Mañana a esta hora
A diario le recitaba versos en el momento propicio, que podía ser mientras su pareja tarareaba una canción o se subía el vestido en el inodoro maniáticamente desinfectado o al sellarse los labios al momento de la separación. Hombre y mujer, suspirando nariz contra nariz y vientre contra vientre.
Una madrugada, Ángel fue recibido por Rosa de la peor manera. Fuese un palo, una escoba, un zapato o cualquier objeto impactaba contra él, que, en su turbación, sólo atinaba a amortiguar los golpes. De un puntapié, el dinero bien habido salió desparramado de sus manos y los labios, que a diario lo recibían con dulzura, proferían sólo improperios.
Si Rosa buscaba ser agredida, Ángel no pisaría el palito. Sería un buen pretexto para que ella hiciera de las suyas lejos de él y quién sabe si regresaría a casa sana y salva. Eso no convenía a ninguno de los dos. Entonces, Ángel decidió apelar al recurso, que muchas veces le había dado buenos resultados; en caso contrario, buscaría entrar en paz para obtener datos sobre el hombre con quien quiere salir y por quien Rosa ya estaría sintiendo un singular deseo. Pero eso sería después de la noche de las bombardas.
Reaccionando con rapidez, hizo un movimiento de brazos, de tal modo que Rosa, al sentirse de espaldas e invertida de cuerpo, no tuvo otra opción más que recurrir a sus pies que golpeaban muy duro en el rostro, si quería impedir que los labios continuasen hormigueando en cada espacio sensitivo de su piel. Entre golpes y caricias, cayeron violentamente en la cama y de allí, al piso, donde Ángel, pidió tregua, no por el chorro ácido que ingresaba en su boca, sino para no ser comidilla de los moradores de la quinta, donde se comentaba el mínimo chirrido de catres y muebles.
Con el verso y piropo entre los labios se dirigió muy compungido hacia el mueble a recibir el nuevo día. Si bien mantuvo cerrados los ojos, su mente era un escenario en el que lidiaban los pensamientos buenos y malos. Pensaba: ¡de quién te enamoraste, cholito! Horas antes se habían despedido de lo mejor, nariz contra nariz, haciéndose ojitos y él, deseándole dulces sueños. ¿Alguna otra cosa, aparte del deseo de salir con alguien, le ocurriría a Rosa en las horas en que estuvieron separados? Ella no pudo haberse enterado de los planes de Ángel, los que entrarían en ejecución después de las bombardas porque, durante el lío, ella no había pronunciado para nada el nombre que la sacaba de sus casillas. Cantó un gallo, luego otros más. Ángel no pudo conciliar sueño. Cuando recién dormitaba, se despertó luego que estallara en su mejilla una sonora cachetada: ¡a trabajar, vago de mierda!; ¡son las diez de la mañana!
Mentira. Apenas era las siete. Dándole la espalda, cerró los ojos con la intención de seguir reposando porque el sueño, con toda seguridad, ya no regresaría por la andanada de hechos imaginarios que estaba tomando posesión de su mente. Pensó: ¡no es la primera vez! Y se le vino a la memoria las repetidas ocasiones en que Rosa se ponía a transpirar cuando en la conversación insinuaba a Ángel sobre la posibilidad de salir a un lugar paradisíaco a beber con Miriam y su pareja: ¿pero si en la reunión molestara a la vecina Miriam, tú cederías ante la insinuación de su hombre? El silencio lo decía todo. Estrechando las piernas y transformada en criatura a quien hay que complacerla, se perdía en sus cavilaciones donde, seguramente, algún hombre estaba haciendo de las suyas con ella. Cuánto habría pagado Ángel por conocer el pensamiento de su amada, un escenario adonde se presentaba con frecuencia el cuadro que viera en su temprana edad: en el mueble de la sala un hombre semidesnudo sobre la sirvienta. ¡Su padre! Con todo, Ángel la amaba y ese amor se incrementaba a más infidelidades, por lo que, sin pensarlo, se sintió envuelto en el mundo de Rosa, a quien desde ese lugar pretendía ayudarla a olvidar sus desviaciones y sus adjetivos de siempre: ¡serrano, maricón, aprista!
Frustrado y en total estado de confusión, empacó sus cosas, convencido de que su crisis sería olvidada en breve, apenas se dé por iniciada la tan ansiada noche de las bombardas. Cerrando sus oídos a la charla femenina y el alboroto de los niños, con un ademán se despidió de de Rosa; pero siempre pensando en el Ratita, un hermoso niño, que seguramente a esa hora estaría rezando por su madre, sin imaginar que ella se encontraba apurando el encuentro con el hombre que vive a dos casas de la suya. Mientras cerraba la puerta, Ángel experimentó una repentina y morbosa emoción. Imaginó a Rosa: coqueta, sensual, con su vestido transparente, intentando atraer la atención de Roberto, el vecino rudo que vive a dos casas y quien, en sus madrugadas, siempre brama en simultáneo con Miriam, la mujer de gemido fino.
Caminando por la calle, Ángel se sentía un hombre irreconocible, con unas ansias locas de golpear a cualquiera que se le cruzara en el camino. No estaba ebrio, ni nada por el estilo. La razón fundamental de su crisis radicaba en él, sobre todo, cuando imaginaba a Rosa caminando adrede en el pasillo de la quinta, donde se reponía en un mueble el ebrio Roberto que, en estado de etílico, suele extender la mano hacia la desnudez femenina. Le preocupaba en exceso la cita pactada para después de las bombardas y el sueño que fuera interrumpido a causa del sopapo.En la lava dorada del mediodía, sombras con figuras de monstruos, de espíritus en vuelo, espectros adheridos a las aceras, paredes y al andar cadencioso de alguna dama. Una voz interior resonó en sus oídos: ¡si tú también estás con ganas!, ¡vuelve a la quinta para que tomen acuerdo con Rosa sobre la fecha en que saldrán a beber los cuatro! ¿Te parece?
Al momento en que recibió el sopapo de Rosa, en sueños, Ángel llevaba una botella de cerveza por abrir. Cual desapercibido transeúnte o cual robot desprovisto de la facultad de beber y razonar, se vio descendiendo entre caminantes fantasmagóricos, por una calle muy conocida para él. De súbito, se sintió mordiscando la botella, vez tras vez, descuidando que el vidrio astillado le destroce las encías y los labios; pero, ¡oh misterio!, no sentía dolor en la boca ni en el estómago, tampoco percibió indicio alguno de sangre en los labios. Pensó mientras caminaba: ¡qué loco!, ¡pero si me lastimaba!, ¿qué significa todo esto?, ¡qué alivio!, ¡fue sólo un sueño! Y volvió a estremecerse al evocar la manera como tragó cuatro veces el vidrio triturado, de modo que al momento en que recibió el sopapo de Rosa, le restaba masticar y tragar sólo media botella.
Ya en el paradero, Ángel abordó el carro que le hacía experimentar sensaciones de suspenso y al que raramente sube un hombre de mal vivir; pero, como se dice, por lo que le estaba ocurriendo en ese día, tenía la impresión de haberse levantado con el pie izquierdo, sino ¿cómo explicar el problema surgido con Rosa en las primeras horas del nuevo día? A eso se incrementaba el hecho indignante de que, ya en el carro, frente a él, un sujeto se aprestaba a tomar ubicación detrás de una joven, quien, por lo visto, olvidando el equipaje que llevaba sobre la espalda, más estaba concentrada en trasmitir su historia a otra jovencita, la que, a cada rato, le hacía suspender el hilo de la narración con preguntas como: ¿pero es churro?, ¿sabe que sales con otro?
Ángel creía que la ausencia de solidaridad era condenable porque el poblador en las grandes urbes ya estaba acostumbrado al hábito de ver y dejar pasar los hechos aunque la víctima fuese un ciudadano de la tercera edad. Así, no valía la pena comprarse líos, teniendo en cuenta que el solidario podría terminar muy mal por meter las narices en problemas ajenos. Entonces, había argumentos, más que suficientes, para hacerse el insensible como el resto de los pasajeros o el cobrador del micro, que prefería dar voces en los paraderos: ¡Lima!, ¡Bolognesi!, ¡Arica!, ¡Venezuela!, ¡San Marcos!
Miró de reojo a los pasajeros y no halló a uno solo que compartiese su fastidio. ¡No!, ¡Nada de nada! Cada cual se encontraba en lo suyo. Unos miraban a un lado o al otro; otros, se hacían los dormidos. Pero Ángel no sería uno más del montón. ¡Él, ya no! Había salido con todas las ganas de pelear. Y decidió entrar, como se dice, en el ojo de la tormenta. Ya lo había hecho anteriormente contra dos sujetos de mal vivir y también contra un hampón que manoseó a una señora con el silencio cómplice del cobrador.
Evocó un hecho ocurrido en una fría mañana de su pueblo: A toda velocidad, dos criollos huían con el dinero que le hurtaron a una humilde vivandera. A diferencia de lo que ocurría en las grandes urbes, en ese entonces, la gente se había solidarizado con la mujer. El primero en correr con la anciana quechua hablante fue el viejo enclenque que solía tomar los rayos del sol a la entrada del mercado. También Ángel corrió para emular a un jovencito que, en actitud valerosa, se arrojó a los pies de los truhanes. Aún subyace en su memoria las calles empedradas en que fueron apaleados los ladronzuelos.
