Olger Melgarejo

16 enero 2007

Buen viaje

¿Lejos de este paraje habrá otro amanecer tan inspirador, Mardonio? ¿Qué tan distante estarán los pueblos donde abundan el bullicio, insomnio y los malos pensamientos? Hecha la comparación, esta madrugada que encabrita el corazón y hace feliz a uno, es más divina a cuantos amaneceres tuve.

¡Escucha! Para las orejas como decía el maestro Celso. Sin igual el toq, toq musical de sapos; el chullulluk rítmico de los grillos y también, la helada punzante que penetra en este recinto tibio y enhollinado. ¿No es cierto? ¡Ah! ¡Qué maravilla, Mardonio! ¡Gracias, gracias, Invisible! ¿No te parece algo mágico todo esto? El mago es el ser Invisible, el Espíritu Eterno que regala alas y patas a su creación en este ande que sacia su sed sólo cuando al cielo se le ocurre llover.

No olvides que el Espíritu Eterno se transforma en anciano haraposo y también, en chiuchi, que canta por un céntimo o algo de comer. Allá en tu nueva tierra embuché de pan y agua a niños hambrientos y también a viejos enclenques; pero, viéndolo bien, esos eran muy diferentes al anciano de nuestra quebrada, a quien, a propósito, un día atendí con mucha emoción cuando lo encontré clamando por un mendrugo de pan, sabiendo que tal alimento en esta tierra es considerado manjar en comparación a nuestro polvillo de cebada, que combina a las maravillas con la leche humeante.

¿Quieres un caldito con queso o de papitas con kushuru? Muy bien, papitas con quesito fresco. Mientras estuviste bajo mi amparo, era tu platillo preferido.

Me felicito por portarme bien con el anciano. Apenas lo vi apoyado en su bastón, sentándolo en tu pellejo de chiuchi, desollé un cordero y le preparé una buena fritanga. Hasta le serví chicharrón con mote, olvidando que la carne de marrano no era parte de su dieta. A poco tiempo mis ovejas y mis cuyes se multiplicaron. En tu nueva tierra no sucedió ningún milagro parecido; pero, sí, jamás faltó en la cocina aceite y algo de comer a pesar de que volvías del trabajo sin paga en el bolsillo.

El Espíritu Eterno es un interminable buche en el que está embolsado el pobre mundo, que es apenas un lunarcito en este vacío donde la gente buena, mala y hasta los satanes respiran chorros de aire puro. ¿Recuerdas? El cura Popish qué bien daba su sermón contra Satán: cuidado con obrar mal, queridas ovejas, porque el demonio anda suelto con ganas de fondear al malhechor en las llamas del hades. Después de la misa, doña Juana vio en visión a Juan, el bebedor, achicharrándose en el fuego eterno por comprar alcohol con la plata que había robado del tarro de la patrona Carmelita.

Nosotros nos hallamos fondeados en este lugar llamado Tsururuk. Este nombre se le debería a los primeros viajeros que echaron raíces en esta pendiente después de presenciar el vuelo de competencia de un cerro a otro, entre la raposa, con sus alas de lapa y el cóndor, el señor de las cumbres.

Poco importa el incesante frío, si está de por medio la lumbre de la luna y las estrellas. Iluminado el paraje, salen los zorrinos haciendo música con sus garras en torno a uno que finge estar muerto en los hombros de sus cuatro cargantes. Es la hora de los grillos que, aprovechando la oscuridad iluminada, se relajan de espaldas en el camellón, el cual, durante el día, es lugar peligroso por la presencia de emplumados que buscan impertérritos a bichos tragables. Es la hora de los sapos acostumbrados a roer las patas de indefensos espantajos, sabedores de que estos, por tener la cintura rígida, no pueden doblarse. ¿Qué más? Pasaré por alto a todo ser nocturno, entre ellos a la lechuza y, un poco, al búho plateado en el follaje. ¡Tucúuuu! Melodía fúnebre que derriba a los ociosos que vagan en noches de luna desafiando a la mujer desnuda quien, de acuerdo a la historia, atrayendo al hombre mediante su sin par encanto, le da muerte con sus garras en los recovecos de nuestra quebrada.

