Olger Melgarejo

16 enero 2007

Buen viaje

¿Lejos de este paraje habrá otro amanecer tan inspirador, Mardonio? ¿Qué tan distante estarán los pueblos donde abundan el bullicio, insomnio y los malos pensamientos? Hecha la comparación, esta madrugada que encabrita el corazón y hace feliz a uno, es más divina a cuantos amaneceres tuve.

¡Escucha! Para las orejas como decía el maestro Celso. Sin igual el toq, toq musical de sapos; el chullulluk rítmico de los grillos y también, la helada punzante que penetra en este recinto tibio y enhollinado. ¿No es cierto? ¡Ah! ¡Qué maravilla, Mardonio! ¡Gracias, gracias, Invisible! ¿No te parece algo mágico todo esto? El mago es el ser Invisible, el Espíritu Eterno que regala alas y patas a su creación en este ande que sacia su sed sólo cuando al cielo se le ocurre llover.

No olvides que el Espíritu Eterno se transforma en anciano haraposo y también, en chiuchi, que canta por un céntimo o algo de comer. Allá en tu nueva tierra embuché de pan y agua a niños hambrientos y también a viejos enclenques; pero, viéndolo bien, esos eran muy diferentes al anciano de nuestra quebrada, a quien, a propósito, un día atendí con mucha emoción cuando lo encontré clamando por un mendrugo de pan, sabiendo que tal alimento en esta tierra es considerado manjar en comparación a nuestro polvillo de cebada, que combina a las maravillas con la leche humeante.

¿Quieres un caldito con queso o de papitas con kushuru? Muy bien, papitas con quesito fresco. Mientras estuviste bajo mi amparo, era tu platillo preferido.

Me felicito por portarme bien con el anciano. Apenas lo vi apoyado en su bastón, sentándolo en tu pellejo de chiuchi, desollé un cordero y le preparé una buena fritanga. Hasta le serví chicharrón con mote, olvidando que la carne de marrano no era parte de su dieta. A poco tiempo mis ovejas y mis cuyes se multiplicaron. En tu nueva tierra no sucedió ningún milagro parecido; pero, sí, jamás faltó en la cocina aceite y algo de comer a pesar de que volvías del trabajo sin paga en el bolsillo.

El Espíritu Eterno es un interminable buche en el que está embolsado el pobre mundo, que es apenas un lunarcito en este vacío donde la gente buena, mala y hasta los satanes respiran chorros de aire puro. ¿Recuerdas? El cura Popish qué bien daba su sermón contra Satán: cuidado con obrar mal, queridas ovejas, porque el demonio anda suelto con ganas de fondear al malhechor en las llamas del hades. Después de la misa, doña Juana vio en visión a Juan, el bebedor, achicharrándose en el fuego eterno por comprar alcohol con la plata que había robado del tarro de la patrona Carmelita.

Nosotros nos hallamos fondeados en este lugar llamado Tsururuk. Este nombre se le debería a los primeros viajeros que echaron raíces en esta pendiente después de presenciar el vuelo de competencia de un cerro a otro, entre la raposa, con sus alas de lapa y el cóndor, el señor de las cumbres.

Poco importa el incesante frío, si está de por medio la lumbre de la luna y las estrellas. Iluminado el paraje, salen los zorrinos haciendo música con sus garras en torno a uno que finge estar muerto en los hombros de sus cuatro cargantes. Es la hora de los grillos que, aprovechando la oscuridad iluminada, se relajan de espaldas en el camellón, el cual, durante el día, es lugar peligroso por la presencia de emplumados que buscan impertérritos a bichos tragables. Es la hora de los sapos acostumbrados a roer las patas de indefensos espantajos, sabedores de que estos, por tener la cintura rígida, no pueden doblarse. ¿Qué más? Pasaré por alto a todo ser nocturno, entre ellos a la lechuza y, un poco, al búho plateado en el follaje. ¡Tucúuuu! Melodía fúnebre que derriba a los ociosos que vagan en noches de luna desafiando a la mujer desnuda quien, de acuerdo a la historia, atrayendo al hombre mediante su sin par encanto, le da muerte con sus garras en los recovecos de nuestra quebrada.

A ver, haz memoria. Años atrás, mientras hacíamos fogata en una noche de luna, de modo imprevisto, de pronto, todos nosotros nos pusimos a reprender así por así, con la convicción de que el extraño espantajo que cayera en la espalda encorvada de tu padre era obra del espíritu malo; sino, ¿cómo se explica que un espantajo raro pueda volar kilómetros desde su chacra hasta nosotros? Como dice tu maestro Celso: para los brujos. Pensamos que el espantajo provenía de los sembríos aledaños a nuestra provincia, porque, en esta quebrada, nadie viste con ropas de calle a su muñeco de chacra. Nosotros creímos que eso sería señal de algún luto y, vaya, se cumplió, pues, al cabo de un día, llegó la noticia de que don Armando había perdido la vida en uno de los pavimentos de tu nueva tierra. ¿Recuerdas? Miedoso, tú, de puro susto te orinaste en tu pantalón de bayeta y habrías seguido sentado en tu humedad si no te levantaba el aleccionador fuetazo de tu padre; pero, personalmente para mi mal, pues, trepándote al árbol más frondoso, bajaste a beber tu leche, recién ordeñada, sólo después de constatar, desde tu altura, la distancia que había entre ti y tu señor padre, camino a la sementera. ¡Que la prudencia gobierne tu vida, Mardonio, y deja de jugar con fuego!

Abriendo bien los oídos escucharás el espulgarse de las aves y los amores del gallo sobre las gallinas. Un aletazo, después otro y así. ¿Oyes? En este momento, el gallo se apresta a hinchar el buche y a desplegar sus alas sobre la espalda plana de su ponedora. ¡Escucha, Mardonio! ¡Qué garganta, la del músico! Ese canto se compararía sólo con el silbido perpetuo del ichu.Haz memoria de nuestra estancia en la jalca, Mardonio. Las riñas eran fugaces y muy agradables, la paz que respirábamos, sentados al fogón, al momento de sorber la leche hirviente y de salivar el polvillo de la cebada. ¡Ah! ¡La machka!, ¡la machka! Era helada y nutritiva. La puna aún late en mi pecho, cual daga que punza sobre una herida recién abierta. ¿Cómo podría olvidar las feroces peleas con la raposa y nuestras huidas a las cuevas, por la granizada? Las huesudas articulaciones parecían caerse en pedazos y me dolía tu gemido, al verme insuficiente para proteger tu carita del intenso frío.

¡Ah! ¿Aún recuerdas mi inesperado ingreso en la cueva? ¡Muy bien! ¡Tienes buena memoria! Por la oscuridad, me refugié en ella y lo hice a sabiendas de la historia que cuenta sobre el féretro que se aparece en horas de la noche. A decir verdad, no logré ver en el camino oscuro a ningún cura oficiando la misa; ni a ataúd alguno, entre cirios, para morirme de la impresión como le ocurría a otros caminantes. Entrando en la cueva pasé la noche como si nada, porque en ese paraje no existe otro lugar que dé abrigo al extraviado. Antes de morir mi padre me dijo: no temas acurrucarte en esa cueva encantada. Eso hice en esa noche; me sentí protegida y abrigada junto al altar que se encendió apenas di el primer paso dentro de la cueva y estuve segura, feliz, a diferencia de las muchachas que, en otras historias, cayendo a tierra, morían echando espumarajos como consecuencia de haber visto figuras de pericotes y otros animales larguiruchos en las llamas del altar que ardía.