Entre el pasado y el presente, Ángel olvidó el cansancio por el que tomara el carro más vacío. ¡Adiós pesadez! ¡Adiós modorra! La noche anterior había trabajado con la mototaxi hasta la madrugada para financiar los gastos de Rosa y las cervezas que bebería con Amelia. Olvidó por completo los temas de su preocupación: el sueño, en el que se veía masticando una botella; a Rosa, quien aún seguiría charlando en la casa de Roberto y, también, la cita que se produciría en la noche de las bombardas.
Comparándose con el sujeto que estaba metiendo las manos en la mochila de la narradora de historias, concluyó en que el ladronzuelo era pura presencia y que sus facciones finas desaparecerían por completo de un solo puñetazo; al menos, ese era el mensaje que recibía del hombre que había tomado posesión de Ángel: un nativo, que adhería la carne descolgada a su dedo gordo.
Como hormigas apocalípticas, infinitos seres invisibles se incrustaban en su piel. ¡Qué gran cambio!, ¡qué gran transformación! Por la palma de sus manos, por su escroto tembloroso, por sus sienes, por sus papilas ingresaban los escozores que le sumaban más rabia a su rabia contenida. Su cavidad bucal empezó a saber a coca, requesón, aderezo natural. Por sus poros parecían salir el sudor de quien barbecha la tierra de sol a sol: un personaje a quien, siendo niño, le cantaba a todo pulmón en las festividades escolares: “tu risa oiré y feliz serás y feliz seré”. Escuchando un susurro en quechua, lo tradujo: Ángel, ¡tú ya no eres macho!; otro, en español: reflexiona, podrías fracasar en esta empresa ajena a tus intereses; ¿de qué modo serías ayudado por tus extremidades que perdieron su dureza ya hace mucho tiempo?; ahora es el aniversario de tu centro educativo; de llegar maltrecho, darías pie a que los maestros y quienes te conocen especulen negativamente sobre ti; no creerían tu versión; los alumnos lo llevarían a la chanza, a la broma; estás solo.
Más pudo el espíritu nativo que habló por su boca: ¡puta madre!, expresión que formaba parte del léxico de Ángel sólo en circunstancias extremas como la que estaba presenciando con ojos de hombre rústico.
Tras la exclamación, mirando con disimulo, las jóvenes tomaron distancia del sujeto, quien, al verse descubierto, bajando el brazo, giró la cabeza con ira hacia el lugar de donde procedía la voz. Momento de silencio, del auscultarse el uno al otro. Ángel dejó de ser objeto de miradas. El precio de tal imprudencia tendría su costo y él era consciente de ello desde el momento en que constatara que el sujeto de vestir elegante estaba acompañado y, algo más, dio a entender que continuaría en el carro hasta donde Ángel bajase.
Ángel fue rodeado en el Óvalo de Santa Anita en el preciso momento en que se habría paso para cortar la distancia que había entre él y la agencia bancaria, vigilada por dos policías. Sobre un taxi, un puesto de frutas, sobre el tumulto en griterío, multiplicándose en gran manera, Ángel se defendía y repelía el ataque con la ferocidad de quien labra la tierra, pulveriza rocas o controla reses que huyen en estampida por la presencia de las aves rapaces que suelen destripar a sus presas en plena carrera.
Era consciente de que sus fuerzas estaban flaqueando y que, para poner a cualquiera de sus agresores en manos de la policía, sólo debía organizar su defensa y rematar al más debilitado, en este caso, el sujeto de buena presencia que, caído, daba la impresión de estar languideciendo en el concreto. Ángel cayó de bruces por el impacto de un objeto contundente en su cabeza. Sintió a la gavilla sobre él, como aves rapaces que se disputan una presa. ¡Golpes de puntapié, a lo criminal! ¡Pero cuándo no, las mujeres! En grupo chillaron para que la paliza cesara. La sangre tibia borbotaba a chorros. Descendía por su nuca como infinitos hilillos candentes y, cuando el piso ya era un charco rojizo contra su pecho, se repuso con la desesperación del condenado al asociar el hecho con un incidente similar que le ocurriera en su quebrada. A causa de la sangre que fluía de su nariz, había peleado golpe contra golpe sin requerir ningún objeto contundente. Si el hermano mayor de su rival no intervino, habría sido porque el tío de Ángel, arado en hombros, accidentalmente pasaba muy cerca de los peleantes. Ven, she, vamos a contar lo sapos que hemos chapado en el estanque. Ven, ayúdanos a amarrarlos de dos en dos, como a las yuntas. ¿Quieres, she? Tentado por la noticia, Ángel había entrado en casa ajena sin sospechar que, de buenas y primeras, recibiría un trompón en la nariz, mientras sonreía al palpar la piel resbaladiza de los renacuajos.
Derribado por segunda vez, sintió que sus brazos flaqueaban y que sus piernas no daban más. A cada puntapié, su cabeza era una esfera productora de infinitas estrellas en un firmamento doloroso y púrpura. El grito salvador de las mujeres acababa de cesar pero Ángel ya descendía de bruces a un abismo oscuro, en el que moriría de infarto antes de hallar fondo si no intervenía alguna mano salvadora. Al toparse con la parca, notó que esta al verlo en tal estado, se lamía los labios mientras le alisaba el cabello y le tocaba el pulso. Un nativo muy recio abría la boca para lanzar la noticia de que Ángel daba manotazos de ahogado en una avalancha de muerte. Y en seguida: un moribundo trino de aves, un débil canto de mal augurio, un tañido tenue de campana lejana, sendas solitarias amuralladas por pencas; uno a uno, los perros de su niñez emergieron de las raíces de un árbol frondoso, de debajo de las piedras y de las chacras en verdor; saltando cual grillos, se le agolparon; y también resucitaron doña Jacinta y doña Isidora, quienes hacían prodigios con las hojas de las hierbas.
-¿Qué está diciendo?, ¿sí?, ¿quiere darnos un mensaje? Creo que todavía hay una pizca de vida en este hombre. ¡Pobre piltrafa! No hagan ruido.
Una hilacha de aliento visita a Ángel. Adquiere cuerpo y se moviliza, vigorosa, en la cocina enhollinada, donde su alma agonizante se recupera bajo la asistencia de un nativo emponchado. Hay mutismo en la emergencia del hospital. Ayes y quejidos de gentes adoloridas. Un hombre de piel trigueña yace desfigurado entre otros, que reciben líquido y respiran sólo mediante sondas. Los ángeles y la parca se disputan a las almas, las cuales dudan si optar por la escalera, que desciende a la cabecera del agónico, o permanecer un tiempo más en los cuerpos a punto de expirar. A diferencia de los otros, Ángel percibe las palabras del galeno. Estas salen en orden, una tras otra, como la sucesión de burros en apretada senda. Son voces de su segunda lengua, las que él aprendió bajo un techo que la comunidad le prestara al Gobierno para que en él funcione la escuela. Las palabras se desplazan con la velocidad de un globo y se esfuman lentamente en la bóveda lisa y blanca de una construcción elegante. ¡Las lee en el aire! Primero reconoce la expresión: ya; después, son las cinco de la tarde. Al final de la cadena hablada, la secuencia ondulante: te encuentras en el hospital.