A ver, haz memoria. Años atrás, mientras hacíamos fogata en una noche de luna, de modo imprevisto, de pronto, todos nosotros nos pusimos a reprender así por así, con la convicción de que el extraño espantajo que cayera en la espalda encorvada de tu padre era obra del espíritu malo; sino, ¿cómo se explica que un espantajo raro pueda volar kilómetros desde su chacra hasta nosotros? Como dice tu maestro Celso: para los brujos. Pensamos que el espantajo provenía de los sembríos aledaños a nuestra provincia, porque, en esta quebrada, nadie viste con ropas de calle a su muñeco de chacra. Nosotros creímos que eso sería señal de algún luto y, vaya, se cumplió, pues, al cabo de un día, llegó la noticia de que don Armando había perdido la vida en uno de los pavimentos de tu nueva tierra. ¿Recuerdas? Miedoso, tú, de puro susto te orinaste en tu pantalón de bayeta y habrías seguido sentado en tu humedad si no te levantaba el aleccionador fuetazo de tu padre; pero, personalmente para mi mal, pues, trepándote al árbol más frondoso, bajaste a beber tu leche, recién ordeñada, sólo después de constatar, desde tu altura, la distancia que había entre ti y tu señor padre, camino a la sementera. ¡Que la prudencia gobierne tu vida, Mardonio, y deja de jugar con fuego!

Abriendo bien los oídos escucharás el espulgarse de las aves y los amores del gallo sobre las gallinas. Un aletazo, después otro y así. ¿Oyes? En este momento, el gallo se apresta a hinchar el buche y a desplegar sus alas sobre la espalda plana de su ponedora. ¡Escucha, Mardonio! ¡Qué garganta, la del músico! Ese canto se compararía sólo con el silbido perpetuo del ichu.Haz memoria de nuestra estancia en la jalca, Mardonio. Las riñas eran fugaces y muy agradables, la paz que respirábamos, sentados al fogón, al momento de sorber la leche hirviente y de salivar el polvillo de la cebada. ¡Ah! ¡La machka!, ¡la machka! Era helada y nutritiva. La puna aún late en mi pecho, cual daga que punza sobre una herida recién abierta. ¿Cómo podría olvidar las feroces peleas con la raposa y nuestras huidas a las cuevas, por la granizada? Las huesudas articulaciones parecían caerse en pedazos y me dolía tu gemido, al verme insuficiente para proteger tu carita del intenso frío.

¡Ah! ¿Aún recuerdas mi inesperado ingreso en la cueva? ¡Muy bien! ¡Tienes buena memoria! Por la oscuridad, me refugié en ella y lo hice a sabiendas de la historia que cuenta sobre el féretro que se aparece en horas de la noche. A decir verdad, no logré ver en el camino oscuro a ningún cura oficiando la misa; ni a ataúd alguno, entre cirios, para morirme de la impresión como le ocurría a otros caminantes. Entrando en la cueva pasé la noche como si nada, porque en ese paraje no existe otro lugar que dé abrigo al extraviado. Antes de morir mi padre me dijo: no temas acurrucarte en esa cueva encantada. Eso hice en esa noche; me sentí protegida y abrigada junto al altar que se encendió apenas di el primer paso dentro de la cueva y estuve segura, feliz, a diferencia de las muchachas que, en otras historias, cayendo a tierra, morían echando espumarajos como consecuencia de haber visto figuras de pericotes y otros animales larguiruchos en las llamas del altar que ardía.