¡Lucha, Mardonio, donde estés, lucha! Pelea en las tierras que pertenecieron a quienes sabían cortar las rocas como si fueran quesos. Aprovecha la luz artificial como lo hiciste con el mechero. No desperdicies la oscuridad para afirmar en la cabeza de tu pareja de lecho lo que nos diferencia de otros pueblos. Flauta en boca, tócale nuestra música. Mantén siempre bañadito a tu hijo y fajado con un wachuku, como el que sirvió para tu enderezamiento. Que tu hijo, sin ayuda, aprenda a sacar leche de los pezones de la mujer extraña. Susurra al oído de tu pareja las historias que te hicieron feliz. Cuéntale que, próximo a tu casa, en una cascada, hay una aldea debajo del agua, donde viven hombres rubios y pequeños. Escúchame, ella se sensibilizará y querrá saber más sobre los diminutos hombres que hacen música con sus tambores hasta que las mujeres terminen de lavar sus ropas en las aguas que se agitan muy débilmente en el techo de la aldea sumergida. En un principio seguramente dudará y hasta pensará escapar con otro, creyéndote loco por eso de las marcas que atesoras en el pecho. Pero tú le dirás que ellas son a causa de los mordiscos y rasguños de los hombrecillos que ahora forman parte de tu historia. Arqueando los ojos, en señal de admiración, le contarás que una parte de tu niñez transcurrió en la profundidad del remanso, donde viven los hombrecillos de cabellera dorada. Entonces, tomará interés por la historia de los seres húmedos y, con toda seguridad, se interesará por nuestra tierra, para revolcarse en el ichu que silba sin comparación. Se alegrará en exceso por la melodía verde y viviente de las alturas que entra hasta por los poros en el punzante frío. Como nuestras mujeres, se despojará de sus prendas sobre la cima abandonada donde no hay temor de sentir placer con las polleras a la cintura. ¡Imponte como hombre! Hazlo con tus manos a su cabellera y tu jadeo a su oreja. Poco a poco querrá tenerte hasta sentirse jalca, ichu o hembra del asno pensativo.

¡Ah, pukyu! En mi ira, intenté rellenarlo de piedras por la mala pasada que me hizo. Yo te controlaba desde la cocina. Entraste en el corral, llevando en tu mano sal para las ovejas. Jugando próximo al dormidero de los animales te perdiste. Entonces, desde la cocina grité tu nombre y, en vez de respuesta, sentí una punzada de mal augurio. Te busqué en el corral y sus alrededores; también agité las aguas quietas del pukyu y no te encontré. De hoyada en hoyada, vagué acompañada por los perros husmeadores. Como los pajaritos, dejando su cumbre, el cóndor también vino a darme la mano. Son testigos la luna, las estrellas y el sueño que, antes de partir, me dijo: mañana regresaré por si acaso; si te encuentro lista, dormirás en mis brazos; no te preocupes, a tu chiuchi, también, lo tendré en vela. El Invisible bendiga a todos ellos, menos a la raposa que me robó un cordero sin decirme a cambio ninguna novedad. Pero la buena nueva estaba por llegar, pues, en el amanecer del nuevo día, sacando agua del pukyu, sentí un peso que me escarapeló la piel; y qué gran felicidad invadió mi corazón al verte salir casi sin aliento en los pulmones y con tus deditos prendidos en el borde del balde. Aún no era tu hora, Mardonio. ¡Escucha! ¡Qué melodía! A esto, el maestro de la escuela le llama concierto. ¡Qué será concierto! Yo me rehúso a tararear esa música, pues, mi garganta ya está más que porosa como para imitar la voz del cantante. Cuando niña, yo entonaba nuestra música hasta dormida. La voz me salía algo así como el piiiiik, pik, pik, pik, pik, pik, de las perdices. Con todo, mi melodía sería pésima, comparada con la voz del emplumado que ahora te está deseando lo mejor mediante su voz sonora. ¡Gózala, Mardonio, gózala! Jamás escucharás otra tonada, más embrujadora que ésta. Así vibraba la quena herida de don Fidel. ¿Lo recuerdas? Las reses dejaban de pastar; los duendes, sus cobijas acuosas y las jovencitas sentían indicios de comezón. Ahora ve y mira al flautista. Su mujer es más bonita que la del mismo cura.

¡Qué silencio musicalizado en esta noche vestida de plata! ¡Escucha la mixtura de sentimientos! ¡Dicha y congoja! Al cantante le debe estar doliendo mucho el corazón. ¿Quién dijo eso? ¿César Vallejo? ¿Y quién fue él? ¿Entonces los poetas hablan lindo? ¿Escribirían letras para nuestra música? ¡César Vallejo! ¡Bonito nombre! Si mi nieto fuera varón llámalo algo así. No le pongas Piter porque lo van a comparar con el peluquero de Aija. Piter es un fuereño y habla rapidito, como la gente de tu nueva tierra.

¡Ajá! ¡Ya recuerdo dónde escuché lo que dijo don César! Fue en el morir de una tarde, cuando caminaba toda vivaracha, hilado en manos, buscando a los cerdos que demoraban en regresar. Mientras el sol de la tarde pintaba de amarillo la cima de las cumbres, escuché una voz como de trueno chiquito; salía del silencio del salón oscuro y sin puerta. Adentro había muchos ojos redondeados y bocas abiertas: ¡Debe dolerle mucho el corazón! Eso dijo el maestro y yo que entiendo tu segunda lengua, me lo grabé; también, este otro: ¡hay soledad en el hogar y no hay noticias de los hijos, hoy! Gracias por visitarnos, Mardonio.

Cuando el corazón vibra, las palabras fluyen solas. Tu niñez transcurrió mientras corríamos, lengua afuera, tras el rebaño o rastreando las huellas de alguna oveja extraviada. Qué bien soñábamos bajo el techo de ichus, que descansaba sobre una roca y una pirca pétrea. ¿Qué nombre tiene la tsuklla en tu nueva lengua? ¡Choza es palabra conocida! ¡Ahí está! Esa me faltaba escuchar. Repítela otra vez. ¡Bohío! ¡Bohío! ¡Suena lindo! Entonces, ¿tsuklla no sería una linda palabra como para ser nombre de una de mis nietas?

Aún continúan la pirca y la roca pero ya desaparecieron los ichus enhollinados. El suelo en que dormíamos es tierra de hierbas silvestres y tarántulas que amenazan con su ponzoña. Triste muy triste cuando uno retorna a la jalca. ¡Qué será de las cenizas en el fogón y qué del estiércol de los animales en el dormidero! Sólo se encuentran en pie las piedras que servían de sostén a las ennegrecidas ollas en hervor. ¿Ves? Me vencen las lágrimas cuando evoco todo eso y también al cóndor, que guiaba a las nubes cargadas de aguacero. Ahora, la pirca enmohecida sólo sirve de cagadero a las aves que pían sin cesar con el pico alzado.

¡Muy bien! Dejaré de ofertar la propiedad verde y solitaria; también la cocina en que estamos charlando. ¿Pero no volverás a llevarme a tu nueva tierra, verdad? ¿Con quién charlaría en tu arenal cuando salgas a trabajar o qué comeríamos si regresaras sin paga un fin de semana? ¿Qué alimento daría de comer a los chiuchis o a los viejos enclenques? Aquí, en mi quebrada, al menos sonrío al contemplar la gracia que hacen los hombrecillos rubios cuando se disputan un pedazo de fritanga o un trago de leche humeante. Y mientras siembro más granos para las aves que trinan en mis hombros, permaneceré silenciosa para imaginar cómo sería un pueblo sin su último habitante. ¡Qué gusto de dormir sobre pellejos, despreciando el colchón que te compré!Hay un puente muy extenso desde la jalca hasta este fogón doloroso. ¡Qué habría sido de nosotros sin la mano del Invisible, que sabe poner paz en los corazones! ¡Esa es la parte mielada! Recordarás al varón de levita luminosa que, en las noches, velaba a la entrada de nuestra choza. Mes tras mes y año tras año, caminábamos al amparo de su presencia. Hiciste mal en soltarte de quien te ayudó a arrinconar almas en pena y a reprender al espíritu malo. ¡Regresa! ¿Cómo puedes ser ingrato con el Invisible que nos extendió su diestra? ¿Por qué tomar distancia de quien nos ayudó a llegar con precisión hasta las fauces de la raposa, donde berreaba el cordero por su vida? ¡Ay, mi dulce tormento, qué pecho punzará por ti cuando me muera!

Aunque sola, en épocas de aguacero contemplo el modo en que la pastora hace huir al arcoíris con sólo abrir las piernas. Mal tiempo, mal tiempo. Debiste regresar a tu tierra en la época de lluvias para que veas a quien no le es necesario aflojar la vejiga para hacerle correr al arcoíris. ¡Qué rica china! ¿No? A ver imagina a cualquier fuereña imitando a la pastora. En el mejor de los casos, la fuereña, por lo mucho, correría su cierre; pero dudaría en bajar sus pantalones para mearle al arcoíris. Y, mientras, en un ¡zas! el fenómeno de la naturaleza caería sobre ella. Entonces, ¿quién firmaría la partida del niño de siete colores?

