Olger Melgarejo

16 enero 2007

Edmundo

-Una gran pérdida, Milita, una lástima, un inmenso dolor. Vine a acompañarte en esta hora tan difícil para ti. Recibe pues el sentido pésame de toda mi familia, aunque no, de Jorge, porque, como tú sabes, él ya me dejó y seguramente volverá sólo si le fuere mal con la mujer que le calentó la cabeza. Mis taitas me dijeron: Rebeca, Catalina, hay luto en la casa de Mila. Acabo de sentir las señales. Sólo ustedes vayan a acompañarla y díganle que nos perdone, que nosotros no podemos ir porque mucho nos agobia la vejez, que nuestras piernas ya no resisten a nuestro peso, ni nuestras posaderas el lomo de bestia. Díganle todo eso. Ya no llores, Milita, taita Dios sabe qué quería de Edmundo.

-Gracias, Rebequita. Que el Invisible los colme de bendiciones y les aumente más años de vida. Me equivoqué al pensar que debido a la distancia recién vendrían mañana al amanecer; pero esa mala idea duró sólo un soplo y nada más, porque, de pronto, por el sentido de yapa que tenemos las mujeres, malicié que ustedes estaban ya en camino y que pronto estarían haciéndome la compañía. Gracias al cielo, acaban de llegar sin novedad a pesar de los peligros de la noche, sobre todo en ese lugar muy peligroso, que queda próximo al puente.

-¡Ah! Pero perdóname, Milita. Mis taitas te envían algo de comer para la gente. ¡Qué cabeza, la mía, para olvidar el encargo! ¡Serán los nervios! ¡Dios mío! Esta bolsita contiene arroz; esta otra, cuy pelado y esta última, mote. Traje también velas y café, Milita.

-¡Qué molestia, Rebequita!

-¡Ay, qué barbaridad! No digas eso, Milita, antes bien, acompáñame al féretro. Quiero elevar al Invisible una plegaria por el alma de Edmundito.

¡Pero parece que estuviera vivo, Milita! ¡Santo cielo! ¡Míralo! ¡Parece que sólo está durmiendo! ¡Qué igualito se ve! Sus ojitos abultados y sus mejillas también. Su carita más hinchada de lo normal, como si estuviera contenida de palabras, por decir.

-Don Celso también dijo algo así, Rebequita. Este muchacho tenía un mensaje y se murió así y ahora qué será de nosotros. Así diciendo, en el patio, me habló al oído, hasta convencerme de que en la boca de mi Edmundo se habrían quedado retenidas sus últimas palabras. Quizá estuvo a punto de decirme: te amo mucho o perdóname, mamá; o no sé. Tomemos asiento. Estarás cansada, Rebequita.

-En estos casos el cansancio desaparece, Milita, además, el Invisible estuvo en todo momento juntito a nosotras.

-El sentido de yapa que tenemos las mujeres me hizo temer que vaya a pasarles algo feo en ese lugar, próximo al puente.

-Pero todo ya pasó. Ahora ya estamos en casa, Milita. Además, lo malo sucede sólo cuando a uno ya le llegó su hora.

-Apenas presentí que ya habían emprendido la caminata se me dio por tiritar y a hablar por hablar: Escuché una voz: ¡reza para que lleguen sin novedad! Entonces se me volvió a escarapelar la piel; por eso, saliendo con disimulo al patio, le lloré mucho al Invisible para que las proteja en este viaje largo y peligroso.

-Sí, Milita, hubo problemas, pero salimos airosas. ¿No es cierto, Catalina?
Catalina movió la cabeza de arriba abajo.

-Yo, en visión, las vi en la carretera, casi pegaditas, dando pasos en la oscuridad y, luego, agarrando el camino de herradura.