A la cocina enhollinada llegaron jadeantes sus perros, con la lengua a sus heridas. Recibe un chorro de orina caprina y tras ello, un indio extiende su poncho habano sobre él, que ya se encuentra inhalando el vigor de los cerros, hálito de fértiles tierras y también, recibiendo frotaciones con hierbas calentadas en el tiesto. Las hojas, en manos de doña Jacinta e Isidora, se transforman en savias. Sus carnes muertas son vencidas por otras nuevas. Sonríe y piensa: es el olor del caldillo y bien quisiera paladearlo. Confunde a los galenos con los espectros. Piensa: ¡no puede ser! Estos producen ruido al caminar y sus manos son de carne y no, esponjosas. En efecto, no podrían ser, ni siquiera, los fantasmas urbanos, que deambulan en altas horas de la noche, flameando como retazos de tela. Se asusta al ver que su cuerpo se balancea al borde de un abismo. Va de manos con el nativo que, tras susurrarle al oído: “macho, macho”, provoca chasquidos mágicos que le permiten evocar los momentos de su infancia. Se encuentra en el cine. Un indio lo está vigilando desde la cima de una roca. Artista y espectador se reconocen. Ángel se emociona al recibir una flecha de regalo. El indio provoca humo en medio de los arbustos. Los pájaros tosen. Cree que los galenos son los hombres malos de la película y la enfermera, la Muchacha. Ella porta mascarilla. Ángel piensa: la Muchacha está al servicio de los bandidos, yo la salvaré. Se ve saliendo del cine. Él es el Joven y sus camaradas los bandidos. Montado en un palo, persigue a sus enemigos que también huyen en caballos similares hacia el cerro Rataquenua. Saeta en manos salvó a la Muchacha. En la Plaza de armas ha cesado la batalla. Vencedores y vencidos charlan: ¡bien bacán no, she, el Joven se casa con la Muchacha!En el inconsciente de Ángel, el Centro Educativo es una construcción ovoide y gaseosa, lejos del alcance de los pandilleros, a quienes ve atacando al transeúnte con piedras y dagas encendidas. El plantel se bambolea al compás del viento. El señor cura, libro en mano, le lee versos eróticos a la profesora de inglés, que es la novia de un marciano. En la Dirección del plantel, otro habitante de Marte, tras intercambiar palabras de saludo con la autoridad, bebe, a grandes sorbos, tazas de chilcano, mientras su esposa da de lactar, de sus pezones plata, a su prole fulgurosa. ¡Qué lástima! Don Osiris se encuentra en serios aprietos; mejor no debió asistir a la noche de las bombardas: lleva la cabeza debajo de su cintura; el trasero, sobre el cuello; las manos, en las nalgas y está a punto de quedarse sin la única escarapela que le cubre los genitales. Las mariposas, en torpe vuelo, se estrellan contra la dentadura de las gentes. Una mosca acaba de zambullirse en el plato de sopa del Director. El personal directivo y los profesores participan de una competencia sin precedentes. En la reunión programada, los varones se flagelan con sus penes y las mujeres, valiéndose de sus garras, se lastiman el rostro y las nalgas. Ningún profesor se salva de las mentadas de madre, ni de la amenaza de clavarse chinches en el trasero. Algunos alumnos se desplazan hacia un salón a beber la cerveza que le hurtaran al desprevenido y otros, descienden al arenal a encerrarse en los servicios higiénicos. Confundida en el grupo, se encuentra la joven amiga del alcalde quien, en estado etílico, acaba de retar a Amelia a participar en el concurso de quién orina más lejos.
-¿Y Amelia?
El nativo sonríe.Amelia y Ángel habían convenido en encontrarse en la noche de las bombardas, del toro loco y la quema de castillos. Habían pensado hacer del encuentro, el mejor de cuantos tuvieron, sea a la sombra de los arbustos, en la soledad de un lecho a media luz o como el día que se conocieron en un ómnibus que cubría la ruta Lima-Ricardo Palma. Ella ebria y él, también, en el atardecer de un jueves sombrío del mes de junio. ¿Cómo sucedió, ojos de capulí? Se le erizaba la piel cuando evocaba a la diva quien, a pesar de ser desconocida, de súbito se sentara sobre él, carne contra carne. ¡Así de sorprendente sería en el futuro! ¿No demostró igual arrojo al deslizar su prenda en una piscina? Constantemente se decía: Ángel, esta mujer te hace perder los papeles, debes alejarte de ella. ¡Pero, ahí estaba el detalle, por eso él la quería hasta que la transpiración le invadiera! En la noche después del aniversario, seguramente él se habría dejado vencer en la letrina, en el pasadizo del hostal, en algún rincón oscuro o en la terraza, porque había luna llena, como en la noche anterior. Era, pues, un juguete en las manos de esa mujer, que tiene domesticado, inclusive a los guardias.
Ángel se felicitaba por tener una pareja que reaccionaba con dureza al primer nombre que no fuera el suyo; pues, a diferencia de Rosa, otras mujeres sí, dejaban que el marido hablara con toda libertad en sus sueños. Varias veces había despertado al primer sopado cuando hablaba dormido sobre lo ocurrido en la comisaría, de donde, Susana se esfumara sin dejar huellas luego de contagiar su enfermedad a los policías.
Amelia y Ángel fueron una pareja muy singular. Ella se olvidaba de sus golpes, y él, de sus parches en la cabeza. Esto ocurría los días viernes u otra fecha especial en que estallaban con anatemas, lisuras y todo.
-¿Por qué planchas tus ropas o por qué tanto perfume? ¿Con qué perra te vas a encontrar?
-¡Pero qué estúpida eres!
-¿Con la perra Elba? ¿Con otra perra?
-¡Voy a trabajar, desquiciada!
-¿Con la perra con quien conversas en tus sueños?
-¡Tengo una entrevista en el trabajo!
-¿Allí trabaja la perra?
-¿Y tú eres santa?
-¿Ya ves cómo eres, perro maldito?
-¿A veces no regresas con la concha floja o con el culo amoratado?, ¿o no me llamas por teléfono de la cama del loco Raúl?
Entonces empezaba el escándalo que culminaba con la estampida mutua hasta entrada la noche, en que ellos coincidían disimuladamente en un conocido restaurante.
-A ver, amor, ¿qué deseas servirte?
-¡Pollito!
-¡Señor, dos cuartitos de pollo, por favor!
Así de rara les era la vida. Ahora él se encuentra en el hospital. ¿Quién conoce el porvenir? Años atrás, su mejor amigo, que saliera a la calle a buscar trabajo, fue hallado en la morgue, después que el carro en que viajaba colisionara contra un camión mal estacionado en una calle céntrica de Chimbote. ¿Pero Ángel moriría? Imposible, porque, años atrás, al extender su mano, se había emocionado mucho cuando una gitana le pronosticó que viviría más que sus abuelos, quienes habían muerto en presencia de los invitados, mientras celebraban el 75 aniversario de su boda. Y eso conocía Amelia, pues, para salir de sus dudas, en una ocasión atentó contra Ángel con hartas dosis de tóxicos. Y Ángel no murió ni siquiera cuando sus rivales lo precipitaron de la casa donde Elba y Rosa compartían un cuarto.
En el hospital, pensaba en Rosa, su pareja de muy agradable voz, rescatada de la calle, adonde fuera por razones económicas y no por aberrada, como murmuraba la gente. La evocaba coqueta y sensual, con su vestido transparente, pecho contra pecho y nariz contra nariz a la hora del verso y del piropo.
-Te voy a contar mi sueño pero júrame que dirás la verdad y sólo la verdad.
-¡Lo juro!
-Pero antes dime, ¿con quién estuviste el miércoles mientras yo hacía mercado?Entonces Ángel perdía el aire, como si un buen puñetazo le hubiere caído en el estómago.-¿Ya ves? Me traicionaste. Ya no es necesario contarte todo. Muy seguidito me soñé con gatos, cuchillos y también con una culebra gris que entraba y salía de un orificio. Y eso es traición, Ángel, además, algunas veces regresas a casa como limón exprimido. ¿No es cierto? Yo no soy como tú. Me lastimas cuando piensas que me estoy acostando con Roberto, aunque muy bien quisieras que lo haga para agarrártela a su mujer. Tienes la mente sucia como todo hombre. Debes confiar en mí, y si digo que soy más rata que tú, es sólo un decir.
¿Pero si Rosa estuviese en la noche de las bombardas? Es más rata que yo, ¿no es cierto? Si no me encuentra en el colegio, pensará que me escapé con Amelia y entonces será capaz de cometer cualquier locura. Estoy advertido. Cualquier mujer, menos Amelia.
Ángel se torturaba imaginándola reclinada en un poste, escondida en algún lugar oscuro, entregándole dinero a algún desconocido que sabe espiar al infiel o, sólo en vestido, reprimiendo el placer delirante que asciende desde sus tobillos en contacto con los labios que hacen perder el control a la mujer. La imaginaba apoyada en la ventana, charlando con las vecinas que ya no son interesantes para sus maridos o con las que llegan al clímax sólo por la zona que el clero tiene prohibido. De súbito se le erizan los pelos. Sí, el mundo da vueltas y es cierto el ojo por ojo, diente por diente. ¿Y ahora? ¿Le estará pagando con la misma moneda? Y con singular martirio evoca el pasaje más inconfesable de su vida: años atrás, sus labios recorrían hacia arriba debajo de la falda de Rosa, mientras ella, apoyada en la ventana, recibía, también con singular morbo, el beso volado de su amor Jorge, desde un parque.
¡No! ¡Qué vergüenza! ¿Estará en pantalones o en falda? ¡No! ¡Me la pagará! ¿Más rata que yo no? ¡Eso lo veremos! No le diré nada a Rosa. ¡A ella no! Por la cólera podría retornar al antro y yo no sabría qué explicarle a su hijo, el Ratita. ¡A Jorge, sí! De haber ido al colegio, seguro que Rosa estuvo en la casa de él. Jorge es el único que sigue ocupando un cuarto en la construcción donde Rosa y yo éramos inquilinos. Es la única vivienda que colinda con el plantel y sólo Jorge podría estar debajo de la falda de Rosa, mientras ella simula buscarme con la mirada desde el segundo piso. Apenas salga de alta, lo abordaré sin palabras de por medio. Él fue quien la rescató de la calle y siempre que toma suele decir: ¡pericote viejo no olvida su hueco! Lo asiré de los hombros y lo derribaré de un cabezazo, diciéndole: ¿qué hacía Rosa en tu cuarto la noche de las bombardas? Y dejaré de golpearlo sólo si interviniere Elba. Todavía quedan cenizas. ¡Carne es carne!
-¿Puede decirnos alguna palabra, señor?
