Bípedo de la balanza
Todas las mañanas, abandono mi guarida fúnebre, empujado por la ansiedad de hallar a algún bípedo que muestre interés por mi mensaje y también por el deseo de disfrutar una vez más del sosiego que espante la obsesión de hacerme la señal de la cruz, que es una constante en horas de la noche. Mi calzada de ascenso es ondulante y aterradora. Mientras camino, volteo la mirada, de cuando en cuando, por el temor que tengo de sentir el peso de una mano invisible en mi abdomen. A medida que voy entrando en contacto con el mundo exterior, me sumerjo en la dicha con sólo percibir el crepúsculo que hace visible al vasto y cielo estrellado, en donde cada mediodía arde cual inmensa tea el astro cegador. Fuera de mi dormidero, mi primer quehacer consiste en buscar moscas ateridas de frío. Una vez despiertas, aterrándolas con mi rostro que da la apariencia de cruel asesino, troto encabritado tras ellas que huyen por sus vidas en torpe vuelo. Igual emoción siento mientras coloreo la yema de mis patas en el tinte polvoroso de algunas mariposas, en fingida muerte. ¡Oh maravilla! Es la hora de mis extremidades, de mi garganta y del orificio de mi abdomen. Momento de liberarme de las tensiones con sólo contemplar mi horizonte y dar voces al inexistente Bípedo de la Balanza.
La visión espeluznante de años atrás me dejó transformado en escenario de verdaderos conflictos en el que combato hasta ahora contra mí mismo y no sé contra quién más. Sea como fuere, lidio contra el desánimo que pretende desviarme de la misión que a la larga me conducirá a la inmortalidad. En reiteradas ocasiones he caído en la tentación que entra por los ojos, sobre todo, si se apareciese a la vista alguna patuda de gran abdomen y andar acompasado. Terminada la fechoría, el cielo se apiade de mí, cruzando las patas empiezo a golpearme el pecho por haber cedido ante el apetito de la carne, cuando esos preciosos instantes pude haberlos empleado en la misión tan delicada de ubicar al Bípedo de la Balanza.
Décadas atrás, una voz audible tomó posesión de mí. Era la misma voz que me infundió serenidad cuando el río golpeaba contra el asno pensativo, que se encontraba ayudándome a cruzar el torrentoso río de mi quebrada. Esa voz también me salvó de morir achicharrado en las llamas de fuego que consumieron por completo la choza del indio Tomás, quien se encontraba arreando las reses del patrón hacia el abrevadero.
Ante la orden misteriosa, sentí que mi diminuto cuerpo no me pertenecía; ni mi voluntad. En plena oscuridad yo era una criatura ferrosa, un ser carente de la facultad de pensar. ¿Desde entonces estaré programado? Pareciera que sí. Y eso queda demostrado apenas empiezo a trabajar de memoria mi túnel cuando este es destruido por algún cuadrúpedo que anda con los belfos dispuestos a arrancar el pasto de la tierra.
Mis patas respondieron con gran velocidad a la voz misteriosa. Transformado, corrí en zigzag a pesar de que en el extremo de mis larguiruchas patas empezaban a germinar diminutos pies de bípedo infante. Aún así me desplacé tras los uniformados que cargaban cuerpos en dirección al carro estacionado con el motor y los faros encendidos. ¡Síguelos! Y lo hice con la velocidad fantasmagórica de las balas que salen del arma asesina o del relámpago que desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Pero cuando la fe entra en prueba, llego a dudar de mi llamado y hasta reniego de él. Ha transcurrido más de una década y la voz misteriosa ha dejado de darme órdenes. ¿Habré sido convocado para ser guardián de huesos? ¡No admito la posibilidad de que el Invisible se haya lastimado, porque su voz, que cubría toda la tierra, reflejaba que Él era inmune a toda enfermedad! ¡Quizá ahora está dando órdenes a otro como antes a mí!Debo estar atravesando una seria crisis, algo peor que otro de mi especie, pues, cual bípedo, amante de hacer fechorías, impulsado por la soledad del escampado en que moro, dando rienda suelta a mi defecto interior, violento a la pobre patuda que, por error, habría incursionado en mis dominios. Con el alma en tensión, me abalanzo sobre ella y ¡zas!, vacío mi maldad, aún corriendo el riesgo de concluir mi faena con el cuerpo malherido. ¿Habré actuado mal? Estoy convencido de que sí, porque, concluido el ataque, me siento invadido por la lección que enseñaba en mi quebrada la maestra de mi bípedo captor: se defendieron con uñas y dientes. Y así era. En todos los casos yo tenía las de ganar, al menos si ingresaban en mi guarida de donde se sale sólo si se cuenta con la ayuda de los rezos.
Debido a los años transcurridos bajo esta tierra y el estado de abandono en que me encuentro, sufro de achaques como el remezón de cuerpo y el mal de espíritu. ¡Grito y jadeo en mis horas de sueño! Aúllo con alarido de bípedo. ¿Qué destino le daré al recado que se ha transformado en ruma de huesos? Debí mostrar firmeza de carácter y decirle ¡no! al ordenador. Se me afloja el abdomen y hay veces en que, reclinado en mi diván de seda, gimo y río de mi suerte. Malaya la hora en que llegué a ser testigo de la visión. Otro debió ser el convocado a esta tarea y no, yo, porque soy sólo un desdichado ponzoñoso.