-La mala noticia nos llegó extrañamente a la hora en que las almas que viven desparramadas en mi chacra se desperezaban al pie de los árboles, como todos los días, avistando a gentes asustadizas para corretearlas por todo el campo y rematarlas de una vez. Creí estar volviéndome loca al escuchar voces que entraban en mi cocina: ¡hay luto en la casa de Mila! La voz un tanto gangosa me llegó mientras hacía mis cosas y, por el susto, bien hubiera caído muerta en el acto. Por eso, dejando a un lado las ollas y el aderezo, me apresuré al patio, un poco temerosa de que el forastero que estaba sirviéndose un calentadito en el corredor fuera a forzarme como el perverso que me embarazó cuando apenas tenía quince años. ¡Ay, Milita, tan impresionada habría quedado que, al segundo anuncio, caí sentada sobre el perro que aullaba sin control al ver a un hombre emponchado que cabalgaba con una cabeza entre sus manos! Mi pobre Catalina se orinó de puro susto y ¿quién no, ah? Y así, con todo, vino a mi lado porque, atando cabos, pensamos que algo muy malo pasaba en esta casa porque, según dijo, una gran tristeza le había invadido cuando de pronto pensó en su Edmundo a la hora en que tendía ropas lavadas. Dice que vio cómo los perros aullaban en coro a las diez de la mañana mirando al auto de don Alichu, que corría en dirección a la Merced.

-Cuando presentí que salían, algo me pasó, y con el pensamiento ordené a los perros que vinieran con ustedes.

-¿Qué dices?

-Ustedes querían venir solas y por eso lanzaron piedras a los perros, pensando que ellos serían una vergüenza en casa ajena por tener la pésima costumbre de forzar a toda perra que se les cruce en el camino. Casi fuera de mí, yo les susurraba a las orejas: ¡sigan, sigan!

-Y fuimos vencidas. Nuestros brazos se cansaron de tirar piedras contra estos odiosos que nos protegieron mucho aunque ahora, como ves, para mi vergüenza, tienen arrimada contra la pared a esa pobre perra, sin considerar siquiera las enormes tetas que cuelgan de sus barrigas.-Ya llegada la noche, de sopetón la gente perdió el habla y movimiento, como si las bocas y cuerpos obedeciesen la orden de un ser superior. Quienes se acercaron al féretro a encender velas, se quedaron de una pieza, como la mujer que se transformó en estatua de sal. ¡Silencio total! Un silencio que abrazó a los presentes. ¡Entonces, volví a verlas caminando en la oscuridad! Y también escuché a Edmundo, pidiéndome orar por ustedes, que necesitaban ayuda: ¡algo malo pasa en el puente! Escuchando eso, Dios mío, creyendo que había resucitado, corrí hacia el ataúd con la idea de darle una ayudadita mientras la gente siguiera con su parálisis. No me creerás, Rebequita, pero era para reírse olvidando el dolor y todo. Unos dormían con la taza de café en las manos; otros, con el fósforo encendido al cigarro y otro más gracioso, prendiendo un cirio.

-¡Santo cielo, Milita! ¿Todos paralizados?

-¡Sí! Pero yo me desesperé cuando se me vino a la cabeza la desgracia del pobre Juan.
¿Recuerdas lo que le pasó? Dije en mi corazón: no vaya a ser un caso muy parecido al del gringo que murió en el mercado. Tú y yo sabemos que tal hombre, después de desplomarse al empedrado, fue llevado de emergencia al hospital, donde los galenos comunicaron su muerte. Y nadie, ni siquiera los parientes, presagió que al cabo de unos días resucitaría en el cementerio. Recordando eso dije: yo no quiero que se diga que Edmundo está dando voces en el cementerio.

-¡Santo cielo!

-Entonces, dejando a los hombres paralizados, regresé al patio porque escuché otro llamado. Esta vez, sí, clarito era la voz de mi Edmundo: ¡mamá, concéntrate en el camino! Al hacerlo, vi que Catalina estaba parada sobre la piedra resbaladiza en el charco próximo al puente. ¡Gracias al Invisible! Una rama la salvó de caer al fango, donde se estaría preparando la mano más temible, la mano enguantada. ¿No es cierto, Catalina?

Catalina asintió con la cabeza y pareció revivir en sus piernas la comezón que sintió cuando se paró sobre la piedra resbaladiza.

-¡Gracias por socorrernos, Milita, gracias! Yo también en cada trastabillar sentía una mano en mis brazos, en el pañolón y hasta en los tobillos. Vine, como nunca, con la mente puesta en ti, que, en horas de meditación, expandes tus energías de auxilio por el mundo. ¡Pero es una lástima que no hayas podido con Edmundo!