Ha amanecido. Ya es un nuevo día y Ángel todavía yace en la cama del hospital. Las aves cantan en los árboles cubiertos por densas nieblas del amanecer. Trasciende hasta su lecho el pitar del claxon de los carros y la visita aún ausente sólo añadiría más dolor al que se encuentra soportando. Ya mueve la cabeza y las extremidades y hasta articula con claridad algunos nombres: ¡Mamá! ¡Amelia! ¡Rosa! Llegan a sus oídos voces de despedida, seguidas de algunas palmadas suaves en el hombro.
Ángel deduce que es el cambio de guardia y se deja embargar por una profunda melancolía. Extrañará a la enfermera que lo atendió pero ¿será igual de buena quien la reemplace? Pareciera que la cabeza se le fuera a desprender o que faltaran algunas costillas. Pretendiendo disipar sus penas, sonríe al evocar un pasaje jocoso en su vida. Es su amigo Coqui, que en sueños, sufría por escupir las patas de una cucaracha que se le habían incrustado entre los dientes. Quisiera celebrar con risas las bromas que se gastan los galenos pero logra abstenerse por las punzadas sangrantes que siente en sus carrillos. Ya está pasando la tormenta, enseguida llegará el turno de la calma y paz. Pronto saldrá de alta y partirá brioso como el indio que, poniéndose en pie, emprendió el viaje a su casa después de permanecer privado en el empedrado a falta de un hospital o corazón caritativo, que tuviese un trapo remojado en agua fría para su cabeza, herida por una pedrada.
Ya se siente mucho mejor y sólo está a la espera de la señal del nativo. El indio conversa con doña Dina quien, de conocer la desgracia de su hijo, se haría presente en el hospital para demostrar a los galenos su pericia en el arte de la sanación y la resurrección. Ella cura a la bestia panzada y también a los indios que pierden el sentido en las fiestas por el fragor de la pelea. Si auxilia a las aves y los grillos de cantar malagueño, ¿cómo descuidaría a su indio mal trajeado en este monstruo de ciudad? Postergando a sus animales y el espantajo, untaría con cebo de gallina o enjundia de cuy las heridas de su hijo. Pero en casos de algún malestar, Rosa y Amelia no tratan a Ángel como doña Dina. Ellas, valiéndose de la yema de sus dedos, cada quien busca erizarle la piel para constatar si, en verdad, Ángel está enfermo o se hace el cojudo, después de haberse revolcado con otra.
La enfermera, que acaba de llegar, pareciera que fuera una de sus alumnas pero podría ser solamente una semejanza. Para salir de sus dudas, retendrá la mirada en ella y le buscará la conversación.
Echa la mirada a sus pertenencias y ve que sus ropas están empiladas pero falta el bolso. Piensa que podría estar en el quiosco adonde recuerda haberlo arrojado al empezar la bronca, o quizá en manos de algún delincuente. No sabe si estará en sus bolsillos el dinero que gastaría con Amelia. De no estar, ¿habrían sido las manos en el nosocomio? Evoca su adolescencia en un hospital pintado de verde. Con frutas, medicinas, ¡cuánta gente se aglomeraba en los días de visita! En una oportunidad de ese entonces, tuvo que regresar a casa con el dinero en el bolsillo porque el monto que entregara al paciente en la semana anterior, se había extraviado del cajón de la mesa.
Enfermera y paciente se sonríen. Ángel piensa que la señorita no tiene cara de pilla.
-¿Usted apellida Condori?
-No, señor.
-Gracias.
Ángel reflexiona sobre el modo en que sobrevivió al delirio y las bocanadas de vapor candente. Pálidamente recuerda que un ser con astas y rabo, atormentándolo, le echaba mantas de ceniza encendida. Ángel no halló ningún trapo remojado o agua fría, que le ayude a lidiar contra el fuego abrasador del infierno. Después de analizar lo sucedido, concluye agradeciendo al Invisible y al nativo que le ayudaron a lidiar contra la muerte. En seguida comparará sus visiones con las de Beatriz sobre el hombre de la letrina.
En ayunas, religiosamente, el hombre de la letrina bebía chorros de líquido púrpura; en la cena, degustaba, entre sonrisas sarcásticas, tajadas de mejilla asada y guisados de bíceps. Cuidando ser observado, vertía en los desayunos algunas dosis de orina y, en los guisados por servir, esparcía polvos fecales, provenientes del frasco escondido en un lugar, que sólo él conocía.Ángel será considerado un pobre desquiciado y adjetivado de la peor manera. ¡Pero qué importa! Apenas salga, abriendo su boca, así por así, informará, de oreja en oreja, lo que vio en visión mientras languidecía.
Ubicado en el círculo rojo de su manta blanca, el hombre de la letrina solía huir hacia la alcantarilla para esconderse de sus captores.
-Usted se parece mucho a una chica llamada Beatriz Condori.
-Mi apellido es Palma.
-¡Ah! ¡Ya!
Y suspende la conversación porque acaba de recordar que el sujeto de la letrina también tenía domesticadas a infinitas cantidades de ratas y cucarachas.
-¿No es esto cosa de locos?
-¿Decía algo?
Cierra los ojos y deja que aparezcan en su memoria nuevos segmentos. Desde el cielo ennegrecido, se precipitaba rumbo al vacío sin final, cual objeto puntiagudo y, con el corazón a punto de estallar; otra vez empezaba a ascender hasta las estrellas y, vuelta, a descender; vez tras vez, seguiría ese rumbo por tiempo indefinido. En el último vertical descenso, no cayó en las aguas del mar, como tenía previsto, sino en un acantilado solitario e ignoto. Ángel se asombra al evocar que, tras aterrizar con los brazos en cruz, se vio parado en una senda, que era el punto de partida hacia sus tres lugares preferidos. Viendo que una de las vías iba a su pueblo, se encaminó por ella mientras contemplaba con curiosidad una extraña pata con sus dos crías paseando por la orilla de una acequia. Él piensa: ¡cuánta diferencia existe entre el lugar soñado y el de la vida real! También aparecía próximo a él, una extraña ave con plumaje verde, patas de saltamonte, el pico larguísimo y el cuerpo, liso como la calabaza. Alzándola en brazos, quiso llevársela a la fuerza pero se vio obligado a liberarla porque el ave se puso a gemir con voz de niño. Pensó: ¡qué curioso!, ¿los plumíferos no pían o graznan o cacarean?, este tiene voz humana. A pesar de haber recuperado la libertad, el ave seguía gimiendo y el sonido de su llanto rebotaba en los cerros. En la senda solitaria y pedregosa, inerte por el gemido indescriptible que se producía aproximadamente a una legua de distancia de su casa, Ángel resistía la mirada de multitud de rocas. ¿Qué era aquello? De súbito, se puso a gritar a viva voz: ¡perdóname, niño! Cesó el llanto pero, también, con la misma apareció esculpido en el tronco de un maguey la imagen del niño. Era un rostro ya viejo, maltrecho y de color verde; pero algo llamativo: ¡miraba como alguien que está enfermo por el maltrato sufrido y no, como el sujeto que sonreía en lo hondo de la letrina!
-¿Usted qué sentiría si tuviera una hermana que posee el don de ver visiones?
-¿Por qué me lo pregunta?
-¡Pura curiosidad!
Ángel sonríe y haciendo memoria descubre las semejanzas que existen entre la visión de Beatriz y la de él. ¿Pero su visión lindaba con algo premonitorio? Él conocía en la vida real al sujeto ese; si en algún momento metió la mano en la letrina, lo había hecho con la intención de rescatarlo de ese mundo irrespirable y si el sujeto no se dejó agarrar habría sido porque temía acabar en las manos de la policía por ladrón o tener coito con alguna cucaracha con pezones y escroto: ¡seres de su escolta, que protegían la capa blanca rectangular, en cuyo centro aparecía la imagen del sol, bañada en sangre! ¡Adiós tesoro, adiós fortuna, porque el hombre, con todo ello, se ha zambullido en la letrina!
Recordó que corría en zigzag por el jirón Camaná, temiendo ser absorbido por la alcantarilla, en caso de abrirse el concreto. Surge más gente visionaria, más Beatrices. ¡Miles! ¡Millones! Se ha cumplido el temor del sujeto. Fue sorprendido copulando con una rata y ahora ya no será visto por estos lugares. Ha huido en pos de la riqueza mal habida, al amparo de la capa blanca que se transformó en pájaro volador.
Retrocediendo en el tiempo, Ángel sonríe; también la enfermera. Aparece en su pensamiento el mozuelo que ganó la apuesta de un sol por besar la llaga de un gato y el trasero de un perro. Y de súbito, la sonrisa se le va, se le escarapela la piel; adiós, buen humor y bienvenidos, el conflicto y la crisis del alma. Se le erizan los pelos y bien quisiera morirse o mandarse matar. ¿Qué? ¿Él no es materialista convicto y confeso? ¿Qué demonios acaba de estallar en su cabeza? Dos días atrás, se ve ingresando solo en su centro de trabajo, todo normal pero sudoroso. No había nada nuevo bajo el sol, salvo el mensaje que llegara a recibir, a las trece horas, a la entrada del plantel, donde se detuvo para intercambiar saludos con su alumna Beatriz, quien, termina el diálogo con voz firme y decidida: Profesor, mañana a esta hora tenga mucho cuidado.