Acaricio y adiestro al cernícalo que suspende la caza para airearme y cuidar la carne, mientras atizo el fogón. Preparo a mi cuy silbador, que compite con los gallos en dar la hora. ¿Oíste? Desde el chiquero: wich, wich, wich, wich, casi muy junto a los emplumados. Las cuatro de la mañana, hora de comunicarse con el Invisible, que será tu compañero de viaje. Estoy dedicando parte de mi tiempo a nuestro Orofino, que a diario se supera imitando al ser humano. ¿Has visto alguna vez un perro así? Él extiende la mano en señal de saludo. Mejor que el gracioso, divierte a los escasos chiuchis, que van a la escuela. El maestro Celso me dijo: dame el perro y llévate tres becerros; pero al ver mi cara, sombrero en mano, me pidió las disculpas del caso. ¿Cómo iba a entregarle mi perro, que pronto será como la gente? Él andará como nosotros. Ya lo está consiguiendo. Lo noto en sus ensayos. ¿Se habrá visto alguna vez un perro que camina una legua en dos patas? Admirando a Orofino, los oledores a licor han dejado de pelear; los zorrinos a hacerse heridas; hasta el último puma ha preferido suicidarse para no seguir causando lágrimas al pastor. Pero un día me porté muy mal con Orofino. ¿Hallaré el remedio que silencie a esta conciencia acusadora? A diario retumba en mis oídos su aullido perpetuo. Sé que él ya me perdonó pero eso de nada sirve porque sigo atormentada. Sea de día, sea de noche, en mi mente aparece la imagen de Orofino, que se niega a recoger la mano a pesar del brutal castigo que le propino. Todos los días él y yo nos estrechábamos las manos a las seis en punto. En la mañana del castigo, bien pudo haberse quedado donde estaba hasta recuperar su libertad pero había venido a cumplir su deber de saludarme. Cuando abrí la puerta, lo vi con la mano extendida; pero culo contra culo, con Loba, la perra de don Lucio. Entonces perdí el juicio y Orofino habría muerto. Se salvó por el oportuno e invisible palmazo, que reventó en mis mejillas.

Ya hablas como fuereño y tu aliento ha perdido su olor a aderezo natural pero hiciste bien en trotar en esta semana al ritmo de tu padre con el poncho a la bandolera y sandalia en los pies. En antaño, yo imploraba al cielo con las manos juntas al verte sonreír empañalado, prendido de la res que echaba sutiles coces cada que sentía el ardor de tus pellizcos en su ubre. Ahora, ¡que te vaya bien!, ¡que te vaya bien!; ¡pero, cuidado, Mardonio! ¡Cabalga bien porque esta bestia sí te puede botar al suelo! Adiós, adiós, que te vaya bien, hijo. Siempre te encomendaré al Invisible para que todo te salga bien; también el emplumado te desea buen viaje. ¡Escucha, mi hijo, una vez más su pronunciación y su sin igual melodía!

¡Buen viaaajeeeeeeeeeee!

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Edmundo

-Una gran pérdida, Milita, una lástima, un inmenso dolor. Vine a acompañarte en esta hora tan difícil para ti. Recibe pues el sentido pésame de toda mi familia, aunque no, de Jorge, porque, como tú sabes, él ya me dejó y seguramente volverá sólo si le fuere mal con la mujer que le calentó la cabeza. Mis taitas me dijeron: Rebeca, Catalina, hay luto en la casa de Mila. Acabo de sentir las señales. Sólo ustedes vayan a acompañarla y díganle que nos perdone, que nosotros no podemos ir porque mucho nos agobia la vejez, que nuestras piernas ya no resisten a nuestro peso, ni nuestras posaderas el lomo de bestia. Díganle todo eso. Ya no llores, Milita, taita Dios sabe qué quería de Edmundo.

-Gracias, Rebequita. Que el Invisible los colme de bendiciones y les aumente más años de vida. Me equivoqué al pensar que debido a la distancia recién vendrían mañana al amanecer; pero esa mala idea duró sólo un soplo y nada más, porque, de pronto, por el sentido de yapa que tenemos las mujeres, malicié que ustedes estaban ya en camino y que pronto estarían haciéndome la compañía. Gracias al cielo, acaban de llegar sin novedad a pesar de los peligros de la noche, sobre todo en ese lugar muy peligroso, que queda próximo al puente.

-¡Ah! Pero perdóname, Milita. Mis taitas te envían algo de comer para la gente. ¡Qué cabeza, la mía, para olvidar el encargo! ¡Serán los nervios! ¡Dios mío! Esta bolsita contiene arroz; esta otra, cuy pelado y esta última, mote. Traje también velas y café, Milita.

-¡Qué molestia, Rebequita!

-¡Ay, qué barbaridad! No digas eso, Milita, antes bien, acompáñame al féretro. Quiero elevar al Invisible una plegaria por el alma de Edmundito.

¡Pero parece que estuviera vivo, Milita! ¡Santo cielo! ¡Míralo! ¡Parece que sólo está durmiendo! ¡Qué igualito se ve! Sus ojitos abultados y sus mejillas también. Su carita más hinchada de lo normal, como si estuviera contenida de palabras, por decir.

-Don Celso también dijo algo así, Rebequita. Este muchacho tenía un mensaje y se murió así y ahora qué será de nosotros. Así diciendo, en el patio, me habló al oído, hasta convencerme de que en la boca de mi Edmundo se habrían quedado retenidas sus últimas palabras. Quizá estuvo a punto de decirme: te amo mucho o perdóname, mamá; o no sé. Tomemos asiento. Estarás cansada, Rebequita.

-En estos casos el cansancio desaparece, Milita, además, el Invisible estuvo en todo momento juntito a nosotras.

-El sentido de yapa que tenemos las mujeres me hizo temer que vaya a pasarles algo feo en ese lugar, próximo al puente.

-Pero todo ya pasó. Ahora ya estamos en casa, Milita. Además, lo malo sucede sólo cuando a uno ya le llegó su hora.

-Apenas presentí que ya habían emprendido la caminata se me dio por tiritar y a hablar por hablar: Escuché una voz: ¡reza para que lleguen sin novedad! Entonces se me volvió a escarapelar la piel; por eso, saliendo con disimulo al patio, le lloré mucho al Invisible para que las proteja en este viaje largo y peligroso.

-Sí, Milita, hubo problemas, pero salimos airosas. ¿No es cierto, Catalina?
Catalina movió la cabeza de arriba abajo.

-Yo, en visión, las vi en la carretera, casi pegaditas, dando pasos en la oscuridad y, luego, agarrando el camino de herradura.

-La mala noticia nos llegó extrañamente a la hora en que las almas que viven desparramadas en mi chacra se desperezaban al pie de los árboles, como todos los días, avistando a gentes asustadizas para corretearlas por todo el campo y rematarlas de una vez. Creí estar volviéndome loca al escuchar voces que entraban en mi cocina: ¡hay luto en la casa de Mila! La voz un tanto gangosa me llegó mientras hacía mis cosas y, por el susto, bien hubiera caído muerta en el acto. Por eso, dejando a un lado las ollas y el aderezo, me apresuré al patio, un poco temerosa de que el forastero que estaba sirviéndose un calentadito en el corredor fuera a forzarme como el perverso que me embarazó cuando apenas tenía quince años. ¡Ay, Milita, tan impresionada habría quedado que, al segundo anuncio, caí sentada sobre el perro que aullaba sin control al ver a un hombre emponchado que cabalgaba con una cabeza entre sus manos! Mi pobre Catalina se orinó de puro susto y ¿quién no, ah? Y así, con todo, vino a mi lado porque, atando cabos, pensamos que algo muy malo pasaba en esta casa porque, según dijo, una gran tristeza le había invadido cuando de pronto pensó en su Edmundo a la hora en que tendía ropas lavadas. Dice que vio cómo los perros aullaban en coro a las diez de la mañana mirando al auto de don Alichu, que corría en dirección a la Merced.