-¡Lástima, Rebequita, lástima! A veces en la vida real, soy cobarde, sobre todo si se tratara de cruzar a solas el camino encharcado, próximo al puente. Es un miedo que me acompaña seguramente desde el vientre de mi madre. Recuerdo que a las orillas del río que baja de la Merced mi mamita le decía a mi taita: de una vez le haré dormir a la niña antes de que se le ocurra estarse con los ojos paralizados mirando al charco. Para entonces, ellos se divertían en las aguas del río, mientras yo, chupón en boca, buscaba sueño, entre mis dos perros que sabían cuidarme bajo la sombra de un coposo arbusto. Qué cantidad de veces me habré orinado en la espalda emponchada de mi taita cuando cruzaba el fango, donde la mano del finado Cayo, según la historia, fuete en mano, salta hacia arriba para empuñar piernas y nalgas, no importando la edad de la caminante.

-¿Cómo son las cosas, no? Al cruzar el charco, también sentí muy claro a mi Edmundito. Su ángel y su compañía invisible me dieron seguridad. Me cuesta creer que esté muerto por lo bueno que era y porque ya iba a ser mi yerno. ¡Linda pareja hacía con mi Catita, aunque sea a la distancia! Por ejemplo, con voz media gangosa, resbaladiza, hizo que el puente se afirmara para que nosotras pasemos sin problemas.

-Cuando uno vive con la conciencia tranquila, todo le sale bien. Los pies pisan sobre tierra firme y sienten placer como si estuviesen sobre la alfombra. El alma reposa feliz, confiada, en casos de desgracia para volar al infinito por encima de los eucaliptos, como segura estoy de que eso haya ocurrido con Edmundo.

-¡Ah! Debe ser cierto el gozo de elevarse entre las nubes. Una vez muerta, bien, cuánto quisiera detenerme un instante en la fronda de los árboles y pasar mi mano de despedida, sobre el plumaje de los pichones como le dije al cura en el confesionario. Miedoso era el cura, ¿no es cierto? Un día estuvo a punto de desmayarse al escuchar la voz del alma juguetona: ¿qué tal me queda tu sotana?

-Seguramente por eso no vino esta noche; pero mañana, sí, estará aquí.

-Sí, pues. ¿Pero recuerdas que el chiuchi, disfrazado de alma lo iba a matar de la impresión?

-¡Qué será del chiuchi burlón! ¡Padre, un alma se está peinando en tu espejo! Eso no más dijo una mañana y el hombre de Dios cayó a tierra. Y por poco quedamos sin cura. ¡Cuánto reímos! ¿No es cierto? Yo, antes, más que ahora, le tenía miedo a la oscuridad. Por eso, me dejaba agarrar por mi Santiago también, sólo con un mechero de por medio para estar convencida de que el que me hacía todo era el hombre que se murió, apenas Edmundo cumpliera seis años. ¡No le eches ojo a un hombre de edad, Catalina! A lo más tendrás bienes si lo tuviere; pero enviudarás joven como yo.

Catalina sólo atinó a bajar la mirada y retener las lágrimas estrechando bien los párpados, que ya estaban más que lastimados de tanto dejar pasar el llanto desde las diez de la mañana, a causa del hombre que indebidamente ahora yacía en el ataúd, cuando la fecha del matrimonio era asunto de sólo tener paciencia. ¿Para qué abrir la boca? Ahora que ella se sentía deshecha, ¿qué sentido tenía una palabra suya para algún oyente? Mientras se hacía una mirada introspectiva, le asaltó con mucha fuerza la idea de ser una señorita proporcionada, aunque de carácter silvestre si se tratara de defenderse de toda incursión masculina, incluido su Edmundo, quien en la última cita fue echado a empellones, por provocarle comezones con la clara intención de hacerle romper su juramento de llegar virgen al matrimonio. Presa de remordimiento, en voz baja dijo para sí: ¡por qué carajo me quedé intacta...!

-¿Qué dijiste?

