcionarios, etc. En el Perú esta medida es inaplicable y así debiera serlo porque nuestro país suscribió los convenios internacionales de los Derechos Humanos.En el mundo existirían alrededor de 78 a 90 países en cuyas legislaciones existe la pena capital; aplicada la ley, deviene la serie de muertos, claro, en cuanto a número, es extremadamente inferior a la cantidad de cuerpos que yacen sin vida en la tierra de pueblos invadidos, adonde, sin necesidad de leyes, una potencia como EEUU envía su poderío militar sólo por voracidad económica; es decir, ¡pena de muerte a quienes se enfrentan a los invasores que entran a sangre y fuego!

Según los académicos, el violador disminuiría sus deseos sexuales después de una castración química o física; también existe la posibilidad de que controlaría sus bajos instintos si fuera tratado por sicólogos. Pareciera que el mal menor fuera la castración química y, por tanto, una aceptable alternativa.

Lejos de analizar el contexto del candidato a la pena capital, los políticos optan por la salida más fácil: destinar cuantiosas sumas a la construcción de centros carcelarios sin implementar políticas de prevención del delito o reeducación con la participación activa de profesionales o líderes religiosos, como lo están haciendo, por ejemplo, en muy escasos municipios limeños, donde se desarrollan de modo satisfactorio talleres de recuperación de adolescentes o jóvenes pandilleros.

Años atrás, un violador, respondiendo a las preguntas de un periodista, dijo que el solo hecho de ver en la calle a una criatura indefensa sentía despertar en su interior las más bajas pasiones; confesión terrible, por cierto, sobre todo, para las personas que dicen tener a Dios en el corazón, pues, en opinión de ellas, esta enfermedad es espiritual y, producto del distanciamiento del hombre respecto de su hacedor, ya que sólo el alejado de él actuaría insanamente. Tan repudiable como el caso anterior es la obra de algunos “creyentes en Dios” que envían tropas a otros países a derramar sangre inocente.Cuando se trata de combatir el crimen y la delincuencia, generalmente, las autoridades excluyen a Dios de sus planes; poco recurren al aspecto educativo; pero, sí, mucho, a la represión. En aparente paradoja, uno de los principios de la educación moderna prohíbe castigar al niño en la escuela; pero poco o nada enfatizan sobre su desarrollo en el hogar, donde es ultrajado moralmente por sus mayores, por gentes que, seguramente, creen en Dios y se hacen la señal de la cruz.

¿Merece el violador la pena capital? He aquí la interrogante que debiera ser analizada y meditada por los que se preocupan por una sociedad exenta de estos males. Con la pregunta se pretende buscar principalmente alternativas de solución al problema de quienes padecen de desórdenes en su conducta sexual o son corruptos, terroristas, etc.Si la única salida fuese la pena capital, entonces la muerte del primer trasgresor habría servido de lección a los pervertidos sexuales y asesinos a reprimirse; se supone que debió desaparecer el delito de violación sexual; pero no fue así. Este es argumento poderoso para comprobar la ineficacia de la alternativa que obvia o excluye a Dios; pues, ella no combate el mal que torna adicto al ser humano a tener relación sexual fácil o corromper conciencias. Concluyo: valdría la pena esforzarnos para aproximar a los propensos a violar la ley y la moral hacia el hombre bíblico que fue condenado a muerte al grito de: crucifícale, crucifícale.

3 comentarios:

Carlos Gilmer dijo...

Bueno a mi parecer un pervertido sexual asi le hagan la castracion quimica no dejara de serlo ya q Igual tyine otras herramientas para hacer el acto sexual como objetos terceros q estos al acer penetracion ya incurririan en violacion

Olger Melgarejo dijo...

Te agradezco por la observación Carlos Gilmer. Precisamente en el texto planteo que el violador requiere la transformación de su vida mediante una una intervención de Dios; una vez producido el hecho, el violador ya no recurrirá a ningún medio para cometer el delito por cuanto tal impulso malévolo habrá desaparecido de él.

Olger

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