-Cuando presentí que salían, algo me pasó, y con el pensamiento ordené a los perros que vinieran con ustedes.

-¿Qué dices?

-Ustedes querían venir solas y por eso lanzaron piedras a los perros, pensando que ellos serían una vergüenza en casa ajena por tener la pésima costumbre de forzar a toda perra que se les cruce en el camino. Casi fuera de mí, yo les susurraba a las orejas: ¡sigan, sigan!

-Y fuimos vencidas. Nuestros brazos se cansaron de tirar piedras contra estos odiosos que nos protegieron mucho aunque ahora, como ves, para mi vergüenza, tienen arrimada contra la pared a esa pobre perra, sin considerar siquiera las enormes tetas que cuelgan de sus barrigas.-Ya llegada la noche, de sopetón la gente perdió el habla y movimiento, como si las bocas y cuerpos obedeciesen la orden de un ser superior. Quienes se acercaron al féretro a encender velas, se quedaron de una pieza, como la mujer que se transformó en estatua de sal. ¡Silencio total! Un silencio que abrazó a los presentes. ¡Entonces, volví a verlas caminando en la oscuridad! Y también escuché a Edmundo, pidiéndome orar por ustedes, que necesitaban ayuda: ¡algo malo pasa en el puente! Escuchando eso, Dios mío, creyendo que había resucitado, corrí hacia el ataúd con la idea de darle una ayudadita mientras la gente siguiera con su parálisis. No me creerás, Rebequita, pero era para reírse olvidando el dolor y todo. Unos dormían con la taza de café en las manos; otros, con el fósforo encendido al cigarro y otro más gracioso, prendiendo un cirio.

-¡Santo cielo, Milita! ¿Todos paralizados?

-¡Sí! Pero yo me desesperé cuando se me vino a la cabeza la desgracia del pobre Juan.
¿Recuerdas lo que le pasó? Dije en mi corazón: no vaya a ser un caso muy parecido al del gringo que murió en el mercado. Tú y yo sabemos que tal hombre, después de desplomarse al empedrado, fue llevado de emergencia al hospital, donde los galenos comunicaron su muerte. Y nadie, ni siquiera los parientes, presagió que al cabo de unos días resucitaría en el cementerio. Recordando eso dije: yo no quiero que se diga que Edmundo está dando voces en el cementerio.

-¡Santo cielo!

-Entonces, dejando a los hombres paralizados, regresé al patio porque escuché otro llamado. Esta vez, sí, clarito era la voz de mi Edmundo: ¡mamá, concéntrate en el camino! Al hacerlo, vi que Catalina estaba parada sobre la piedra resbaladiza en el charco próximo al puente. ¡Gracias al Invisible! Una rama la salvó de caer al fango, donde se estaría preparando la mano más temible, la mano enguantada. ¿No es cierto, Catalina?

Catalina asintió con la cabeza y pareció revivir en sus piernas la comezón que sintió cuando se paró sobre la piedra resbaladiza.

-¡Gracias por socorrernos, Milita, gracias! Yo también en cada trastabillar sentía una mano en mis brazos, en el pañolón y hasta en los tobillos. Vine, como nunca, con la mente puesta en ti, que, en horas de meditación, expandes tus energías de auxilio por el mundo. ¡Pero es una lástima que no hayas podido con Edmundo!

-¡Lástima, Rebequita, lástima! A veces en la vida real, soy cobarde, sobre todo si se tratara de cruzar a solas el camino encharcado, próximo al puente. Es un miedo que me acompaña seguramente desde el vientre de mi madre. Recuerdo que a las orillas del río que baja de la Merced mi mamita le decía a mi taita: de una vez le haré dormir a la niña antes de que se le ocurra estarse con los ojos paralizados mirando al charco. Para entonces, ellos se divertían en las aguas del río, mientras yo, chupón en boca, buscaba sueño, entre mis dos perros que sabían cuidarme bajo la sombra de un coposo arbusto. Qué cantidad de veces me habré orinado en la espalda emponchada de mi taita cuando cruzaba el fango, donde la mano del finado Cayo, según la historia, fuete en mano, salta hacia arriba para empuñar piernas y nalgas, no importando la edad de la caminante.

-¿Cómo son las cosas, no? Al cruzar el charco, también sentí muy claro a mi Edmundito. Su ángel y su compañía invisible me dieron seguridad. Me cuesta creer que esté muerto por lo bueno que era y porque ya iba a ser mi yerno. ¡Linda pareja hacía con mi Catita, aunque sea a la distancia! Por ejemplo, con voz media gangosa, resbaladiza, hizo que el puente se afirmara para que nosotras pasemos sin problemas.

-Cuando uno vive con la conciencia tranquila, todo le sale bien. Los pies pisan sobre tierra firme y sienten placer como si estuviesen sobre la alfombra. El alma reposa feliz, confiada, en casos de desgracia para volar al infinito por encima de los eucaliptos, como segura estoy de que eso haya ocurrido con Edmundo.

-¡Ah! Debe ser cierto el gozo de elevarse entre las nubes. Una vez muerta, bien, cuánto quisiera detenerme un instante en la fronda de los árboles y pasar mi mano de despedida, sobre el plumaje de los pichones como le dije al cura en el confesionario. Miedoso era el cura, ¿no es cierto? Un día estuvo a punto de desmayarse al escuchar la voz del alma juguetona: ¿qué tal me queda tu sotana?

-Seguramente por eso no vino esta noche; pero mañana, sí, estará aquí.

-Sí, pues. ¿Pero recuerdas que el chiuchi, disfrazado de alma lo iba a matar de la impresión?

-¡Qué será del chiuchi burlón! ¡Padre, un alma se está peinando en tu espejo! Eso no más dijo una mañana y el hombre de Dios cayó a tierra. Y por poco quedamos sin cura. ¡Cuánto reímos! ¿No es cierto? Yo, antes, más que ahora, le tenía miedo a la oscuridad. Por eso, me dejaba agarrar por mi Santiago también, sólo con un mechero de por medio para estar convencida de que el que me hacía todo era el hombre que se murió, apenas Edmundo cumpliera seis años. ¡No le eches ojo a un hombre de edad, Catalina! A lo más tendrás bienes si lo tuviere; pero enviudarás joven como yo.

Catalina sólo atinó a bajar la mirada y retener las lágrimas estrechando bien los párpados, que ya estaban más que lastimados de tanto dejar pasar el llanto desde las diez de la mañana, a causa del hombre que indebidamente ahora yacía en el ataúd, cuando la fecha del matrimonio era asunto de sólo tener paciencia. ¿Para qué abrir la boca? Ahora que ella se sentía deshecha, ¿qué sentido tenía una palabra suya para algún oyente? Mientras se hacía una mirada introspectiva, le asaltó con mucha fuerza la idea de ser una señorita proporcionada, aunque de carácter silvestre si se tratara de defenderse de toda incursión masculina, incluido su Edmundo, quien en la última cita fue echado a empellones, por provocarle comezones con la clara intención de hacerle romper su juramento de llegar virgen al matrimonio. Presa de remordimiento, en voz baja dijo para sí: ¡por qué carajo me quedé intacta...!

-¿Qué dijiste?

Catalina movió la cabeza en señal de negación y volvió a agacharse para, de ese modo, aquietar a sus pechos, que daban la sensación de estar evocando su primer alboroto en contacto con los labios ahora inertes.

-Mi abuela Jesús un día me advirtió: ¡oye, Mila, ten mucho cuidado con el camino encharcado! Si calculando vieras que por allí te ha de sorprender la noche, sería mejor, en esos casos, que busques hospicio en alguna casa o te quedes en la plaza de Aija o en el peor de los casos, donde tu tía Alberta. Aunque criticona, en casa de ella, estarás lejos de todo peligro. Y yo preferí la plaza para divertirme viendo danzar a los fiesteros. En esa noche conocí al hombre que me dejó joven en esta tierra. ¡Ay! Mi abuela Jesús pasó a mejor vida del modo más inesperado. Siempre que hago memoria de ella, la recuerdo con su carita feliz y sus mejillitas ahuecadas.