Una madrugada, Ángel fue recibido por Rosa de la peor manera. Fuese un palo, una escoba, un zapato o cualquier objeto impactaba contra él, que, en su turbación, sólo atinaba a amortiguar los golpes. De un puntapié, el dinero bien habido salió desparramado de sus manos y los labios, que a diario lo recibían con dulzura, proferían sólo improperios.
Si Rosa buscaba ser agredida, Ángel no pisaría el palito. Sería un buen pretexto para que ella hiciera de las suyas lejos de él y quién sabe si regresaría a casa sana y salva. Eso no convenía a ninguno de los dos. Entonces, Ángel decidió apelar al recurso, que muchas veces le había dado buenos resultados; en caso contrario, buscaría entrar en paz para obtener datos sobre el hombre con quien quiere salir y por quien Rosa ya estaría sintiendo un singular deseo. Pero eso sería después de la noche de las bombardas.
Reaccionando con rapidez, hizo un movimiento de brazos, de tal modo que Rosa, al sentirse de espaldas e invertida de cuerpo, no tuvo otra opción más que recurrir a sus pies que golpeaban muy duro en el rostro, si quería impedir que los labios continuasen hormigueando en cada espacio sensitivo de su piel. Entre golpes y caricias, cayeron violentamente en la cama y de allí, al piso, donde Ángel, pidió tregua, no por el chorro ácido que ingresaba en su boca, sino para no ser comidilla de los moradores de la quinta, donde se comentaba el mínimo chirrido de catres y muebles.
Con el verso y piropo entre los labios se dirigió muy compungido hacia el mueble a recibir el nuevo día. Si bien mantuvo cerrados los ojos, su mente era un escenario en el que lidiaban los pensamientos buenos y malos. Pensaba: ¡de quién te enamoraste, cholito! Horas antes se habían despedido de lo mejor, nariz contra nariz, haciéndose ojitos y él, deseándole dulces sueños. ¿Alguna otra cosa, aparte del deseo de salir con alguien, le ocurriría a Rosa en las horas en que estuvieron separados? Ella no pudo haberse enterado de los planes de Ángel, los que entrarían en ejecución después de las bombardas porque, durante el lío, ella no había pronunciado para nada el nombre que la sacaba de sus casillas. Cantó un gallo, luego otros más. Ángel no pudo conciliar sueño. Cuando recién dormitaba, se despertó luego que estallara en su mejilla una sonora cachetada: ¡a trabajar, vago de mierda!; ¡son las diez de la mañana!
Mentira. Apenas era las siete. Dándole la espalda, cerró los ojos con la intención de seguir reposando porque el sueño, con toda seguridad, ya no regresaría por la andanada de hechos imaginarios que estaba tomando posesión de su mente. Pensó: ¡no es la primera vez! Y se le vino a la memoria las repetidas ocasiones en que Rosa se ponía a transpirar cuando en la conversación insinuaba a Ángel sobre la posibilidad de salir a un lugar paradisíaco a beber con Miriam y su pareja: ¿pero si en la reunión molestara a la vecina Miriam, tú cederías ante la insinuación de su hombre? El silencio lo decía todo. Estrechando las piernas y transformada en criatura a quien hay que complacerla, se perdía en sus cavilaciones donde, seguramente, algún hombre estaba haciendo de las suyas con ella. Cuánto habría pagado Ángel por conocer el pensamiento de su amada, un escenario adonde se presentaba con frecuencia el cuadro que viera en su temprana edad: en el mueble de la sala un hombre semidesnudo sobre la sirvienta. ¡Su padre! Con todo, Ángel la amaba y ese amor se incrementaba a más infidelidades, por lo que, sin pensarlo, se sintió envuelto en el mundo de Rosa, a quien desde ese lugar pretendía ayudarla a olvidar sus desviaciones y sus adjetivos de siempre: ¡serrano, maricón, aprista!
Frustrado y en total estado de confusión, empacó sus cosas, convencido de que su crisis sería olvidada en breve, apenas se dé por iniciada la tan ansiada noche de las bombardas. Cerrando sus oídos a la charla femenina y el alboroto de los niños, con un ademán se despidió de de Rosa; pero siempre pensando en el Ratita, un hermoso niño, que seguramente a esa hora estaría rezando por su madre, sin imaginar que ella se encontraba apurando el encuentro con el hombre que vive a dos casas de la suya. Mientras cerraba la puerta, Ángel experimentó una repentina y morbosa emoción. Imaginó a Rosa: coqueta, sensual, con su vestido transparente, intentando atraer la atención de Roberto, el vecino rudo que vive a dos casas y quien, en sus madrugadas, siempre brama en simultáneo con Miriam, la mujer de gemido fino.
Caminando por la calle, Ángel se sentía un hombre irreconocible, con unas ansias locas de golpear a cualquiera que se le cruzara en el camino. No estaba ebrio, ni nada por el estilo. La razón fundamental de su crisis radicaba en él, sobre todo, cuando imaginaba a Rosa caminando adrede en el pasillo de la quinta, donde se reponía en un mueble el ebrio Roberto que, en estado de etílico, suele extender la mano hacia la desnudez femenina. Le preocupaba en exceso la cita pactada para después de las bombardas y el sueño que fuera interrumpido a causa del sopapo.En la lava dorada del mediodía, sombras con figuras de monstruos, de espíritus en vuelo, espectros adheridos a las aceras, paredes y al andar cadencioso de alguna dama. Una voz interior resonó en sus oídos: ¡si tú también estás con ganas!, ¡vuelve a la quinta para que tomen acuerdo con Rosa sobre la fecha en que saldrán a beber los cuatro! ¿Te parece?
Al momento en que recibió el sopapo de Rosa, en sueños, Ángel llevaba una botella de cerveza por abrir. Cual desapercibido transeúnte o cual robot desprovisto de la facultad de beber y razonar, se vio descendiendo entre caminantes fantasmagóricos, por una calle muy conocida para él. De súbito, se sintió mordiscando la botella, vez tras vez, descuidando que el vidrio astillado le destroce las encías y los labios; pero, ¡oh misterio!, no sentía dolor en la boca ni en el estómago, tampoco percibió indicio alguno de sangre en los labios. Pensó mientras caminaba: ¡qué loco!, ¡pero si me lastimaba!, ¿qué significa todo esto?, ¡qué alivio!, ¡fue sólo un sueño! Y volvió a estremecerse al evocar la manera como tragó cuatro veces el vidrio triturado, de modo que al momento en que recibió el sopapo de Rosa, le restaba masticar y tragar sólo media botella.
Ya en el paradero, Ángel abordó el carro que le hacía experimentar sensaciones de suspenso y al que raramente sube un hombre de mal vivir; pero, como se dice, por lo que le estaba ocurriendo en ese día, tenía la impresión de haberse levantado con el pie izquierdo, sino ¿cómo explicar el problema surgido con Rosa en las primeras horas del nuevo día? A eso se incrementaba el hecho indignante de que, ya en el carro, frente a él, un sujeto se aprestaba a tomar ubicación detrás de una joven, quien, por lo visto, olvidando el equipaje que llevaba sobre la espalda, más estaba concentrada en trasmitir su historia a otra jovencita, la que, a cada rato, le hacía suspender el hilo de la narración con preguntas como: ¿pero es churro?, ¿sabe que sales con otro?
Ángel creía que la ausencia de solidaridad era condenable porque el poblador en las grandes urbes ya estaba acostumbrado al hábito de ver y dejar pasar los hechos aunque la víctima fuese un ciudadano de la tercera edad. Así, no valía la pena comprarse líos, teniendo en cuenta que el solidario podría terminar muy mal por meter las narices en problemas ajenos. Entonces, había argumentos, más que suficientes, para hacerse el insensible como el resto de los pasajeros o el cobrador del micro, que prefería dar voces en los paraderos: ¡Lima!, ¡Bolognesi!, ¡Arica!, ¡Venezuela!, ¡San Marcos!
Miró de reojo a los pasajeros y no halló a uno solo que compartiese su fastidio. ¡No!, ¡Nada de nada! Cada cual se encontraba en lo suyo. Unos miraban a un lado o al otro; otros, se hacían los dormidos. Pero Ángel no sería uno más del montón. ¡Él, ya no! Había salido con todas las ganas de pelear. Y decidió entrar, como se dice, en el ojo de la tormenta. Ya lo había hecho anteriormente contra dos sujetos de mal vivir y también contra un hampón que manoseó a una señora con el silencio cómplice del cobrador.
Evocó un hecho ocurrido en una fría mañana de su pueblo: A toda velocidad, dos criollos huían con el dinero que le hurtaron a una humilde vivandera. A diferencia de lo que ocurría en las grandes urbes, en ese entonces, la gente se había solidarizado con la mujer. El primero en correr con la anciana quechua hablante fue el viejo enclenque que solía tomar los rayos del sol a la entrada del mercado. También Ángel corrió para emular a un jovencito que, en actitud valerosa, se arrojó a los pies de los truhanes. Aún subyace en su memoria las calles empedradas en que fueron apaleados los ladronzuelos.