Unos yacían desangrados en tierra; otros padecían el pataleo final. ¡Fin de la especie bípeda! En la oscuridad, bombas, balacera y gemidos opacados por la garganta vibradora que trataba de imitar a la melodía del querubín. En el tercer ¡síguelos!, de un brinco me aferré al metal herrumbroso cuando un uniformado cerraba la puerta del camión portatropas.
Se me erisipela la piel con sólo evocar al militar que iba sentado al timón del carro. Los interminables postes de cima encendida a lo largo del pavimento, parecían adheridos unos a otros. Qué fantasmagórica velocidad para un novicio como yo, que sueña ser bípedo. Inexplicablemente me sostenía en el metal girador a pesar de que se esfumaban de mis patas los pies nacientes de bípedo. Uno a uno se desprendieron: primero los dedos, luego el empeine y el talón. Me dolió perderlos pues me había hecho a la idea de retornar algún día a mi quebrada y arribar con pies de bípedo infante a la casa del indio Tomás, antes que la muerte nos separe. Los neumáticos rodaban alzados a ras de la pista, a la altura en que las avecillas azabaches, entre pirueta y pirueta, suelen volar, besando la tierra. Lenguas de fuego por el tubo de escape. ¡Qué enajenación! La muerte me acariciaba, sobre todo si parecía resbalar hacia la pista. Sólo entonces, atiné a rezar como lo hace el indio Tomás, en momentos previos a la siembra y siega.En la oscuridad ingresé al cementerio tras los uniformados que se desplazaban cautelosos por los vericuetos de la construcción fúnebre. El que encabezaba al grupo ordenaba: ¡pronto, mierdas!, ¡apresúrense!, ¡el tiempo apremia!, ¡suban a los diez primeros!; ustedes, de pie, manténganse listos con el material. Después que los bípedos fueron encapsulados en varios nichos, continué en el carro que tomó otro rumbo mientras yo guardaba en mi memoria lo sucedido. ¿Cementerio de cuál pueblo es este? ¡Qué extraño! Aquí también moro pero he olvidado su nombre. Bien digo que me parezco al robot, la criatura ferrosa. ¡Qué pésima memoria! Debiera familiarizarme con el apetitoso caldillo del que se vale el indio Tomás para mejorar su cerebro. ¡Ah! ¡Ya recordé! ¡Se llama San Vicente! ¡Sí! ¡San Vicente! Estoy seguro que quien avistare la inscripción N. N. percibirá mi tejido en la parte superior de los nichos y en el recipiente ahora oxidado en que algún bípedo de buen corazón puso un ramo de flores, restándole importancia a las amenazas.
¿Cuánto tardará en llegar el Bípedo de la Balanza?
La cueva donde moro es resultado de mi arduo trabajo. Qué duda cabe, en la construcción y reparación de túneles, interviene la fuerza superior, que sí entra a tallar cuando el caso es de su incumbencia. ¿No será el autor de la voz misteriosa? Cavé la tierra de sol a sol sin necesidad de pala y sin probar bocado de pan ni sorbo de agua, menos la coca, fiel compañera del indio Tomás. Por último, soy poco aficionado al menú del bípedo, con la salvedad de que en mi quebrada, sí me agradaba revolcarme en el mate de mi captor que contenía el polvillo azucarado de cebada tostada.
Las moscas suspenden el vuelo en mi telar. Caen precipitadas voluntariamente; claro, después de echar un vistazo a mi abdomen; eso me hace pensar que algún invisible se preocupa por mí, porque, de otro modo, las moscas no podrían sacrificarse por gusto; quizá convenga hacer memoria la prédica del bípedo vestido de negro; le llamaban el cura Popish; él decía que el profeta Elías era un hombre con privilegios y que por ello sobrevivió en un paraje deshabitado, gracias al cuervo, quien lo alimentó durante varios días ,con pan y carne, por orden de Dios. No sé por qué, las diminutas moscas, cayendo en mi tejido, me esperan pacientes, patas arriba, para formar parte de mi cuerpo después del cántico de las perdices.
Tengo encallecidas las patas y los dientes, romos. Cómo describir la ayuda del Invisible en la construcción de túneles cuyo extremo tiene su final en un laberinto óseo. Cavé hoyos en zonas descampadas. En total soledad, con el orificio de mi abdomen, escribí mensajes en los nichos y en las hierbas, sin un trapo con qué secar el sudor de mi frente y cubrir mis narices de la hediondez. Imposible obviar el aire irrespirable que inhalé mientras acortaba la distancia a la ruma de cuerpos. ¿Habrá alguien que sepa reconocer mi esfuerzo? ¡Cómo borrar de la memoria los momentos aciagos en que caía desplomado por tiempo indefinido, sobre las carnes putrefactas! Ningún bípedo entiende mi sutil grafía, salvo el Invisible y la patuda, que en ocasiones viene a jadear debajo de mi abdomen.