Catalina movió la cabeza en señal de negación y volvió a agacharse para, de ese modo, aquietar a sus pechos, que daban la sensación de estar evocando su primer alboroto en contacto con los labios ahora inertes.

-Mi abuela Jesús un día me advirtió: ¡oye, Mila, ten mucho cuidado con el camino encharcado! Si calculando vieras que por allí te ha de sorprender la noche, sería mejor, en esos casos, que busques hospicio en alguna casa o te quedes en la plaza de Aija o en el peor de los casos, donde tu tía Alberta. Aunque criticona, en casa de ella, estarás lejos de todo peligro. Y yo preferí la plaza para divertirme viendo danzar a los fiesteros. En esa noche conocí al hombre que me dejó joven en esta tierra. ¡Ay! Mi abuela Jesús pasó a mejor vida del modo más inesperado. Siempre que hago memoria de ella, la recuerdo con su carita feliz y sus mejillitas ahuecadas.

-El día de su muerte, tu abuela, emparejándome a su burro, me rogó que fuera a la Merced a comprar víveres. Y yo le dije: ¡tiacita, para qué tantas cosas de comer!, ¡qué sucede!, ¡quién se va a casar! O si pusiera una tienda, quién le compraría una onza de arroz en esta quebrada. Y entre broma y broma, ambas reímos. Después me respondió: ¡sí, me casaré dentro de un rato! Le dije: ¿con quién? y me respondió que lo haría con Arturo. Entonces reímos, mejilla contra mejilla, imaginando lo accidentado que sería la primera noche entre una anciana de 80 años con el muchacho que había jurado resistirse a toda mujer, hasta el día de su matrimonio.

-¿Qué no sucede en la vida, no?

-¡En esta noche dolorosa, distraigamos las penas de algún modo, Milita! ¿No te parece? Como te seguía contando, cuando conversaba con la abuelita, escuché a mis espaldas a alguien que decía muy suave: ¡cabalga en el burro y vete!, ¡Jesús tiene que prepararse! La voz sonaba a conocida pero un poco gangosa. Y la tía Jesús me dijo: ¿oíste? Sí, le respondí muy asustada y pálida ya, porque, a decir verdad, estábamos sólo nosotras. Casi trastabillando me hice a un lado y ella empezó a charlar a solas: ¡A ver, Arturo, tráeme agua y echa carbón en la plancha, quiero estar limpia y elegante para cuando me lleves al altar! Tomando valentía abrí bien los ojos para ver si era Arturo el hombre que recibía órdenes; y, ¡oh, misterio!, efectivamente era su voz pero sin cuerpo; planchaba a un metro de la tierra las ropas que, después, servirían de mortaja, mientras, la tía Jesús, cruzando los labios con su dedo índice, me infundió tranquilidad y, también, me ordenó que diera aviso sólo la verdad para que no se diga por allí que alguien la mató. Terminado el mensaje, un hombre, vestido de mantel blanco, echando mano a sus narices, partió con su alma por encima de los eucaliptos y la tía Jesús cayó al suelo muerta sin Arturo ni nadie. De inmediato el burro empezó a rebuznar en el patio, como apurándome para que partiéramos la carrera hacia la Merced.

-¿Qué cosas, no, Rebequita?

-¿Ves? Hechos por demás coincidentes han ocurrido y ninguno de nosotros le dio importancia. Al menos los hombres.

-¡Para qué tomar en cuenta a esos inútiles! ¡No son hábiles como nosotras!

-¿Crees que Edmundo pudo haberse salvado?

-¡Ya, no!

-Me atrevería a pensar que Edmundo pudo haber estado vivo todavía.

-Ya era muy difícil.

-¿Cómo así?

-Cuando Edmundo se enfermó, ocultó sus males al médico. ¡Quizá por la vergüenza! Dicen que sus palabras fueron: doctor, yo sé qué enfermedad tengo; sobre todo, quiero que sepa que mi hora ha llegado y ya no me revise. Dicen que con la misma partió a la agencia a comprar su pasaje de regreso.

-¿Su hora dices?