¡Lucha, Mardonio, donde estés, lucha! Pelea en las tierras que pertenecieron a quienes sabían cortar las rocas como si fueran quesos. Aprovecha la luz artificial como lo hiciste con el mechero. No desperdicies la oscuridad para afirmar en la cabeza de tu pareja de lecho lo que nos diferencia de otros pueblos. Flauta en boca, tócale nuestra música. Mantén siempre bañadito a tu hijo y fajado con un wachuku, como el que sirvió para tu enderezamiento. Que tu hijo, sin ayuda, aprenda a sacar leche de los pezones de la mujer extraña. Susurra al oído de tu pareja las historias que te hicieron feliz. Cuéntale que, próximo a tu casa, en una cascada, hay una aldea debajo del agua, donde viven hombres rubios y pequeños. Escúchame, ella se sensibilizará y querrá saber más sobre los diminutos hombres que hacen música con sus tambores hasta que las mujeres terminen de lavar sus ropas en las aguas que se agitan muy débilmente en el techo de la aldea sumergida. En un principio seguramente dudará y hasta pensará escapar con otro, creyéndote loco por eso de las marcas que atesoras en el pecho. Pero tú le dirás que ellas son a causa de los mordiscos y rasguños de los hombrecillos que ahora forman parte de tu historia. Arqueando los ojos, en señal de admiración, le contarás que una parte de tu niñez transcurrió en la profundidad del remanso, donde viven los hombrecillos de cabellera dorada. Entonces, tomará interés por la historia de los seres húmedos y, con toda seguridad, se interesará por nuestra tierra, para revolcarse en el ichu que silba sin comparación. Se alegrará en exceso por la melodía verde y viviente de las alturas que entra hasta por los poros en el punzante frío. Como nuestras mujeres, se despojará de sus prendas sobre la cima abandonada donde no hay temor de sentir placer con las polleras a la cintura. ¡Imponte como hombre! Hazlo con tus manos a su cabellera y tu jadeo a su oreja. Poco a poco querrá tenerte hasta sentirse jalca, ichu o hembra del asno pensativo.

¡Ah, pukyu! En mi ira, intenté rellenarlo de piedras por la mala pasada que me hizo. Yo te controlaba desde la cocina. Entraste en el corral, llevando en tu mano sal para las ovejas. Jugando próximo al dormidero de los animales te perdiste. Entonces, desde la cocina grité tu nombre y, en vez de respuesta, sentí una punzada de mal augurio. Te busqué en el corral y sus alrededores; también agité las aguas quietas del pukyu y no te encontré. De hoyada en hoyada, vagué acompañada por los perros husmeadores. Como los pajaritos, dejando su cumbre, el cóndor también vino a darme la mano. Son testigos la luna, las estrellas y el sueño que, antes de partir, me dijo: mañana regresaré por si acaso; si te encuentro lista, dormirás en mis brazos; no te preocupes, a tu chiuchi, también, lo tendré en vela. El Invisible bendiga a todos ellos, menos a la raposa que me robó un cordero sin decirme a cambio ninguna novedad. Pero la buena nueva estaba por llegar, pues, en el amanecer del nuevo día, sacando agua del pukyu, sentí un peso que me escarapeló la piel; y qué gran felicidad invadió mi corazón al verte salir casi sin aliento en los pulmones y con tus deditos prendidos en el borde del balde. Aún no era tu hora, Mardonio. ¡Escucha! ¡Qué melodía! A esto, el maestro de la escuela le llama concierto. ¡Qué será concierto! Yo me rehúso a tararear esa música, pues, mi garganta ya está más que porosa como para imitar la voz del cantante. Cuando niña, yo entonaba nuestra música hasta dormida. La voz me salía algo así como el piiiiik, pik, pik, pik, pik, pik, de las perdices. Con todo, mi melodía sería pésima, comparada con la voz del emplumado que ahora te está deseando lo mejor mediante su voz sonora. ¡Gózala, Mardonio, gózala! Jamás escucharás otra tonada, más embrujadora que ésta. Así vibraba la quena herida de don Fidel. ¿Lo recuerdas? Las reses dejaban de pastar; los duendes, sus cobijas acuosas y las jovencitas sentían indicios de comezón. Ahora ve y mira al flautista. Su mujer es más bonita que la del mismo cura.