¿Qué importancia tiene el nombre de los lugares? Construí túneles en parajes inhóspitos. ¿Qué significado tendrá Agomarca, Pucayacu, Cayara? Cubrí con mi tela los hoyos de las paredes de donde extrajeron balas. Realicé igual labor en las paredes de los penales a pesar del olor a orina o los golpes con el extremo de la escoba. Soy inmortal. Si ahora muriera mañana seré visto en otros hoyos. Conmigo no funcionan las balas. Aunque ignorante, construyo túneles donde es sepultado a escondidas un pobre bípedo. Soy experto en dejar limpios los plomos que ingresaron en los cráneos. De haber asistido a la casa donde los chiuchis aprendían a pronunciar mejor mirando un papel, ¿qué medios habría utilizado para portar mis implementos o cómo habría escrito en el papel si la sustancia que sale por el orificio de mi abdomen deja de funcionar en superficies planas? ¿A qué nombre habría respondido si la bípeda de bien vestir, de pechos y ancas prominentes, pasaba lista? Los chiuchis me habrían dado muerte con sus varillas resecas. A mi sola presencia, la bípeda habría chillado, como sabe hacerlo: ¡denle muerte a esa patuda!Fui testigo de bípedos emponchados en pataleo final. Todos ellos se parecían al indio Tomás. Si bien en mi paraje se tenía como lema los machos no lloran, frente a la muerte, la realidad tenía otro cariz, pues, los bípedos de cualquier edad, en su debido momento, sólo supieron implorar por sus vidas con gemidos indecibles. Entonces me contagié de esos llantos y bien quisiera enrostrarle al músico, cuya voz era el indicio de que ya había empezado el traqueteo de las metralletas.
La voz se propagada como si estuviese saliendo de un palacio iluminado para la ocasión. Con mucha calidad y modulación, la voz se perdía en el cielo de una urbe sumergida en la niebla o aturdida por el verano candente. A decir de los bípedos, ¡la sin igual garganta tenía por antesala a una lengua prodigiosa, amurallada por dentaduras de finas características! ¡Oh! ¡Delirio total de multitudes! ¡Pero qué pésima memoria tengo! ¡Hasta los cuadrúpedos recuerdan el camino por donde frecuentan! ¡Yo he olvidado las palabras de la canción preferida del músico! ¿Algún trauma? Sólo tengo en mente una parte muy pequeña que dice: la erre del rifle. En ese instante las armas empezaron a traquetear y cesaron de vomitar balas sólo cuando la voz dejó de vibrar.Soy presa de pesadillas. ¡Si los uniformados supieran el papel que me toca jugar en esta historia de huesos y carnes putrefactas! ¡Si ellos sospecharan que quien tomó posesión del subsuelo y los bordes de los nichos abandonados, conoce de memoria el modo en que dejaron de existir los bípedos emponchados! Estos hoyos me pertenecen y fueron construidos muy a mi estilo pero por cuenta y riesgo de la voz misteriosa que, sin necesidad de recurrir a arma o chantaje alguno, me ordenó a activar los dientes, las patas larguiruchas y el orificio de mi enorme abdomen.¿Estaré sufriendo las consecuencias de mi arrojo o serán los primeros síntomas de la enfermedad del bípedo? ¿Por qué creí que la voz ¡síguelos! estaba dirigida a mí? ¡Quizá ya estoy contagiado del mal del bípedo que hace perder la razón y lo lleva a cometer crímenes tan horrendos como el sucedido en la casa de los presos! ¡Con toda seguridad ya estoy con la cabeza movida! ¡Sí! ¡La enajenación! Hasta pareciera que voy a devorar a uno de mi especie o a mí mismo. Me imagino comenzando primero con mis patas; luego, el orificio de mi abdomen e ir avanzando, de ese modo, hasta llegar a mis órganos vitales.
El indio Tomás blandía el azote de cuero cada vez que su primogénito era sorprendido apareándose con cualquiera de las hembras del asno pensativo: sólo los enfermos hacen semejante asquerosidad; búscate una mujer. Líbreme el Invisible de hacer eso a la mariposa o a la lombriz, mis entrañables amigas del pajonal. ¿Estaré en verdad contagiado? Ante la duda, resurgiendo la razón digo: ¡no, aún soy el mismo ventrudo de antes! Ocho son mis patas: cuatro en cada costado de mi tórax. Este es mi abdomen y estos, mis ojillos. Entonces sonrío al constatar que aún estoy íntegro y, de pura emoción, repito la operación de aflojar mi abdomen para que la cera salga por el orificio que escribe con suma destreza, en los tallos próximos a mi túnel. ¡Siempre luce impecable mi tejido! ¡Santo cielo! ¡A huir hoyo adentro! ¡Cuadrúpedos a la vista!
¡Soy un polvillo en la tierra! Pero por momentos me creo un espíritu alado, alguna diminuta bestia ponzoñosa o el duende tamborero de la cascada. ¿Me estaré volviendo bípedo? ¡Quizá! En todo caso, hice mal en paladear... ¡Mejor me callo!