Entre el pasado y el presente, Ángel olvidó el cansancio por el que tomara el carro más vacío. ¡Adiós pesadez! ¡Adiós modorra! La noche anterior había trabajado con la mototaxi hasta la madrugada para financiar los gastos de Rosa y las cervezas que bebería con Amelia. Olvidó por completo los temas de su preocupación: el sueño, en el que se veía masticando una botella; a Rosa, quien aún seguiría charlando en la casa de Roberto y, también, la cita que se produciría en la noche de las bombardas.
Comparándose con el sujeto que estaba metiendo las manos en la mochila de la narradora de historias, concluyó en que el ladronzuelo era pura presencia y que sus facciones finas desaparecerían por completo de un solo puñetazo; al menos, ese era el mensaje que recibía del hombre que había tomado posesión de Ángel: un nativo, que adhería la carne descolgada a su dedo gordo.
Como hormigas apocalípticas, infinitos seres invisibles se incrustaban en su piel. ¡Qué gran cambio!, ¡qué gran transformación! Por la palma de sus manos, por su escroto tembloroso, por sus sienes, por sus papilas ingresaban los escozores que le sumaban más rabia a su rabia contenida. Su cavidad bucal empezó a saber a coca, requesón, aderezo natural. Por sus poros parecían salir el sudor de quien barbecha la tierra de sol a sol: un personaje a quien, siendo niño, le cantaba a todo pulmón en las festividades escolares: “tu risa oiré y feliz serás y feliz seré”. Escuchando un susurro en quechua, lo tradujo: Ángel, ¡tú ya no eres macho!; otro, en español: reflexiona, podrías fracasar en esta empresa ajena a tus intereses; ¿de qué modo serías ayudado por tus extremidades que perdieron su dureza ya hace mucho tiempo?; ahora es el aniversario de tu centro educativo; de llegar maltrecho, darías pie a que los maestros y quienes te conocen especulen negativamente sobre ti; no creerían tu versión; los alumnos lo llevarían a la chanza, a la broma; estás solo.
Más pudo el espíritu nativo que habló por su boca: ¡puta madre!, expresión que formaba parte del léxico de Ángel sólo en circunstancias extremas como la que estaba presenciando con ojos de hombre rústico.
Tras la exclamación, mirando con disimulo, las jóvenes tomaron distancia del sujeto, quien, al verse descubierto, bajando el brazo, giró la cabeza con ira hacia el lugar de donde procedía la voz. Momento de silencio, del auscultarse el uno al otro. Ángel dejó de ser objeto de miradas. El precio de tal imprudencia tendría su costo y él era consciente de ello desde el momento en que constatara que el sujeto de vestir elegante estaba acompañado y, algo más, dio a entender que continuaría en el carro hasta donde Ángel bajase.
Ángel fue rodeado en el Óvalo de Santa Anita en el preciso momento en que se habría paso para cortar la distancia que había entre él y la agencia bancaria, vigilada por dos policías. Sobre un taxi, un puesto de frutas, sobre el tumulto en griterío, multiplicándose en gran manera, Ángel se defendía y repelía el ataque con la ferocidad de quien labra la tierra, pulveriza rocas o controla reses que huyen en estampida por la presencia de las aves rapaces que suelen destripar a sus presas en plena carrera.
Era consciente de que sus fuerzas estaban flaqueando y que, para poner a cualquiera de sus agresores en manos de la policía, sólo debía organizar su defensa y rematar al más debilitado, en este caso, el sujeto de buena presencia que, caído, daba la impresión de estar languideciendo en el concreto. Ángel cayó de bruces por el impacto de un objeto contundente en su cabeza. Sintió a la gavilla sobre él, como aves rapaces que se disputan una presa. ¡Golpes de puntapié, a lo criminal! ¡Pero cuándo no, las mujeres! En grupo chillaron para que la paliza cesara. La sangre tibia borbotaba a chorros. Descendía por su nuca como infinitos hilillos candentes y, cuando el piso ya era un charco rojizo contra su pecho, se repuso con la desesperación del condenado al asociar el hecho con un incidente similar que le ocurriera en su quebrada. A causa de la sangre que fluía de su nariz, había peleado golpe contra golpe sin requerir ningún objeto contundente. Si el hermano mayor de su rival no intervino, habría sido porque el tío de Ángel, arado en hombros, accidentalmente pasaba muy cerca de los peleantes. Ven, she, vamos a contar lo sapos que hemos chapado en el estanque. Ven, ayúdanos a amarrarlos de dos en dos, como a las yuntas. ¿Quieres, she? Tentado por la noticia, Ángel había entrado en casa ajena sin sospechar que, de buenas y primeras, recibiría un trompón en la nariz, mientras sonreía al palpar la piel resbaladiza de los renacuajos.
Derribado por segunda vez, sintió que sus brazos flaqueaban y que sus piernas no daban más. A cada puntapié, su cabeza era una esfera productora de infinitas estrellas en un firmamento doloroso y púrpura. El grito salvador de las mujeres acababa de cesar pero Ángel ya descendía de bruces a un abismo oscuro, en el que moriría de infarto antes de hallar fondo si no intervenía alguna mano salvadora. Al toparse con la parca, notó que esta al verlo en tal estado, se lamía los labios mientras le alisaba el cabello y le tocaba el pulso. Un nativo muy recio abría la boca para lanzar la noticia de que Ángel daba manotazos de ahogado en una avalancha de muerte. Y en seguida: un moribundo trino de aves, un débil canto de mal augurio, un tañido tenue de campana lejana, sendas solitarias amuralladas por pencas; uno a uno, los perros de su niñez emergieron de las raíces de un árbol frondoso, de debajo de las piedras y de las chacras en verdor; saltando cual grillos, se le agolparon; y también resucitaron doña Jacinta y doña Isidora, quienes hacían prodigios con las hojas de las hierbas.
-¿Qué está diciendo?, ¿sí?, ¿quiere darnos un mensaje? Creo que todavía hay una pizca de vida en este hombre. ¡Pobre piltrafa! No hagan ruido.
Una hilacha de aliento visita a Ángel. Adquiere cuerpo y se moviliza, vigorosa, en la cocina enhollinada, donde su alma agonizante se recupera bajo la asistencia de un nativo emponchado. Hay mutismo en la emergencia del hospital. Ayes y quejidos de gentes adoloridas. Un hombre de piel trigueña yace desfigurado entre otros, que reciben líquido y respiran sólo mediante sondas. Los ángeles y la parca se disputan a las almas, las cuales dudan si optar por la escalera, que desciende a la cabecera del agónico, o permanecer un tiempo más en los cuerpos a punto de expirar. A diferencia de los otros, Ángel percibe las palabras del galeno. Estas salen en orden, una tras otra, como la sucesión de burros en apretada senda. Son voces de su segunda lengua, las que él aprendió bajo un techo que la comunidad le prestara al Gobierno para que en él funcione la escuela. Las palabras se desplazan con la velocidad de un globo y se esfuman lentamente en la bóveda lisa y blanca de una construcción elegante. ¡Las lee en el aire! Primero reconoce la expresión: ya; después, son las cinco de la tarde. Al final de la cadena hablada, la secuencia ondulante: te encuentras en el hospital.
A la cocina enhollinada llegaron jadeantes sus perros, con la lengua a sus heridas. Recibe un chorro de orina caprina y tras ello, un indio extiende su poncho habano sobre él, que ya se encuentra inhalando el vigor de los cerros, hálito de fértiles tierras y también, recibiendo frotaciones con hierbas calentadas en el tiesto. Las hojas, en manos de doña Jacinta e Isidora, se transforman en savias. Sus carnes muertas son vencidas por otras nuevas. Sonríe y piensa: es el olor del caldillo y bien quisiera paladearlo. Confunde a los galenos con los espectros. Piensa: ¡no puede ser! Estos producen ruido al caminar y sus manos son de carne y no, esponjosas. En efecto, no podrían ser, ni siquiera, los fantasmas urbanos, que deambulan en altas horas de la noche, flameando como retazos de tela. Se asusta al ver que su cuerpo se balancea al borde de un abismo. Va de manos con el nativo que, tras susurrarle al oído: “macho, macho”, provoca chasquidos mágicos que le permiten evocar los momentos de su infancia. Se encuentra en el cine. Un indio lo está vigilando desde la cima de una roca. Artista y espectador se reconocen. Ángel se emociona al recibir una flecha de regalo. El indio provoca humo en medio de los arbustos. Los pájaros tosen. Cree que los galenos son los hombres malos de la película y la enfermera, la Muchacha. Ella porta mascarilla. Ángel piensa: la Muchacha está al servicio de los bandidos, yo la salvaré. Se ve saliendo del cine. Él es el Joven y sus camaradas los bandidos. Montado en un palo, persigue a sus enemigos que también huyen en caballos similares hacia el cerro Rataquenua. Saeta en manos salvó a la Muchacha. En la Plaza de armas ha cesado la batalla. Vencedores y vencidos charlan: ¡bien bacán no, she, el Joven se casa con la Muchacha!En el inconsciente de Ángel, el Centro Educativo es una construcción ovoide y gaseosa, lejos del alcance de los pandilleros, a quienes ve atacando al transeúnte con piedras y dagas encendidas. El plantel se bambolea al compás del viento. El señor cura, libro en mano, le lee versos eróticos a la profesora de inglés, que es la novia de un marciano. En la Dirección del plantel, otro habitante de Marte, tras intercambiar palabras de saludo con la autoridad, bebe, a grandes sorbos, tazas de chilcano, mientras su esposa da de lactar, de sus pezones plata, a su prole fulgurosa. ¡Qué lástima! Don Osiris se encuentra en serios aprietos; mejor no debió asistir a la noche de las bombardas: lleva la cabeza debajo de su cintura; el trasero, sobre el cuello; las manos, en las nalgas y está a punto de quedarse sin la única escarapela que le cubre los genitales. Las mariposas, en torpe vuelo, se estrellan contra la dentadura de las gentes. Una mosca acaba de zambullirse en el plato de sopa del Director. El personal directivo y los profesores participan de una competencia sin precedentes. En la reunión programada, los varones se flagelan con sus penes y las mujeres, valiéndose de sus garras, se lastiman el rostro y las nalgas. Ningún profesor se salva de las mentadas de madre, ni de la amenaza de clavarse chinches en el trasero. Algunos alumnos se desplazan hacia un salón a beber la cerveza que le hurtaran al desprevenido y otros, descienden al arenal a encerrarse en los servicios higiénicos. Confundida en el grupo, se encuentra la joven amiga del alcalde quien, en estado etílico, acaba de retar a Amelia a participar en el concurso de quién orina más lejos.