-El día de su muerte, tu abuela, emparejándome a su burro, me rogó que fuera a la Merced a comprar víveres. Y yo le dije: ¡tiacita, para qué tantas cosas de comer!, ¡qué sucede!, ¡quién se va a casar! O si pusiera una tienda, quién le compraría una onza de arroz en esta quebrada. Y entre broma y broma, ambas reímos. Después me respondió: ¡sí, me casaré dentro de un rato! Le dije: ¿con quién? y me respondió que lo haría con Arturo. Entonces reímos, mejilla contra mejilla, imaginando lo accidentado que sería la primera noche entre una anciana de 80 años con el muchacho que había jurado resistirse a toda mujer, hasta el día de su matrimonio.

-¿Qué no sucede en la vida, no?

-¡En esta noche dolorosa, distraigamos las penas de algún modo, Milita! ¿No te parece? Como te seguía contando, cuando conversaba con la abuelita, escuché a mis espaldas a alguien que decía muy suave: ¡cabalga en el burro y vete!, ¡Jesús tiene que prepararse! La voz sonaba a conocida pero un poco gangosa. Y la tía Jesús me dijo: ¿oíste? Sí, le respondí muy asustada y pálida ya, porque, a decir verdad, estábamos sólo nosotras. Casi trastabillando me hice a un lado y ella empezó a charlar a solas: ¡A ver, Arturo, tráeme agua y echa carbón en la plancha, quiero estar limpia y elegante para cuando me lleves al altar! Tomando valentía abrí bien los ojos para ver si era Arturo el hombre que recibía órdenes; y, ¡oh, misterio!, efectivamente era su voz pero sin cuerpo; planchaba a un metro de la tierra las ropas que, después, servirían de mortaja, mientras, la tía Jesús, cruzando los labios con su dedo índice, me infundió tranquilidad y, también, me ordenó que diera aviso sólo la verdad para que no se diga por allí que alguien la mató. Terminado el mensaje, un hombre, vestido de mantel blanco, echando mano a sus narices, partió con su alma por encima de los eucaliptos y la tía Jesús cayó al suelo muerta sin Arturo ni nadie. De inmediato el burro empezó a rebuznar en el patio, como apurándome para que partiéramos la carrera hacia la Merced.

-¿Qué cosas, no, Rebequita?

-¿Ves? Hechos por demás coincidentes han ocurrido y ninguno de nosotros le dio importancia. Al menos los hombres.

-¡Para qué tomar en cuenta a esos inútiles! ¡No son hábiles como nosotras!

-¿Crees que Edmundo pudo haberse salvado?

-¡Ya, no!

-Me atrevería a pensar que Edmundo pudo haber estado vivo todavía.

-Ya era muy difícil.

-¿Cómo así?

-Cuando Edmundo se enfermó, ocultó sus males al médico. ¡Quizá por la vergüenza! Dicen que sus palabras fueron: doctor, yo sé qué enfermedad tengo; sobre todo, quiero que sepa que mi hora ha llegado y ya no me revise. Dicen que con la misma partió a la agencia a comprar su pasaje de regreso.

-¿Su hora dices?

-¡Su hora, Rebeca! Desde que nació, espiritualmente siempre estuve junto a él, día y noche. Me importaba su alma y no, lo terrenal. Hasta sabía a qué casas iba. Una noche, en Huaraz, cerrando los ojos, lo vi en visión junto a unos amigos, entrando en una casa de mujeres de boca pintada. Entonces, les guiñé el ojo a los muchachos que ocioseaban por ahí. Ellos le salieron al frente y no quise seguir viendo más. De regreso a casa, Edmundo me encontró sentada sobre mi pellejo. Le dije: allí tienes llantén y agua tibia; ¡cúrate! Seguramente allí se contagió con la enfermedad y habría muerto de flaco si él mismo no le pedía al Invisible que lo recoja de esta tierra. En la visión siguiente, ya lo noté enfermito, y, de por sí, comprendí que su hora había empezado.-Catalina dice que hoy, a las diez de la mañana, mientras ella tendía la ropa, oyó la voz de Edmundo: ¡Catita, no vayas a llorar!, ¡no he nacido para ti!, ¡tú serás esposa de un hombre bueno! Dice que al voltear ella iba a enloquecer al ver en un auto que corría con locura a la finada Jesús haciendo adiós con las manos y, muy juntito a ella, un espíritu blanco que ascendía con la anciana por encima de los eucaliptos.

-¿Ves? Él salió vivo de Huaraz y se murió en Aija, cuando el carro pasaba a las diez de la mañana por tu casa. ¡Ay, Catalina, ahora sabes que el espíritu que ascendía al cielo era de tu Edmundo!

-Mira quién viene, Rebequita. Es mi ultimito. Ojalá de grande sea como el finado. A ver, hijo, saluda primero a doña Rebeca. Taita Dios nos puede castigar si dejamos de prestar atención a los mayores. Muy bien. Sírvete café, Rebequita. Así, así, antes que se enfríe. Si sabe mal, auméntale azuquítar. De estar con vida mi Edmundo, él mismo te habría servido. Ambas hemos perdido; pero yo, más. Él era mi sostén. Todo lo dejó en casa y jamás deseó algo para sí mismo. Sin mi Edmundo, ¡qué habría sido de mí, Rebequita! Si faltaba dinero para sus útiles, se levantaba muy temprano y se iba camino del puente Calicanto a comprar alfalfa para revenderla. De ese modo se ayudaba en la escuela de Huaraz. Sus amigos siempre lo buscaban y por ellos sé que era muy aplicadito en sus estudios. ¡Cuán feliz dizque se sentía mi maltón con sus éxitos! ¿Libros? ¡Qué libros habrá leído, pues! Siempre me escribía; precisamente cuando leía su última carta, sentí un escalofrío muy raro. Me pregunté: ¿qué puede ser? Me pareció sentir el último abrazo de Edmundo y comprendí una vez más que eran las señales de su hora. ¡Me culpo de esta muerte por no mantenerme en vela por él!

-Una semana antes de la llegada de Edmundo, la Virgen -Ave María Purísima, cada que me acuerdo me hago la señal de la cruz- me reveló la desgracia mediante grillos.

-Igual ocurrió con nosotros, Rebequita.

-¿Mediante grillos también?

-Algo más, con la gallina y culebra, de yapa.

-¡Santo cielo! En el cuarto de Catalina, madre mía, cómo lloraba el grillo. Como una loca, retirando las cosas, eché agua caliente en todos los huecos, creyendo que el alma de Catalina se nos iría por encima de los eucaliptos. Cuando ya estaba por venir a ti, para pedirte que le escribieras a Edmundo sobre el peligro que le esperaba a su prometida, el chullulluk del grillo me devolvió y me tuvo entre el cuarto y la cocina, acarreando mucha agua hervida.

-En esta mañana mi ultimito salió de la cocina con el grito en su garganta: ¡culebra!, ¡culebra! ¿Dónde? le pregunté. ¡En la cocina! me contestó. De inmediato corrí a la casa de doña Ñasha. La encontré de rodillas ante el altar del Patrón San Santiago: ¡Muerte, Milita, muerte! Eso me dijo y, de inmediato, al décimo canto de la perdiz, la gallina negra cantó mirando al cementerio.

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Mañana a esta hora

A diario le recitaba versos en el momento propicio, que podía ser mientras su pareja tarareaba una canción o se subía el vestido en el inodoro maniáticamente desinfectado o al sellarse los labios al momento de la separación. Hombre y mujer, suspirando nariz contra nariz y vientre contra vientre.

Una madrugada, Ángel fue recibido por Rosa de la peor manera. Fuese un palo, una escoba, un zapato o cualquier objeto impactaba contra él, que, en su turbación, sólo atinaba a amortiguar los golpes. De un puntapié, el dinero bien habido salió desparramado de sus manos y los labios, que a diario lo recibían con dulzura, proferían sólo improperios.

Si Rosa buscaba ser agredida, Ángel no pisaría el palito. Sería un buen pretexto para que ella hiciera de las suyas lejos de él y quién sabe si regresaría a casa sana y salva. Eso no convenía a ninguno de los dos. Entonces, Ángel decidió apelar al recurso, que muchas veces le había dado buenos resultados; en caso contrario, buscaría entrar en paz para obtener datos sobre el hombre con quien quiere salir y por quien Rosa ya estaría sintiendo un singular deseo. Pero eso sería después de la noche de las bombardas.