En mi quebrada, qué único era mi ligero túnel, iluminado por mis ojillos y construido en zigzag. En este caso tengo buena memoria pues recuerdo con nitidez mi hábito de contemplar meditabundo el modo en que rodaba la bolsa circular donde estuvieron encapsulados otros ponzoñosos de mi especie. Las evocaciones giran en mi cerebro; sobre todo, el pasado con sabor a bosta y olor a aprisco. Mi interior es un remolino. Nada era mejor que la época de la esquila. En ella, encontrándome calmo bajo el vellón de lana, cuántas veces habré dado el susto de su vida a quien, por descuido, llegara a palpar mi abdomen. En mi quebrada el susurro del airecillo sabía a coca; el cielo despejado y el murmullo de aguacero, también. Mis días eran melodía pura por el constante movimiento del pico de los emplumados. Y la dentadura del indio Tomás era verdosa sea en época de hierbas, de sequía o de un cielo lluvioso. Don Tomás solía decir: todo tiempo pasado jue mejor. Yo respondía desde mi hoyo: cierto, don Tomás, cierto. Pero mi voz no trascendía más allá de mis ojillos. Así por ejemplo, viene a mi memoria la mañana en que ataqué a doña Eugenia en su calcañal al ver que ella arremetía contra mi hembra quien, en casos de peligro, hacía rodar a buen recaudo el saco albo en que hormigueaba su innumerable descendencia.
Evoco el placer hormigueante de los primeros rayos del sol, que me entibiaban de a pocos, mientras, reposaba impertérrito a la entrada de mi cueva, precisamente, a la espera de los flecos gualdos del dios Inti, que, eso sí, no eran ácidos como el chorro del chiuchi, el cual sólo servía para desalojarme de mi túnel. Viene a mi memoria los días en que, recorriendo mis dominios, solía huir despavorido de los cuadrúpedos, cuyas pisadas y mordiscos matan si uno fuera sorprendido entre las hierbas. Están latentes la multitud de mis muertes y el infinito domingo donde luché a patas partidas por mi libertad. Malaya la hora en que mi ponzoña fuera vencida por la varilla reseca del chiuchi. A partir de esa fecha, mis días transcurrieron en una celdilla tibia y rectangular que iba adherido en el bolsillo de la camisa de mi captor. Sí, desde ese entonces, hasta el día en que, según él, por cuestiones de estudio, me abandonó en el paraje deshabitado. El chiuchi metía en mi celda moscas y abejas zumbadoras. Por eso, valiendo la pena satisfacerlo en todo, me olvidaba de su inclemencia que salía a flote, cuando capturaba a otro ponzoñoso de mi especie. Abierta mi celda, sin titubeos yo brincaba hacia la tierra polvorosa y caía sobre mi rival, quien ya me esperaba enfurecido con las patas alzadas. ¡Ambos dirimíamos superioridad a dentellada limpia y a patas partidas! ¡Así luchaba por mi vida! Después de la batalla y muerto el contrincante, mi captor ponía la celda a mi alcance y yo, rengo y enervado, alzando con dificultad las patas, entraba en el recinto donde mis heridas serían cauterizadas gracias al manjar grasoso de las abejas y las hurras alentadoras del chiuchi. ¡Malaya la hora en que por error brinqué hacia un enjambre de escorpiones!
¡Ah, si hablase de mis noches de insomnio! A partir de mi cautiverio, daba cabezadas de sueño en espacios jamás imaginados. Bajo frazadas, dormía plácido en su axila y ombligo profundo, hasta que en una oportunidad, de tanto extrañar mi cueva, decidí darme a la fuga. Ya es hora diciendo, me escapé, muy calmo y pegadito a su brazo, repitiendo de memoria el rezo que aprendiera del indio Tomás. Yo tenía estudiado los movimientos de mi captor y hasta su manera de echarse en la cama. Él dormía con los brazos en cruz. Por tanto, resolvería mi problema con sólo llegar a su acuencada mano para descolgarme a tierra. Lo conocía muy bien; por eso, convencido de que tenía un sueño profundo, salvo por sus ganas de orinar, decidí dar el primer paso. Compungido, me despedí de su pecho y del wis, wis de sus narices, consciente de que yo mismo sufriría por la separación. La libertad estaba a la vista pero el camino angosto y oscuro, que estaba obstruido, me impulsó a echar la carrera vientre abajo porque también él solía dormir con las piernas flexionadas y los pies descubiertos. Corrí y corrí pero la fetidez ascendente hizo que retrocediera con la cabeza gacha y deseos de arrojar y tuve mucha bronca porque, para eso, el chiuchi ya reía a mandíbula batiente. Son testigos: ¡ay, los emplumados nocturnos, las nostálgicas plantas, el aroma de la leche caprina y los cascos del asno pensativo!¡Qué lástima! Mi voz trasciende sólo de un tallo a otro, de una ramita a otra. Decenas de veranos, inviernos y así cuántos más pasarán. El viento sopla a los cuatro cabos de la tierra y da la sensación de estar royendo la copa de los eucaliptos. A pesar de los años transcurridos, ha vuelto a resonar la melodía del cantor. Proviene de una humilde choza. La voz es la misma pero las palabras, ya no. Ahora salen emplumados blancos. ¿Cómo habrá entrado allí el músico querubín? Canta y deja de cantar y así varias veces por día. ¿Estarán muriendo otros bípedos? Con p de patria, la e del ejemplo. ¡No! ¡No pasa nada! Pareciera que, con esa voz, intenta ocultar la sangre vertida y ahuyentar los aullidos de la noche del crimen. A todo eso, algo me dice que debo tener cuidado si se le escapara las palabras: “la erre del rifle”.