-¿Y Amelia?
El nativo sonríe.Amelia y Ángel habían convenido en encontrarse en la noche de las bombardas, del toro loco y la quema de castillos. Habían pensado hacer del encuentro, el mejor de cuantos tuvieron, sea a la sombra de los arbustos, en la soledad de un lecho a media luz o como el día que se conocieron en un ómnibus que cubría la ruta Lima-Ricardo Palma. Ella ebria y él, también, en el atardecer de un jueves sombrío del mes de junio. ¿Cómo sucedió, ojos de capulí? Se le erizaba la piel cuando evocaba a la diva quien, a pesar de ser desconocida, de súbito se sentara sobre él, carne contra carne. ¡Así de sorprendente sería en el futuro! ¿No demostró igual arrojo al deslizar su prenda en una piscina? Constantemente se decía: Ángel, esta mujer te hace perder los papeles, debes alejarte de ella. ¡Pero, ahí estaba el detalle, por eso él la quería hasta que la transpiración le invadiera! En la noche después del aniversario, seguramente él se habría dejado vencer en la letrina, en el pasadizo del hostal, en algún rincón oscuro o en la terraza, porque había luna llena, como en la noche anterior. Era, pues, un juguete en las manos de esa mujer, que tiene domesticado, inclusive a los guardias.
Ángel se felicitaba por tener una pareja que reaccionaba con dureza al primer nombre que no fuera el suyo; pues, a diferencia de Rosa, otras mujeres sí, dejaban que el marido hablara con toda libertad en sus sueños. Varias veces había despertado al primer sopado cuando hablaba dormido sobre lo ocurrido en la comisaría, de donde, Susana se esfumara sin dejar huellas luego de contagiar su enfermedad a los policías.
Amelia y Ángel fueron una pareja muy singular. Ella se olvidaba de sus golpes, y él, de sus parches en la cabeza. Esto ocurría los días viernes u otra fecha especial en que estallaban con anatemas, lisuras y todo.
-¿Por qué planchas tus ropas o por qué tanto perfume? ¿Con qué perra te vas a encontrar?
-¡Pero qué estúpida eres!
-¿Con la perra Elba? ¿Con otra perra?
-¡Voy a trabajar, desquiciada!
-¿Con la perra con quien conversas en tus sueños?
-¡Tengo una entrevista en el trabajo!
-¿Allí trabaja la perra?
-¿Y tú eres santa?
-¿Ya ves cómo eres, perro maldito?
-¿A veces no regresas con la concha floja o con el culo amoratado?, ¿o no me llamas por teléfono de la cama del loco Raúl?
Entonces empezaba el escándalo que culminaba con la estampida mutua hasta entrada la noche, en que ellos coincidían disimuladamente en un conocido restaurante.
-A ver, amor, ¿qué deseas servirte?
-¡Pollito!
-¡Señor, dos cuartitos de pollo, por favor!
Así de rara les era la vida. Ahora él se encuentra en el hospital. ¿Quién conoce el porvenir? Años atrás, su mejor amigo, que saliera a la calle a buscar trabajo, fue hallado en la morgue, después que el carro en que viajaba colisionara contra un camión mal estacionado en una calle céntrica de Chimbote. ¿Pero Ángel moriría? Imposible, porque, años atrás, al extender su mano, se había emocionado mucho cuando una gitana le pronosticó que viviría más que sus abuelos, quienes habían muerto en presencia de los invitados, mientras celebraban el 75 aniversario de su boda. Y eso conocía Amelia, pues, para salir de sus dudas, en una ocasión atentó contra Ángel con hartas dosis de tóxicos. Y Ángel no murió ni siquiera cuando sus rivales lo precipitaron de la casa donde Elba y Rosa compartían un cuarto.
En el hospital, pensaba en Rosa, su pareja de muy agradable voz, rescatada de la calle, adonde fuera por razones económicas y no por aberrada, como murmuraba la gente. La evocaba coqueta y sensual, con su vestido transparente, pecho contra pecho y nariz contra nariz a la hora del verso y del piropo.
-Te voy a contar mi sueño pero júrame que dirás la verdad y sólo la verdad.
-¡Lo juro!
-Pero antes dime, ¿con quién estuviste el miércoles mientras yo hacía mercado?Entonces Ángel perdía el aire, como si un buen puñetazo le hubiere caído en el estómago.-¿Ya ves? Me traicionaste. Ya no es necesario contarte todo. Muy seguidito me soñé con gatos, cuchillos y también con una culebra gris que entraba y salía de un orificio. Y eso es traición, Ángel, además, algunas veces regresas a casa como limón exprimido. ¿No es cierto? Yo no soy como tú. Me lastimas cuando piensas que me estoy acostando con Roberto, aunque muy bien quisieras que lo haga para agarrártela a su mujer. Tienes la mente sucia como todo hombre. Debes confiar en mí, y si digo que soy más rata que tú, es sólo un decir.
¿Pero si Rosa estuviese en la noche de las bombardas? Es más rata que yo, ¿no es cierto? Si no me encuentra en el colegio, pensará que me escapé con Amelia y entonces será capaz de cometer cualquier locura. Estoy advertido. Cualquier mujer, menos Amelia.
Ángel se torturaba imaginándola reclinada en un poste, escondida en algún lugar oscuro, entregándole dinero a algún desconocido que sabe espiar al infiel o, sólo en vestido, reprimiendo el placer delirante que asciende desde sus tobillos en contacto con los labios que hacen perder el control a la mujer. La imaginaba apoyada en la ventana, charlando con las vecinas que ya no son interesantes para sus maridos o con las que llegan al clímax sólo por la zona que el clero tiene prohibido. De súbito se le erizan los pelos. Sí, el mundo da vueltas y es cierto el ojo por ojo, diente por diente. ¿Y ahora? ¿Le estará pagando con la misma moneda? Y con singular martirio evoca el pasaje más inconfesable de su vida: años atrás, sus labios recorrían hacia arriba debajo de la falda de Rosa, mientras ella, apoyada en la ventana, recibía, también con singular morbo, el beso volado de su amor Jorge, desde un parque.
¡No! ¡Qué vergüenza! ¿Estará en pantalones o en falda? ¡No! ¡Me la pagará! ¿Más rata que yo no? ¡Eso lo veremos! No le diré nada a Rosa. ¡A ella no! Por la cólera podría retornar al antro y yo no sabría qué explicarle a su hijo, el Ratita. ¡A Jorge, sí! De haber ido al colegio, seguro que Rosa estuvo en la casa de él. Jorge es el único que sigue ocupando un cuarto en la construcción donde Rosa y yo éramos inquilinos. Es la única vivienda que colinda con el plantel y sólo Jorge podría estar debajo de la falda de Rosa, mientras ella simula buscarme con la mirada desde el segundo piso. Apenas salga de alta, lo abordaré sin palabras de por medio. Él fue quien la rescató de la calle y siempre que toma suele decir: ¡pericote viejo no olvida su hueco! Lo asiré de los hombros y lo derribaré de un cabezazo, diciéndole: ¿qué hacía Rosa en tu cuarto la noche de las bombardas? Y dejaré de golpearlo sólo si interviniere Elba. Todavía quedan cenizas. ¡Carne es carne!
-¿Puede decirnos alguna palabra, señor?