-¡Su hora, Rebeca! Desde que nació, espiritualmente siempre estuve junto a él, día y noche. Me importaba su alma y no, lo terrenal. Hasta sabía a qué casas iba. Una noche, en Huaraz, cerrando los ojos, lo vi en visión junto a unos amigos, entrando en una casa de mujeres de boca pintada. Entonces, les guiñé el ojo a los muchachos que ocioseaban por ahí. Ellos le salieron al frente y no quise seguir viendo más. De regreso a casa, Edmundo me encontró sentada sobre mi pellejo. Le dije: allí tienes llantén y agua tibia; ¡cúrate! Seguramente allí se contagió con la enfermedad y habría muerto de flaco si él mismo no le pedía al Invisible que lo recoja de esta tierra. En la visión siguiente, ya lo noté enfermito, y, de por sí, comprendí que su hora había empezado.-Catalina dice que hoy, a las diez de la mañana, mientras ella tendía la ropa, oyó la voz de Edmundo: ¡Catita, no vayas a llorar!, ¡no he nacido para ti!, ¡tú serás esposa de un hombre bueno! Dice que al voltear ella iba a enloquecer al ver en un auto que corría con locura a la finada Jesús haciendo adiós con las manos y, muy juntito a ella, un espíritu blanco que ascendía con la anciana por encima de los eucaliptos.

-¿Ves? Él salió vivo de Huaraz y se murió en Aija, cuando el carro pasaba a las diez de la mañana por tu casa. ¡Ay, Catalina, ahora sabes que el espíritu que ascendía al cielo era de tu Edmundo!

-Mira quién viene, Rebequita. Es mi ultimito. Ojalá de grande sea como el finado. A ver, hijo, saluda primero a doña Rebeca. Taita Dios nos puede castigar si dejamos de prestar atención a los mayores. Muy bien. Sírvete café, Rebequita. Así, así, antes que se enfríe. Si sabe mal, auméntale azuquítar. De estar con vida mi Edmundo, él mismo te habría servido. Ambas hemos perdido; pero yo, más. Él era mi sostén. Todo lo dejó en casa y jamás deseó algo para sí mismo. Sin mi Edmundo, ¡qué habría sido de mí, Rebequita! Si faltaba dinero para sus útiles, se levantaba muy temprano y se iba camino del puente Calicanto a comprar alfalfa para revenderla. De ese modo se ayudaba en la escuela de Huaraz. Sus amigos siempre lo buscaban y por ellos sé que era muy aplicadito en sus estudios. ¡Cuán feliz dizque se sentía mi maltón con sus éxitos! ¿Libros? ¡Qué libros habrá leído, pues! Siempre me escribía; precisamente cuando leía su última carta, sentí un escalofrío muy raro. Me pregunté: ¿qué puede ser? Me pareció sentir el último abrazo de Edmundo y comprendí una vez más que eran las señales de su hora. ¡Me culpo de esta muerte por no mantenerme en vela por él!

-Una semana antes de la llegada de Edmundo, la Virgen -Ave María Purísima, cada que me acuerdo me hago la señal de la cruz- me reveló la desgracia mediante grillos.

-Igual ocurrió con nosotros, Rebequita.

-¿Mediante grillos también?

-Algo más, con la gallina y culebra, de yapa.

-¡Santo cielo! En el cuarto de Catalina, madre mía, cómo lloraba el grillo. Como una loca, retirando las cosas, eché agua caliente en todos los huecos, creyendo que el alma de Catalina se nos iría por encima de los eucaliptos. Cuando ya estaba por venir a ti, para pedirte que le escribieras a Edmundo sobre el peligro que le esperaba a su prometida, el chullulluk del grillo me devolvió y me tuvo entre el cuarto y la cocina, acarreando mucha agua hervida.

-En esta mañana mi ultimito salió de la cocina con el grito en su garganta: ¡culebra!, ¡culebra! ¿Dónde? le pregunté. ¡En la cocina! me contestó. De inmediato corrí a la casa de doña Ñasha. La encontré de rodillas ante el altar del Patrón San Santiago: ¡Muerte, Milita, muerte! Eso me dijo y, de inmediato, al décimo canto de la perdiz, la gallina negra cantó mirando al cementerio.

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