Un cóndor. Un cernícalo. Bandadas de palomas y diminutas avecillas en mi techo azul. Una nube que vuela rumbo al oeste. Una señal de lluvia. Doy voces. Un día más y no percibo asomo de bípedo, sólo a un chiuchi desconocido, varilla en mano, levantando piedras. Por conveniencia me zambulliré hoyo adentro, pues, podría darse el caso de que en su intento de capturarme encuentre el cementerio celosamente cuidado durante décadas.
¡Tengo la impresión de estar desquiciado! ¡Quizá por paladear tanto seso que cubría a cada bala! ¡Estás contagiado! ¡A punto de ser bípedo! Escuchar eso me da mucha cólera. Es una bandada de emplumados multicolores que alzan su melodía al verme apostado, dando voces desde mi altillo.
¡Pronto, Bípedo de la Balanza, pronto!
La visión espeluznante de años atrás me dejó transformado en escenario de verdaderos conflictos en el que combato hasta ahora contra mí mismo y no sé contra quién más. Sea como fuere, lidio contra el desánimo que pretende desviarme de la misión que a la larga me conducirá a la inmortalidad. En reiteradas ocasiones he caído en la tentación que entra por los ojos, sobre todo, si se apareciese a la vista alguna patuda de gran abdomen y andar acompasado. Terminada la fechoría, el cielo se apiade de mí, cruzando las patas empiezo a golpearme el pecho por haber cedido ante el apetito de la carne, cuando esos preciosos instantes pude haberlos empleado en la misión tan delicada de ubicar al Bípedo de la Balanza.
Décadas atrás, una voz audible tomó posesión de mí. Era la misma voz que me infundió serenidad cuando el río golpeaba contra el asno pensativo, que se encontraba ayudándome a cruzar el torrentoso río de mi quebrada. Esa voz también me salvó de morir achicharrado en las llamas de fuego que consumieron por completo la choza del indio Tomás, quien se encontraba arreando las reses del patrón hacia el abrevadero.
Ante la orden misteriosa, sentí que mi diminuto cuerpo no me pertenecía; ni mi voluntad. En plena oscuridad yo era una criatura ferrosa, un ser carente de la facultad de pensar. ¿Desde entonces estaré programado? Pareciera que sí. Y eso queda demostrado apenas empiezo a trabajar de memoria mi túnel cuando este es destruido por algún cuadrúpedo que anda con los belfos dispuestos a arrancar el pasto de la tierra.
Mis patas respondieron con gran velocidad a la voz misteriosa. Transformado, corrí en zigzag a pesar de que en el extremo de mis larguiruchas patas empezaban a germinar diminutos pies de bípedo infante. Aún así me desplacé tras los uniformados que cargaban cuerpos en dirección al carro estacionado con el motor y los faros encendidos. ¡Síguelos! Y lo hice con la velocidad fantasmagórica de las balas que salen del arma asesina o del relámpago que desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Pero cuando la fe entra en prueba, llego a dudar de mi llamado y hasta reniego de él. Ha transcurrido más de una década y la voz misteriosa ha dejado de darme órdenes. ¿Habré sido convocado para ser guardián de huesos? ¡No admito la posibilidad de que el Invisible se haya lastimado, porque su voz, que cubría toda la tierra, reflejaba que Él era inmune a toda enfermedad! ¡Quizá ahora está dando órdenes a otro como antes a mí!Debo estar atravesando una seria crisis, algo peor que otro de mi especie, pues, cual bípedo, amante de hacer fechorías, impulsado por la soledad del escampado en que moro, dando rienda suelta a mi defecto interior, violento a la pobre patuda que, por error, habría incursionado en mis dominios. Con el alma en tensión, me abalanzo sobre ella y ¡zas!, vacío mi maldad, aún corriendo el riesgo de concluir mi faena con el cuerpo malherido. ¿Habré actuado mal? Estoy convencido de que sí, porque, concluido el ataque, me siento invadido por la lección que enseñaba en mi quebrada la maestra de mi bípedo captor: se defendieron con uñas y dientes. Y así era. En todos los casos yo tenía las de ganar, al menos si ingresaban en mi guarida de donde se sale sólo si se cuenta con la ayuda de los rezos.
Debido a los años transcurridos bajo esta tierra y el estado de abandono en que me encuentro, sufro de achaques como el remezón de cuerpo y el mal de espíritu. ¡Grito y jadeo en mis horas de sueño! Aúllo con alarido de bípedo. ¿Qué destino le daré al recado que se ha transformado en ruma de huesos? Debí mostrar firmeza de carácter y decirle ¡no! al ordenador. Se me afloja el abdomen y hay veces en que, reclinado en mi diván de seda, gimo y río de mi suerte. Malaya la hora en que llegué a ser testigo de la visión. Otro debió ser el convocado a esta tarea y no, yo, porque soy sólo un desdichado ponzoñoso.
Unos yacían desangrados en tierra; otros padecían el pataleo final. ¡Fin de la especie bípeda! En la oscuridad, bombas, balacera y gemidos opacados por la garganta vibradora que trataba de imitar a la melodía del querubín. En el tercer ¡síguelos!, de un brinco me aferré al metal herrumbroso cuando un uniformado cerraba la puerta del camión portatropas.