Ha amanecido. Ya es un nuevo día y Ángel todavía yace en la cama del hospital. Las aves cantan en los árboles cubiertos por densas nieblas del amanecer. Trasciende hasta su lecho el pitar del claxon de los carros y la visita aún ausente sólo añadiría más dolor al que se encuentra soportando. Ya mueve la cabeza y las extremidades y hasta articula con claridad algunos nombres: ¡Mamá! ¡Amelia! ¡Rosa! Llegan a sus oídos voces de despedida, seguidas de algunas palmadas suaves en el hombro.
Ángel deduce que es el cambio de guardia y se deja embargar por una profunda melancolía. Extrañará a la enfermera que lo atendió pero ¿será igual de buena quien la reemplace? Pareciera que la cabeza se le fuera a desprender o que faltaran algunas costillas. Pretendiendo disipar sus penas, sonríe al evocar un pasaje jocoso en su vida. Es su amigo Coqui, que en sueños, sufría por escupir las patas de una cucaracha que se le habían incrustado entre los dientes. Quisiera celebrar con risas las bromas que se gastan los galenos pero logra abstenerse por las punzadas sangrantes que siente en sus carrillos. Ya está pasando la tormenta, enseguida llegará el turno de la calma y paz. Pronto saldrá de alta y partirá brioso como el indio que, poniéndose en pie, emprendió el viaje a su casa después de permanecer privado en el empedrado a falta de un hospital o corazón caritativo, que tuviese un trapo remojado en agua fría para su cabeza, herida por una pedrada.
Ya se siente mucho mejor y sólo está a la espera de la señal del nativo. El indio conversa con doña Dina quien, de conocer la desgracia de su hijo, se haría presente en el hospital para demostrar a los galenos su pericia en el arte de la sanación y la resurrección. Ella cura a la bestia panzada y también a los indios que pierden el sentido en las fiestas por el fragor de la pelea. Si auxilia a las aves y los grillos de cantar malagueño, ¿cómo descuidaría a su indio mal trajeado en este monstruo de ciudad? Postergando a sus animales y el espantajo, untaría con cebo de gallina o enjundia de cuy las heridas de su hijo. Pero en casos de algún malestar, Rosa y Amelia no tratan a Ángel como doña Dina. Ellas, valiéndose de la yema de sus dedos, cada quien busca erizarle la piel para constatar si, en verdad, Ángel está enfermo o se hace el cojudo, después de haberse revolcado con otra.
La enfermera, que acaba de llegar, pareciera que fuera una de sus alumnas pero podría ser solamente una semejanza. Para salir de sus dudas, retendrá la mirada en ella y le buscará la conversación.
Echa la mirada a sus pertenencias y ve que sus ropas están empiladas pero falta el bolso. Piensa que podría estar en el quiosco adonde recuerda haberlo arrojado al empezar la bronca, o quizá en manos de algún delincuente. No sabe si estará en sus bolsillos el dinero que gastaría con Amelia. De no estar, ¿habrían sido las manos en el nosocomio? Evoca su adolescencia en un hospital pintado de verde. Con frutas, medicinas, ¡cuánta gente se aglomeraba en los días de visita! En una oportunidad de ese entonces, tuvo que regresar a casa con el dinero en el bolsillo porque el monto que entregara al paciente en la semana anterior, se había extraviado del cajón de la mesa.
Enfermera y paciente se sonríen. Ángel piensa que la señorita no tiene cara de pilla.
-¿Usted apellida Condori?
-No, señor.
-Gracias.
Ángel reflexiona sobre el modo en que sobrevivió al delirio y las bocanadas de vapor candente. Pálidamente recuerda que un ser con astas y rabo, atormentándolo, le echaba mantas de ceniza encendida. Ángel no halló ningún trapo remojado o agua fría, que le ayude a lidiar contra el fuego abrasador del infierno. Después de analizar lo sucedido, concluye agradeciendo al Invisible y al nativo que le ayudaron a lidiar contra la muerte. En seguida comparará sus visiones con las de Beatriz sobre el hombre de la letrina.
En ayunas, religiosamente, el hombre de la letrina bebía chorros de líquido púrpura; en la cena, degustaba, entre sonrisas sarcásticas, tajadas de mejilla asada y guisados de bíceps. Cuidando ser observado, vertía en los desayunos algunas dosis de orina y, en los guisados por servir, esparcía polvos fecales, provenientes del frasco escondido en un lugar, que sólo él conocía.Ángel será considerado un pobre desquiciado y adjetivado de la peor manera. ¡Pero qué importa! Apenas salga, abriendo su boca, así por así, informará, de oreja en oreja, lo que vio en visión mientras languidecía.
Ubicado en el círculo rojo de su manta blanca, el hombre de la letrina solía huir hacia la alcantarilla para esconderse de sus captores.
-Usted se parece mucho a una chica llamada Beatriz Condori.
-Mi apellido es Palma.
-¡Ah! ¡Ya!
Y suspende la conversación porque acaba de recordar que el sujeto de la letrina también tenía domesticadas a infinitas cantidades de ratas y cucarachas.
-¿No es esto cosa de locos?
-¿Decía algo?
Cierra los ojos y deja que aparezcan en su memoria nuevos segmentos. Desde el cielo ennegrecido, se precipitaba rumbo al vacío sin final, cual objeto puntiagudo y, con el corazón a punto de estallar; otra vez empezaba a ascender hasta las estrellas y, vuelta, a descender; vez tras vez, seguiría ese rumbo por tiempo indefinido. En el último vertical descenso, no cayó en las aguas del mar, como tenía previsto, sino en un acantilado solitario e ignoto. Ángel se asombra al evocar que, tras aterrizar con los brazos en cruz, se vio parado en una senda, que era el punto de partida hacia sus tres lugares preferidos. Viendo que una de las vías iba a su pueblo, se encaminó por ella mientras contemplaba con curiosidad una extraña pata con sus dos crías paseando por la orilla de una acequia. Él piensa: ¡cuánta diferencia existe entre el lugar soñado y el de la vida real! También aparecía próximo a él, una extraña ave con plumaje verde, patas de saltamonte, el pico larguísimo y el cuerpo, liso como la calabaza. Alzándola en brazos, quiso llevársela a la fuerza pero se vio obligado a liberarla porque el ave se puso a gemir con voz de niño. Pensó: ¡qué curioso!, ¿los plumíferos no pían o graznan o cacarean?, este tiene voz humana. A pesar de haber recuperado la libertad, el ave seguía gimiendo y el sonido de su llanto rebotaba en los cerros. En la senda solitaria y pedregosa, inerte por el gemido indescriptible que se producía aproximadamente a una legua de distancia de su casa, Ángel resistía la mirada de multitud de rocas. ¿Qué era aquello? De súbito, se puso a gritar a viva voz: ¡perdóname, niño! Cesó el llanto pero, también, con la misma apareció esculpido en el tronco de un maguey la imagen del niño. Era un rostro ya viejo, maltrecho y de color verde; pero algo llamativo: ¡miraba como alguien que está enfermo por el maltrato sufrido y no, como el sujeto que sonreía en lo hondo de la letrina!
-¿Usted qué sentiría si tuviera una hermana que posee el don de ver visiones?
-¿Por qué me lo pregunta?
-¡Pura curiosidad!
Ángel sonríe y haciendo memoria descubre las semejanzas que existen entre la visión de Beatriz y la de él. ¿Pero su visión lindaba con algo premonitorio? Él conocía en la vida real al sujeto ese; si en algún momento metió la mano en la letrina, lo había hecho con la intención de rescatarlo de ese mundo irrespirable y si el sujeto no se dejó agarrar habría sido porque temía acabar en las manos de la policía por ladrón o tener coito con alguna cucaracha con pezones y escroto: ¡seres de su escolta, que protegían la capa blanca rectangular, en cuyo centro aparecía la imagen del sol, bañada en sangre! ¡Adiós tesoro, adiós fortuna, porque el hombre, con todo ello, se ha zambullido en la letrina!
Recordó que corría en zigzag por el jirón Camaná, temiendo ser absorbido por la alcantarilla, en caso de abrirse el concreto. Surge más gente visionaria, más Beatrices. ¡Miles! ¡Millones! Se ha cumplido el temor del sujeto. Fue sorprendido copulando con una rata y ahora ya no será visto por estos lugares. Ha huido en pos de la riqueza mal habida, al amparo de la capa blanca que se transformó en pájaro volador.
Retrocediendo en el tiempo, Ángel sonríe; también la enfermera. Aparece en su pensamiento el mozuelo que ganó la apuesta de un sol por besar la llaga de un gato y el trasero de un perro. Y de súbito, la sonrisa se le va, se le escarapela la piel; adiós, buen humor y bienvenidos, el conflicto y la crisis del alma. Se le erizan los pelos y bien quisiera morirse o mandarse matar. ¿Qué? ¿Él no es materialista convicto y confeso? ¿Qué demonios acaba de estallar en su cabeza? Dos días atrás, se ve ingresando solo en su centro de trabajo, todo normal pero sudoroso. No había nada nuevo bajo el sol, salvo el mensaje que llegara a recibir, a las trece horas, a la entrada del plantel, donde se detuvo para intercambiar saludos con su alumna Beatriz, quien, termina el diálogo con voz firme y decidida: Profesor, mañana a esta hora tenga mucho cuidado.
Etiquetas: Cuentos
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