Reaccionando con rapidez, hizo un movimiento de brazos, de tal modo que Rosa, al sentirse de espaldas e invertida de cuerpo, no tuvo otra opción más que recurrir a sus pies que golpeaban muy duro en el rostro, si quería impedir que los labios continuasen hormigueando en cada espacio sensitivo de su piel. Entre golpes y caricias, cayeron violentamente en la cama y de allí, al piso, donde Ángel, pidió tregua, no por el chorro ácido que ingresaba en su boca, sino para no ser comidilla de los moradores de la quinta, donde se comentaba el mínimo chirrido de catres y muebles.

Con el verso y piropo entre los labios se dirigió muy compungido hacia el mueble a recibir el nuevo día. Si bien mantuvo cerrados los ojos, su mente era un escenario en el que lidiaban los pensamientos buenos y malos. Pensaba: ¡de quién te enamoraste, cholito! Horas antes se habían despedido de lo mejor, nariz contra nariz, haciéndose ojitos y él, deseándole dulces sueños. ¿Alguna otra cosa, aparte del deseo de salir con alguien, le ocurriría a Rosa en las horas en que estuvieron separados? Ella no pudo haberse enterado de los planes de Ángel, los que entrarían en ejecución después de las bombardas porque, durante el lío, ella no había pronunciado para nada el nombre que la sacaba de sus casillas. Cantó un gallo, luego otros más. Ángel no pudo conciliar sueño. Cuando recién dormitaba, se despertó luego que estallara en su mejilla una sonora cachetada: ¡a trabajar, vago de mierda!; ¡son las diez de la mañana!

Mentira. Apenas era las siete. Dándole la espalda, cerró los ojos con la intención de seguir reposando porque el sueño, con toda seguridad, ya no regresaría por la andanada de hechos imaginarios que estaba tomando posesión de su mente. Pensó: ¡no es la primera vez! Y se le vino a la memoria las repetidas ocasiones en que Rosa se ponía a transpirar cuando en la conversación insinuaba a Ángel sobre la posibilidad de salir a un lugar paradisíaco a beber con Miriam y su pareja: ¿pero si en la reunión molestara a la vecina Miriam, tú cederías ante la insinuación de su hombre? El silencio lo decía todo. Estrechando las piernas y transformada en criatura a quien hay que complacerla, se perdía en sus cavilaciones donde, seguramente, algún hombre estaba haciendo de las suyas con ella. Cuánto habría pagado Ángel por conocer el pensamiento de su amada, un escenario adonde se presentaba con frecuencia el cuadro que viera en su temprana edad: en el mueble de la sala un hombre semidesnudo sobre la sirvienta. ¡Su padre! Con todo, Ángel la amaba y ese amor se incrementaba a más infidelidades, por lo que, sin pensarlo, se sintió envuelto en el mundo de Rosa, a quien desde ese lugar pretendía ayudarla a olvidar sus desviaciones y sus adjetivos de siempre: ¡serrano, maricón, aprista!

Frustrado y en total estado de confusión, empacó sus cosas, convencido de que su crisis sería olvidada en breve, apenas se dé por iniciada la tan ansiada noche de las bombardas. Cerrando sus oídos a la charla femenina y el alboroto de los niños, con un ademán se despidió de de Rosa; pero siempre pensando en el Ratita, un hermoso niño, que seguramente a esa hora estaría rezando por su madre, sin imaginar que ella se encontraba apurando el encuentro con el hombre que vive a dos casas de la suya. Mientras cerraba la puerta, Ángel experimentó una repentina y morbosa emoción. Imaginó a Rosa: coqueta, sensual, con su vestido transparente, intentando atraer la atención de Roberto, el vecino rudo que vive a dos casas y quien, en sus madrugadas, siempre brama en simultáneo con Miriam, la mujer de gemido fino.

Caminando por la calle, Ángel se sentía un hombre irreconocible, con unas ansias locas de golpear a cualquiera que se le cruzara en el camino. No estaba ebrio, ni nada por el estilo. La razón fundamental de su crisis radicaba en él, sobre todo, cuando imaginaba a Rosa caminando adrede en el pasillo de la quinta, donde se reponía en un mueble el ebrio Roberto que, en estado de etílico, suele extender la mano hacia la desnudez femenina. Le preocupaba en exceso la cita pactada para después de las bombardas y el sueño que fuera interrumpido a causa del sopapo.En la lava dorada del mediodía, sombras con figuras de monstruos, de espíritus en vuelo, espectros adheridos a las aceras, paredes y al andar cadencioso de alguna dama. Una voz interior resonó en sus oídos: ¡si tú también estás con ganas!, ¡vuelve a la quinta para que tomen acuerdo con Rosa sobre la fecha en que saldrán a beber los cuatro! ¿Te parece?

Al momento en que recibió el sopapo de Rosa, en sueños, Ángel llevaba una botella de cerveza por abrir. Cual desapercibido transeúnte o cual robot desprovisto de la facultad de beber y razonar, se vio descendiendo entre caminantes fantasmagóricos, por una calle muy conocida para él. De súbito, se sintió mordiscando la botella, vez tras vez, descuidando que el vidrio astillado le destroce las encías y los labios; pero, ¡oh misterio!, no sentía dolor en la boca ni en el estómago, tampoco percibió indicio alguno de sangre en los labios. Pensó mientras caminaba: ¡qué loco!, ¡pero si me lastimaba!, ¿qué significa todo esto?, ¡qué alivio!, ¡fue sólo un sueño! Y volvió a estremecerse al evocar la manera como tragó cuatro veces el vidrio triturado, de modo que al momento en que recibió el sopapo de Rosa, le restaba masticar y tragar sólo media botella.

Ya en el paradero, Ángel abordó el carro que le hacía experimentar sensaciones de suspenso y al que raramente sube un hombre de mal vivir; pero, como se dice, por lo que le estaba ocurriendo en ese día, tenía la impresión de haberse levantado con el pie izquierdo, sino ¿cómo explicar el problema surgido con Rosa en las primeras horas del nuevo día? A eso se incrementaba el hecho indignante de que, ya en el carro, frente a él, un sujeto se aprestaba a tomar ubicación detrás de una joven, quien, por lo visto, olvidando el equipaje que llevaba sobre la espalda, más estaba concentrada en trasmitir su historia a otra jovencita, la que, a cada rato, le hacía suspender el hilo de la narración con preguntas como: ¿pero es churro?, ¿sabe que sales con otro?

Ángel creía que la ausencia de solidaridad era condenable porque el poblador en las grandes urbes ya estaba acostumbrado al hábito de ver y dejar pasar los hechos aunque la víctima fuese un ciudadano de la tercera edad. Así, no valía la pena comprarse líos, teniendo en cuenta que el solidario podría terminar muy mal por meter las narices en problemas ajenos. Entonces, había argumentos, más que suficientes, para hacerse el insensible como el resto de los pasajeros o el cobrador del micro, que prefería dar voces en los paraderos: ¡Lima!, ¡Bolognesi!, ¡Arica!, ¡Venezuela!, ¡San Marcos!

Miró de reojo a los pasajeros y no halló a uno solo que compartiese su fastidio. ¡No!, ¡Nada de nada! Cada cual se encontraba en lo suyo. Unos miraban a un lado o al otro; otros, se hacían los dormidos. Pero Ángel no sería uno más del montón. ¡Él, ya no! Había salido con todas las ganas de pelear. Y decidió entrar, como se dice, en el ojo de la tormenta. Ya lo había hecho anteriormente contra dos sujetos de mal vivir y también contra un hampón que manoseó a una señora con el silencio cómplice del cobrador.

Evocó un hecho ocurrido en una fría mañana de su pueblo: A toda velocidad, dos criollos huían con el dinero que le hurtaron a una humilde vivandera. A diferencia de lo que ocurría en las grandes urbes, en ese entonces, la gente se había solidarizado con la mujer. El primero en correr con la anciana quechua hablante fue el viejo enclenque que solía tomar los rayos del sol a la entrada del mercado. También Ángel corrió para emular a un jovencito que, en actitud valerosa, se arrojó a los pies de los truhanes. Aún subyace en su memoria las calles empedradas en que fueron apaleados los ladronzuelos.