Se me erisipela la piel con sólo evocar al militar que iba sentado al timón del carro. Los interminables postes de cima encendida a lo largo del pavimento, parecían adheridos unos a otros. Qué fantasmagórica velocidad para un novicio como yo, que sueña ser bípedo. Inexplicablemente me sostenía en el metal girador a pesar de que se esfumaban de mis patas los pies nacientes de bípedo. Uno a uno se desprendieron: primero los dedos, luego el empeine y el talón. Me dolió perderlos pues me había hecho a la idea de retornar algún día a mi quebrada y arribar con pies de bípedo infante a la casa del indio Tomás, antes que la muerte nos separe. Los neumáticos rodaban alzados a ras de la pista, a la altura en que las avecillas azabaches, entre pirueta y pirueta, suelen volar, besando la tierra. Lenguas de fuego por el tubo de escape. ¡Qué enajenación! La muerte me acariciaba, sobre todo si parecía resbalar hacia la pista. Sólo entonces, atiné a rezar como lo hace el indio Tomás, en momentos previos a la siembra y siega.En la oscuridad ingresé al cementerio tras los uniformados que se desplazaban cautelosos por los vericuetos de la construcción fúnebre. El que encabezaba al grupo ordenaba: ¡pronto, mierdas!, ¡apresúrense!, ¡el tiempo apremia!, ¡suban a los diez primeros!; ustedes, de pie, manténganse listos con el material. Después que los bípedos fueron encapsulados en varios nichos, continué en el carro que tomó otro rumbo mientras yo guardaba en mi memoria lo sucedido. ¿Cementerio de cuál pueblo es este? ¡Qué extraño! Aquí también moro pero he olvidado su nombre. Bien digo que me parezco al robot, la criatura ferrosa. ¡Qué pésima memoria! Debiera familiarizarme con el apetitoso caldillo del que se vale el indio Tomás para mejorar su cerebro. ¡Ah! ¡Ya recordé! ¡Se llama San Vicente! ¡Sí! ¡San Vicente! Estoy seguro que quien avistare la inscripción N. N. percibirá mi tejido en la parte superior de los nichos y en el recipiente ahora oxidado en que algún bípedo de buen corazón puso un ramo de flores, restándole importancia a las amenazas.
¿Cuánto tardará en llegar el Bípedo de la Balanza?
La cueva donde moro es resultado de mi arduo trabajo. Qué duda cabe, en la construcción y reparación de túneles, interviene la fuerza superior, que sí entra a tallar cuando el caso es de su incumbencia. ¿No será el autor de la voz misteriosa? Cavé la tierra de sol a sol sin necesidad de pala y sin probar bocado de pan ni sorbo de agua, menos la coca, fiel compañera del indio Tomás. Por último, soy poco aficionado al menú del bípedo, con la salvedad de que en mi quebrada, sí me agradaba revolcarme en el mate de mi captor que contenía el polvillo azucarado de cebada tostada.
Las moscas suspenden el vuelo en mi telar. Caen precipitadas voluntariamente; claro, después de echar un vistazo a mi abdomen; eso me hace pensar que algún invisible se preocupa por mí, porque, de otro modo, las moscas no podrían sacrificarse por gusto; quizá convenga hacer memoria la prédica del bípedo vestido de negro; le llamaban el cura Popish; él decía que el profeta Elías era un hombre con privilegios y que por ello sobrevivió en un paraje deshabitado, gracias al cuervo, quien lo alimentó durante varios días ,con pan y carne, por orden de Dios. No sé por qué, las diminutas moscas, cayendo en mi tejido, me esperan pacientes, patas arriba, para formar parte de mi cuerpo después del cántico de las perdices.
Tengo encallecidas las patas y los dientes, romos. Cómo describir la ayuda del Invisible en la construcción de túneles cuyo extremo tiene su final en un laberinto óseo. Cavé hoyos en zonas descampadas. En total soledad, con el orificio de mi abdomen, escribí mensajes en los nichos y en las hierbas, sin un trapo con qué secar el sudor de mi frente y cubrir mis narices de la hediondez. Imposible obviar el aire irrespirable que inhalé mientras acortaba la distancia a la ruma de cuerpos. ¿Habrá alguien que sepa reconocer mi esfuerzo? ¡Cómo borrar de la memoria los momentos aciagos en que caía desplomado por tiempo indefinido, sobre las carnes putrefactas! Ningún bípedo entiende mi sutil grafía, salvo el Invisible y la patuda, que en ocasiones viene a jadear debajo de mi abdomen.
¿Qué importancia tiene el nombre de los lugares? Construí túneles en parajes inhóspitos. ¿Qué significado tendrá Agomarca, Pucayacu, Cayara? Cubrí con mi tela los hoyos de las paredes de donde extrajeron balas. Realicé igual labor en las paredes de los penales a pesar del olor a orina o los golpes con el extremo de la escoba. Soy inmortal. Si ahora muriera mañana seré visto en otros hoyos. Conmigo no funcionan las balas. Aunque ignorante, construyo túneles donde es sepultado a escondidas un pobre bípedo. Soy experto en dejar limpios los plomos que ingresaron en los cráneos. De haber asistido a la casa donde los chiuchis aprendían a pronunciar mejor mirando un papel, ¿qué medios habría utilizado para portar mis implementos o cómo habría escrito en el papel si la sustancia que sale por el orificio de mi abdomen deja de funcionar en superficies planas? ¿A qué nombre habría respondido si la bípeda de bien vestir, de pechos y ancas prominentes, pasaba lista? Los chiuchis me habrían dado muerte con sus varillas resecas. A mi sola presencia, la bípeda habría chillado, como sabe hacerlo: ¡denle muerte a esa patuda!Fui testigo de bípedos emponchados en pataleo final. Todos ellos se parecían al indio Tomás. Si bien en mi paraje se tenía como lema los machos no lloran, frente a la muerte, la realidad tenía otro cariz, pues, los bípedos de cualquier edad, en su debido momento, sólo supieron implorar por sus vidas con gemidos indecibles. Entonces me contagié de esos llantos y bien quisiera enrostrarle al músico, cuya voz era el indicio de que ya había empezado el traqueteo de las metralletas.