¡Qué silencio musicalizado en esta noche vestida de plata! ¡Escucha la mixtura de sentimientos! ¡Dicha y congoja! Al cantante le debe estar doliendo mucho el corazón. ¿Quién dijo eso? ¿César Vallejo? ¿Y quién fue él? ¿Entonces los poetas hablan lindo? ¿Escribirían letras para nuestra música? ¡César Vallejo! ¡Bonito nombre! Si mi nieto fuera varón llámalo algo así. No le pongas Piter porque lo van a comparar con el peluquero de Aija. Piter es un fuereño y habla rapidito, como la gente de tu nueva tierra.

¡Ajá! ¡Ya recuerdo dónde escuché lo que dijo don César! Fue en el morir de una tarde, cuando caminaba toda vivaracha, hilado en manos, buscando a los cerdos que demoraban en regresar. Mientras el sol de la tarde pintaba de amarillo la cima de las cumbres, escuché una voz como de trueno chiquito; salía del silencio del salón oscuro y sin puerta. Adentro había muchos ojos redondeados y bocas abiertas: ¡Debe dolerle mucho el corazón! Eso dijo el maestro y yo que entiendo tu segunda lengua, me lo grabé; también, este otro: ¡hay soledad en el hogar y no hay noticias de los hijos, hoy! Gracias por visitarnos, Mardonio.

Cuando el corazón vibra, las palabras fluyen solas. Tu niñez transcurrió mientras corríamos, lengua afuera, tras el rebaño o rastreando las huellas de alguna oveja extraviada. Qué bien soñábamos bajo el techo de ichus, que descansaba sobre una roca y una pirca pétrea. ¿Qué nombre tiene la tsuklla en tu nueva lengua? ¡Choza es palabra conocida! ¡Ahí está! Esa me faltaba escuchar. Repítela otra vez. ¡Bohío! ¡Bohío! ¡Suena lindo! Entonces, ¿tsuklla no sería una linda palabra como para ser nombre de una de mis nietas?

Aún continúan la pirca y la roca pero ya desaparecieron los ichus enhollinados. El suelo en que dormíamos es tierra de hierbas silvestres y tarántulas que amenazan con su ponzoña. Triste muy triste cuando uno retorna a la jalca. ¡Qué será de las cenizas en el fogón y qué del estiércol de los animales en el dormidero! Sólo se encuentran en pie las piedras que servían de sostén a las ennegrecidas ollas en hervor. ¿Ves? Me vencen las lágrimas cuando evoco todo eso y también al cóndor, que guiaba a las nubes cargadas de aguacero. Ahora, la pirca enmohecida sólo sirve de cagadero a las aves que pían sin cesar con el pico alzado.

¡Muy bien! Dejaré de ofertar la propiedad verde y solitaria; también la cocina en que estamos charlando. ¿Pero no volverás a llevarme a tu nueva tierra, verdad? ¿Con quién charlaría en tu arenal cuando salgas a trabajar o qué comeríamos si regresaras sin paga un fin de semana? ¿Qué alimento daría de comer a los chiuchis o a los viejos enclenques? Aquí, en mi quebrada, al menos sonrío al contemplar la gracia que hacen los hombrecillos rubios cuando se disputan un pedazo de fritanga o un trago de leche humeante. Y mientras siembro más granos para las aves que trinan en mis hombros, permaneceré silenciosa para imaginar cómo sería un pueblo sin su último habitante. ¡Qué gusto de dormir sobre pellejos, despreciando el colchón que te compré!Hay un puente muy extenso desde la jalca hasta este fogón doloroso. ¡Qué habría sido de nosotros sin la mano del Invisible, que sabe poner paz en los corazones! ¡Esa es la parte mielada! Recordarás al varón de levita luminosa que, en las noches, velaba a la entrada de nuestra choza. Mes tras mes y año tras año, caminábamos al amparo de su presencia. Hiciste mal en soltarte de quien te ayudó a arrinconar almas en pena y a reprender al espíritu malo. ¡Regresa! ¿Cómo puedes ser ingrato con el Invisible que nos extendió su diestra? ¿Por qué tomar distancia de quien nos ayudó a llegar con precisión hasta las fauces de la raposa, donde berreaba el cordero por su vida? ¡Ay, mi dulce tormento, qué pecho punzará por ti cuando me muera!