Entre el pasado y el presente, Ángel olvidó el cansancio por el que tomara el carro más vacío. ¡Adiós pesadez! ¡Adiós modorra! La noche anterior había trabajado con la mototaxi hasta la madrugada para financiar los gastos de Rosa y las cervezas que bebería con Amelia. Olvidó por completo los temas de su preocupación: el sueño, en el que se veía masticando una botella; a Rosa, quien aún seguiría charlando en la casa de Roberto y, también, la cita que se produciría en la noche de las bombardas.

Comparándose con el sujeto que estaba metiendo las manos en la mochila de la narradora de historias, concluyó en que el ladronzuelo era pura presencia y que sus facciones finas desaparecerían por completo de un solo puñetazo; al menos, ese era el mensaje que recibía del hombre que había tomado posesión de Ángel: un nativo, que adhería la carne descolgada a su dedo gordo.

Como hormigas apocalípticas, infinitos seres invisibles se incrustaban en su piel. ¡Qué gran cambio!, ¡qué gran transformación! Por la palma de sus manos, por su escroto tembloroso, por sus sienes, por sus papilas ingresaban los escozores que le sumaban más rabia a su rabia contenida. Su cavidad bucal empezó a saber a coca, requesón, aderezo natural. Por sus poros parecían salir el sudor de quien barbecha la tierra de sol a sol: un personaje a quien, siendo niño, le cantaba a todo pulmón en las festividades escolares: “tu risa oiré y feliz serás y feliz seré”. Escuchando un susurro en quechua, lo tradujo: Ángel, ¡tú ya no eres macho!; otro, en español: reflexiona, podrías fracasar en esta empresa ajena a tus intereses; ¿de qué modo serías ayudado por tus extremidades que perdieron su dureza ya hace mucho tiempo?; ahora es el aniversario de tu centro educativo; de llegar maltrecho, darías pie a que los maestros y quienes te conocen especulen negativamente sobre ti; no creerían tu versión; los alumnos lo llevarían a la chanza, a la broma; estás solo.

Más pudo el espíritu nativo que habló por su boca: ¡puta madre!, expresión que formaba parte del léxico de Ángel sólo en circunstancias extremas como la que estaba presenciando con ojos de hombre rústico.

Tras la exclamación, mirando con disimulo, las jóvenes tomaron distancia del sujeto, quien, al verse descubierto, bajando el brazo, giró la cabeza con ira hacia el lugar de donde procedía la voz. Momento de silencio, del auscultarse el uno al otro. Ángel dejó de ser objeto de miradas. El precio de tal imprudencia tendría su costo y él era consciente de ello desde el momento en que constatara que el sujeto de vestir elegante estaba acompañado y, algo más, dio a entender que continuaría en el carro hasta donde Ángel bajase.

Ángel fue rodeado en el Óvalo de Santa Anita en el preciso momento en que se habría paso para cortar la distancia que había entre él y la agencia bancaria, vigilada por dos policías. Sobre un taxi, un puesto de frutas, sobre el tumulto en griterío, multiplicándose en gran manera, Ángel se defendía y repelía el ataque con la ferocidad de quien labra la tierra, pulveriza rocas o controla reses que huyen en estampida por la presencia de las aves rapaces que suelen destripar a sus presas en plena carrera.

Era consciente de que sus fuerzas estaban flaqueando y que, para poner a cualquiera de sus agresores en manos de la policía, sólo debía organizar su defensa y rematar al más debilitado, en este caso, el sujeto de buena presencia que, caído, daba la impresión de estar languideciendo en el concreto. Ángel cayó de bruces por el impacto de un objeto contundente en su cabeza. Sintió a la gavilla sobre él, como aves rapaces que se disputan una presa. ¡Golpes de puntapié, a lo criminal! ¡Pero cuándo no, las mujeres! En grupo chillaron para que la paliza cesara. La sangre tibia borbotaba a chorros. Descendía por su nuca como infinitos hilillos candentes y, cuando el piso ya era un charco rojizo contra su pecho, se repuso con la desesperación del condenado al asociar el hecho con un incidente similar que le ocurriera en su quebrada. A causa de la sangre que fluía de su nariz, había peleado golpe contra golpe sin requerir ningún objeto contundente. Si el hermano mayor de su rival no intervino, habría sido porque el tío de Ángel, arado en hombros, accidentalmente pasaba muy cerca de los peleantes. Ven, she, vamos a contar lo sapos que hemos chapado en el estanque. Ven, ayúdanos a amarrarlos de dos en dos, como a las yuntas. ¿Quieres, she? Tentado por la noticia, Ángel había entrado en casa ajena sin sospechar que, de buenas y primeras, recibiría un trompón en la nariz, mientras sonreía al palpar la piel resbaladiza de los renacuajos.

Derribado por segunda vez, sintió que sus brazos flaqueaban y que sus piernas no daban más. A cada puntapié, su cabeza era una esfera productora de infinitas estrellas en un firmamento doloroso y púrpura. El grito salvador de las mujeres acababa de cesar pero Ángel ya descendía de bruces a un abismo oscuro, en el que moriría de infarto antes de hallar fondo si no intervenía alguna mano salvadora. Al toparse con la parca, notó que esta al verlo en tal estado, se lamía los labios mientras le alisaba el cabello y le tocaba el pulso. Un nativo muy recio abría la boca para lanzar la noticia de que Ángel daba manotazos de ahogado en una avalancha de muerte. Y en seguida: un moribundo trino de aves, un débil canto de mal augurio, un tañido tenue de campana lejana, sendas solitarias amuralladas por pencas; uno a uno, los perros de su niñez emergieron de las raíces de un árbol frondoso, de debajo de las piedras y de las chacras en verdor; saltando cual grillos, se le agolparon; y también resucitaron doña Jacinta y doña Isidora, quienes hacían prodigios con las hojas de las hierbas.

-¿Qué está diciendo?, ¿sí?, ¿quiere darnos un mensaje? Creo que todavía hay una pizca de vida en este hombre. ¡Pobre piltrafa! No hagan ruido.

Una hilacha de aliento visita a Ángel. Adquiere cuerpo y se moviliza, vigorosa, en la cocina enhollinada, donde su alma agonizante se recupera bajo la asistencia de un nativo emponchado. Hay mutismo en la emergencia del hospital. Ayes y quejidos de gentes adoloridas. Un hombre de piel trigueña yace desfigurado entre otros, que reciben líquido y respiran sólo mediante sondas. Los ángeles y la parca se disputan a las almas, las cuales dudan si optar por la escalera, que desciende a la cabecera del agónico, o permanecer un tiempo más en los cuerpos a punto de expirar. A diferencia de los otros, Ángel percibe las palabras del galeno. Estas salen en orden, una tras otra, como la sucesión de burros en apretada senda. Son voces de su segunda lengua, las que él aprendió bajo un techo que la comunidad le prestara al Gobierno para que en él funcione la escuela. Las palabras se desplazan con la velocidad de un globo y se esfuman lentamente en la bóveda lisa y blanca de una construcción elegante. ¡Las lee en el aire! Primero reconoce la expresión: ya; después, son las cinco de la tarde. Al final de la cadena hablada, la secuencia ondulante: te encuentras en el hospital.