La voz se propagada como si estuviese saliendo de un palacio iluminado para la ocasión. Con mucha calidad y modulación, la voz se perdía en el cielo de una urbe sumergida en la niebla o aturdida por el verano candente. A decir de los bípedos, ¡la sin igual garganta tenía por antesala a una lengua prodigiosa, amurallada por dentaduras de finas características! ¡Oh! ¡Delirio total de multitudes! ¡Pero qué pésima memoria tengo! ¡Hasta los cuadrúpedos recuerdan el camino por donde frecuentan! ¡Yo he olvidado las palabras de la canción preferida del músico! ¿Algún trauma? Sólo tengo en mente una parte muy pequeña que dice: la erre del rifle. En ese instante las armas empezaron a traquetear y cesaron de vomitar balas sólo cuando la voz dejó de vibrar.Soy presa de pesadillas. ¡Si los uniformados supieran el papel que me toca jugar en esta historia de huesos y carnes putrefactas! ¡Si ellos sospecharan que quien tomó posesión del subsuelo y los bordes de los nichos abandonados, conoce de memoria el modo en que dejaron de existir los bípedos emponchados! Estos hoyos me pertenecen y fueron construidos muy a mi estilo pero por cuenta y riesgo de la voz misteriosa que, sin necesidad de recurrir a arma o chantaje alguno, me ordenó a activar los dientes, las patas larguiruchas y el orificio de mi enorme abdomen.¿Estaré sufriendo las consecuencias de mi arrojo o serán los primeros síntomas de la enfermedad del bípedo? ¿Por qué creí que la voz ¡síguelos! estaba dirigida a mí? ¡Quizá ya estoy contagiado del mal del bípedo que hace perder la razón y lo lleva a cometer crímenes tan horrendos como el sucedido en la casa de los presos! ¡Con toda seguridad ya estoy con la cabeza movida! ¡Sí! ¡La enajenación! Hasta pareciera que voy a devorar a uno de mi especie o a mí mismo. Me imagino comenzando primero con mis patas; luego, el orificio de mi abdomen e ir avanzando, de ese modo, hasta llegar a mis órganos vitales.
El indio Tomás blandía el azote de cuero cada vez que su primogénito era sorprendido apareándose con cualquiera de las hembras del asno pensativo: sólo los enfermos hacen semejante asquerosidad; búscate una mujer. Líbreme el Invisible de hacer eso a la mariposa o a la lombriz, mis entrañables amigas del pajonal. ¿Estaré en verdad contagiado? Ante la duda, resurgiendo la razón digo: ¡no, aún soy el mismo ventrudo de antes! Ocho son mis patas: cuatro en cada costado de mi tórax. Este es mi abdomen y estos, mis ojillos. Entonces sonrío al constatar que aún estoy íntegro y, de pura emoción, repito la operación de aflojar mi abdomen para que la cera salga por el orificio que escribe con suma destreza, en los tallos próximos a mi túnel. ¡Siempre luce impecable mi tejido! ¡Santo cielo! ¡A huir hoyo adentro! ¡Cuadrúpedos a la vista!
¡Soy un polvillo en la tierra! Pero por momentos me creo un espíritu alado, alguna diminuta bestia ponzoñosa o el duende tamborero de la cascada. ¿Me estaré volviendo bípedo? ¡Quizá! En todo caso, hice mal en paladear... ¡Mejor me callo!
En mi quebrada, qué único era mi ligero túnel, iluminado por mis ojillos y construido en zigzag. En este caso tengo buena memoria pues recuerdo con nitidez mi hábito de contemplar meditabundo el modo en que rodaba la bolsa circular donde estuvieron encapsulados otros ponzoñosos de mi especie. Las evocaciones giran en mi cerebro; sobre todo, el pasado con sabor a bosta y olor a aprisco. Mi interior es un remolino. Nada era mejor que la época de la esquila. En ella, encontrándome calmo bajo el vellón de lana, cuántas veces habré dado el susto de su vida a quien, por descuido, llegara a palpar mi abdomen. En mi quebrada el susurro del airecillo sabía a coca; el cielo despejado y el murmullo de aguacero, también. Mis días eran melodía pura por el constante movimiento del pico de los emplumados. Y la dentadura del indio Tomás era verdosa sea en época de hierbas, de sequía o de un cielo lluvioso. Don Tomás solía decir: todo tiempo pasado jue mejor. Yo respondía desde mi hoyo: cierto, don Tomás, cierto. Pero mi voz no trascendía más allá de mis ojillos. Así por ejemplo, viene a mi memoria la mañana en que ataqué a doña Eugenia en su calcañal al ver que ella arremetía contra mi hembra quien, en casos de peligro, hacía rodar a buen recaudo el saco albo en que hormigueaba su innumerable descendencia.