Aunque sola, en épocas de aguacero contemplo el modo en que la pastora hace huir al arcoíris con sólo abrir las piernas. Mal tiempo, mal tiempo. Debiste regresar a tu tierra en la época de lluvias para que veas a quien no le es necesario aflojar la vejiga para hacerle correr al arcoíris. ¡Qué rica china! ¿No? A ver imagina a cualquier fuereña imitando a la pastora. En el mejor de los casos, la fuereña, por lo mucho, correría su cierre; pero dudaría en bajar sus pantalones para mearle al arcoíris. Y, mientras, en un ¡zas! el fenómeno de la naturaleza caería sobre ella. Entonces, ¿quién firmaría la partida del niño de siete colores?

Acaricio y adiestro al cernícalo que suspende la caza para airearme y cuidar la carne, mientras atizo el fogón. Preparo a mi cuy silbador, que compite con los gallos en dar la hora. ¿Oíste? Desde el chiquero: wich, wich, wich, wich, casi muy junto a los emplumados. Las cuatro de la mañana, hora de comunicarse con el Invisible, que será tu compañero de viaje. Estoy dedicando parte de mi tiempo a nuestro Orofino, que a diario se supera imitando al ser humano. ¿Has visto alguna vez un perro así? Él extiende la mano en señal de saludo. Mejor que el gracioso, divierte a los escasos chiuchis, que van a la escuela. El maestro Celso me dijo: dame el perro y llévate tres becerros; pero al ver mi cara, sombrero en mano, me pidió las disculpas del caso. ¿Cómo iba a entregarle mi perro, que pronto será como la gente? Él andará como nosotros. Ya lo está consiguiendo. Lo noto en sus ensayos. ¿Se habrá visto alguna vez un perro que camina una legua en dos patas? Admirando a Orofino, los oledores a licor han dejado de pelear; los zorrinos a hacerse heridas; hasta el último puma ha preferido suicidarse para no seguir causando lágrimas al pastor. Pero un día me porté muy mal con Orofino. ¿Hallaré el remedio que silencie a esta conciencia acusadora? A diario retumba en mis oídos su aullido perpetuo. Sé que él ya me perdonó pero eso de nada sirve porque sigo atormentada. Sea de día, sea de noche, en mi mente aparece la imagen de Orofino, que se niega a recoger la mano a pesar del brutal castigo que le propino. Todos los días él y yo nos estrechábamos las manos a las seis en punto. En la mañana del castigo, bien pudo haberse quedado donde estaba hasta recuperar su libertad pero había venido a cumplir su deber de saludarme. Cuando abrí la puerta, lo vi con la mano extendida; pero culo contra culo, con Loba, la perra de don Lucio. Entonces perdí el juicio y Orofino habría muerto. Se salvó por el oportuno e invisible palmazo, que reventó en mis mejillas.

Ya hablas como fuereño y tu aliento ha perdido su olor a aderezo natural pero hiciste bien en trotar en esta semana al ritmo de tu padre con el poncho a la bandolera y sandalia en los pies. En antaño, yo imploraba al cielo con las manos juntas al verte sonreír empañalado, prendido de la res que echaba sutiles coces cada que sentía el ardor de tus pellizcos en su ubre. Ahora, ¡que te vaya bien!, ¡que te vaya bien!; ¡pero, cuidado, Mardonio! ¡Cabalga bien porque esta bestia sí te puede botar al suelo! Adiós, adiós, que te vaya bien, hijo. Siempre te encomendaré al Invisible para que todo te salga bien; también el emplumado te desea buen viaje. ¡Escucha, mi hijo, una vez más su pronunciación y su sin igual melodía!

¡Buen viaaajeeeeeeeeeee!

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