Evoco el placer hormigueante de los primeros rayos del sol, que me entibiaban de a pocos, mientras, reposaba impertérrito a la entrada de mi cueva, precisamente, a la espera de los flecos gualdos del dios Inti, que, eso sí, no eran ácidos como el chorro del chiuchi, el cual sólo servía para desalojarme de mi túnel. Viene a mi memoria los días en que, recorriendo mis dominios, solía huir despavorido de los cuadrúpedos, cuyas pisadas y mordiscos matan si uno fuera sorprendido entre las hierbas. Están latentes la multitud de mis muertes y el infinito domingo donde luché a patas partidas por mi libertad. Malaya la hora en que mi ponzoña fuera vencida por la varilla reseca del chiuchi. A partir de esa fecha, mis días transcurrieron en una celdilla tibia y rectangular que iba adherido en el bolsillo de la camisa de mi captor. Sí, desde ese entonces, hasta el día en que, según él, por cuestiones de estudio, me abandonó en el paraje deshabitado. El chiuchi metía en mi celda moscas y abejas zumbadoras. Por eso, valiendo la pena satisfacerlo en todo, me olvidaba de su inclemencia que salía a flote, cuando capturaba a otro ponzoñoso de mi especie. Abierta mi celda, sin titubeos yo brincaba hacia la tierra polvorosa y caía sobre mi rival, quien ya me esperaba enfurecido con las patas alzadas. ¡Ambos dirimíamos superioridad a dentellada limpia y a patas partidas! ¡Así luchaba por mi vida! Después de la batalla y muerto el contrincante, mi captor ponía la celda a mi alcance y yo, rengo y enervado, alzando con dificultad las patas, entraba en el recinto donde mis heridas serían cauterizadas gracias al manjar grasoso de las abejas y las hurras alentadoras del chiuchi. ¡Malaya la hora en que por error brinqué hacia un enjambre de escorpiones!
¡Ah, si hablase de mis noches de insomnio! A partir de mi cautiverio, daba cabezadas de sueño en espacios jamás imaginados. Bajo frazadas, dormía plácido en su axila y ombligo profundo, hasta que en una oportunidad, de tanto extrañar mi cueva, decidí darme a la fuga. Ya es hora diciendo, me escapé, muy calmo y pegadito a su brazo, repitiendo de memoria el rezo que aprendiera del indio Tomás. Yo tenía estudiado los movimientos de mi captor y hasta su manera de echarse en la cama. Él dormía con los brazos en cruz. Por tanto, resolvería mi problema con sólo llegar a su acuencada mano para descolgarme a tierra. Lo conocía muy bien; por eso, convencido de que tenía un sueño profundo, salvo por sus ganas de orinar, decidí dar el primer paso. Compungido, me despedí de su pecho y del wis, wis de sus narices, consciente de que yo mismo sufriría por la separación. La libertad estaba a la vista pero el camino angosto y oscuro, que estaba obstruido, me impulsó a echar la carrera vientre abajo porque también él solía dormir con las piernas flexionadas y los pies descubiertos. Corrí y corrí pero la fetidez ascendente hizo que retrocediera con la cabeza gacha y deseos de arrojar y tuve mucha bronca porque, para eso, el chiuchi ya reía a mandíbula batiente. Son testigos: ¡ay, los emplumados nocturnos, las nostálgicas plantas, el aroma de la leche caprina y los cascos del asno pensativo!¡Qué lástima! Mi voz trasciende sólo de un tallo a otro, de una ramita a otra. Decenas de veranos, inviernos y así cuántos más pasarán. El viento sopla a los cuatro cabos de la tierra y da la sensación de estar royendo la copa de los eucaliptos. A pesar de los años transcurridos, ha vuelto a resonar la melodía del cantor. Proviene de una humilde choza. La voz es la misma pero las palabras, ya no. Ahora salen emplumados blancos. ¿Cómo habrá entrado allí el músico querubín? Canta y deja de cantar y así varias veces por día. ¿Estarán muriendo otros bípedos? Con p de patria, la e del ejemplo. ¡No! ¡No pasa nada! Pareciera que, con esa voz, intenta ocultar la sangre vertida y ahuyentar los aullidos de la noche del crimen. A todo eso, algo me dice que debo tener cuidado si se le escapara las palabras: “la erre del rifle”.
Un cóndor. Un cernícalo. Bandadas de palomas y diminutas avecillas en mi techo azul. Una nube que vuela rumbo al oeste. Una señal de lluvia. Doy voces. Un día más y no percibo asomo de bípedo, sólo a un chiuchi desconocido, varilla en mano, levantando piedras. Por conveniencia me zambulliré hoyo adentro, pues, podría darse el caso de que en su intento de capturarme encuentre el cementerio celosamente cuidado durante décadas.
¡Tengo la impresión de estar desquiciado! ¡Quizá por paladear tanto seso que cubría a cada bala! ¡Estás contagiado! ¡A punto de ser bípedo! Escuchar eso me da mucha cólera. Es una bandada de emplumados multicolores que alzan su melodía al verme apostado, dando voces desde mi altillo.
¡Pronto, Bípedo de la Balanza, pronto!
Etiquetas: Cuentos
0 Comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
<< Página Principal