A la cocina enhollinada llegaron jadeantes sus perros, con la lengua a sus heridas. Recibe un chorro de orina caprina y tras ello, un indio extiende su poncho habano sobre él, que ya se encuentra inhalando el vigor de los cerros, hálito de fértiles tierras y también, recibiendo frotaciones con hierbas calentadas en el tiesto. Las hojas, en manos de doña Jacinta e Isidora, se transforman en savias. Sus carnes muertas son vencidas por otras nuevas. Sonríe y piensa: es el olor del caldillo y bien quisiera paladearlo. Confunde a los galenos con los espectros. Piensa: ¡no puede ser! Estos producen ruido al caminar y sus manos son de carne y no, esponjosas. En efecto, no podrían ser, ni siquiera, los fantasmas urbanos, que deambulan en altas horas de la noche, flameando como retazos de tela. Se asusta al ver que su cuerpo se balancea al borde de un abismo. Va de manos con el nativo que, tras susurrarle al oído: “macho, macho”, provoca chasquidos mágicos que le permiten evocar los momentos de su infancia. Se encuentra en el cine. Un indio lo está vigilando desde la cima de una roca. Artista y espectador se reconocen. Ángel se emociona al recibir una flecha de regalo. El indio provoca humo en medio de los arbustos. Los pájaros tosen. Cree que los galenos son los hombres malos de la película y la enfermera, la Muchacha. Ella porta mascarilla. Ángel piensa: la Muchacha está al servicio de los bandidos, yo la salvaré. Se ve saliendo del cine. Él es el Joven y sus camaradas los bandidos. Montado en un palo, persigue a sus enemigos que también huyen en caballos similares hacia el cerro Rataquenua. Saeta en manos salvó a la Muchacha. En la Plaza de armas ha cesado la batalla. Vencedores y vencidos charlan: ¡bien bacán no, she, el Joven se casa con la Muchacha!En el inconsciente de Ángel, el Centro Educativo es una construcción ovoide y gaseosa, lejos del alcance de los pandilleros, a quienes ve atacando al transeúnte con piedras y dagas encendidas. El plantel se bambolea al compás del viento. El señor cura, libro en mano, le lee versos eróticos a la profesora de inglés, que es la novia de un marciano. En la Dirección del plantel, otro habitante de Marte, tras intercambiar palabras de saludo con la autoridad, bebe, a grandes sorbos, tazas de chilcano, mientras su esposa da de lactar, de sus pezones plata, a su prole fulgurosa. ¡Qué lástima! Don Osiris se encuentra en serios aprietos; mejor no debió asistir a la noche de las bombardas: lleva la cabeza debajo de su cintura; el trasero, sobre el cuello; las manos, en las nalgas y está a punto de quedarse sin la única escarapela que le cubre los genitales. Las mariposas, en torpe vuelo, se estrellan contra la dentadura de las gentes. Una mosca acaba de zambullirse en el plato de sopa del Director. El personal directivo y los profesores participan de una competencia sin precedentes. En la reunión programada, los varones se flagelan con sus penes y las mujeres, valiéndose de sus garras, se lastiman el rostro y las nalgas. Ningún profesor se salva de las mentadas de madre, ni de la amenaza de clavarse chinches en el trasero. Algunos alumnos se desplazan hacia un salón a beber la cerveza que le hurtaran al desprevenido y otros, descienden al arenal a encerrarse en los servicios higiénicos. Confundida en el grupo, se encuentra la joven amiga del alcalde quien, en estado etílico, acaba de retar a Amelia a participar en el concurso de quién orina más lejos.

-¿Y Amelia?

El nativo sonríe.Amelia y Ángel habían convenido en encontrarse en la noche de las bombardas, del toro loco y la quema de castillos. Habían pensado hacer del encuentro, el mejor de cuantos tuvieron, sea a la sombra de los arbustos, en la soledad de un lecho a media luz o como el día que se conocieron en un ómnibus que cubría la ruta Lima-Ricardo Palma. Ella ebria y él, también, en el atardecer de un jueves sombrío del mes de junio. ¿Cómo sucedió, ojos de capulí? Se le erizaba la piel cuando evocaba a la diva quien, a pesar de ser desconocida, de súbito se sentara sobre él, carne contra carne. ¡Así de sorprendente sería en el futuro! ¿No demostró igual arrojo al deslizar su prenda en una piscina? Constantemente se decía: Ángel, esta mujer te hace perder los papeles, debes alejarte de ella. ¡Pero, ahí estaba el detalle, por eso él la quería hasta que la transpiración le invadiera! En la noche después del aniversario, seguramente él se habría dejado vencer en la letrina, en el pasadizo del hostal, en algún rincón oscuro o en la terraza, porque había luna llena, como en la noche anterior. Era, pues, un juguete en las manos de esa mujer, que tiene domesticado, inclusive a los guardias.

Ángel se felicitaba por tener una pareja que reaccionaba con dureza al primer nombre que no fuera el suyo; pues, a diferencia de Rosa, otras mujeres sí, dejaban que el marido hablara con toda libertad en sus sueños. Varias veces había despertado al primer sopado cuando hablaba dormido sobre lo ocurrido en la comisaría, de donde, Susana se esfumara sin dejar huellas luego de contagiar su enfermedad a los policías.

Amelia y Ángel fueron una pareja muy singular. Ella se olvidaba de sus golpes, y él, de sus parches en la cabeza. Esto ocurría los días viernes u otra fecha especial en que estallaban con anatemas, lisuras y todo.

-¿Por qué planchas tus ropas o por qué tanto perfume? ¿Con qué perra te vas a encontrar?

-¡Pero qué estúpida eres!

-¿Con la perra Elba? ¿Con otra perra?

-¡Voy a trabajar, desquiciada!

-¿Con la perra con quien conversas en tus sueños?

-¡Tengo una entrevista en el trabajo!

-¿Allí trabaja la perra?

-¿Y tú eres santa?

-¿Ya ves cómo eres, perro maldito?

-¿A veces no regresas con la concha floja o con el culo amoratado?, ¿o no me llamas por teléfono de la cama del loco Raúl?

Entonces empezaba el escándalo que culminaba con la estampida mutua hasta entrada la noche, en que ellos coincidían disimuladamente en un conocido restaurante.

-A ver, amor, ¿qué deseas servirte?

-¡Pollito!

-¡Señor, dos cuartitos de pollo, por favor!

Así de rara les era la vida. Ahora él se encuentra en el hospital. ¿Quién conoce el porvenir? Años atrás, su mejor amigo, que saliera a la calle a buscar trabajo, fue hallado en la morgue, después que el carro en que viajaba colisionara contra un camión mal estacionado en una calle céntrica de Chimbote. ¿Pero Ángel moriría? Imposible, porque, años atrás, al extender su mano, se había emocionado mucho cuando una gitana le pronosticó que viviría más que sus abuelos, quienes habían muerto en presencia de los invitados, mientras celebraban el 75 aniversario de su boda. Y eso conocía Amelia, pues, para salir de sus dudas, en una ocasión atentó contra Ángel con hartas dosis de tóxicos. Y Ángel no murió ni siquiera cuando sus rivales lo precipitaron de la casa donde Elba y Rosa compartían un cuarto.

En el hospital, pensaba en Rosa, su pareja de muy agradable voz, rescatada de la calle, adonde fuera por razones económicas y no por aberrada, como murmuraba la gente. La evocaba coqueta y sensual, con su vestido transparente, pecho contra pecho y nariz contra nariz a la hora del verso y del piropo.

-Te voy a contar mi sueño pero júrame que dirás la verdad y sólo la verdad.

-¡Lo juro!

-Pero antes dime, ¿con quién estuviste el miércoles mientras yo hacía mercado?Entonces Ángel perdía el aire, como si un buen puñetazo le hubiere caído en el estómago.-¿Ya ves? Me traicionaste. Ya no es necesario contarte todo. Muy seguidito me soñé con gatos, cuchillos y también con una culebra gris que entraba y salía de un orificio. Y eso es traición, Ángel, además, algunas veces regresas a casa como limón exprimido. ¿No es cierto? Yo no soy como tú. Me lastimas cuando piensas que me estoy acostando con Roberto, aunque muy bien quisieras que lo haga para agarrártela a su mujer. Tienes la mente sucia como todo hombre. Debes confiar en mí, y si digo que soy más rata que tú, es sólo un decir.

¿Pero si Rosa estuviese en la noche de las bombardas? Es más rata que yo, ¿no es cierto? Si no me encuentra en el colegio, pensará que me escapé con Amelia y entonces será capaz de cometer cualquier locura. Estoy advertido. Cualquier mujer, menos Amelia.

Ángel se torturaba imaginándola reclinada en un poste, escondida en algún lugar oscuro, entregándole dinero a algún desconocido que sabe espiar al infiel o, sólo en vestido, reprimiendo el placer delirante que asciende desde sus tobillos en contacto con los labios que hacen perder el control a la mujer. La imaginaba apoyada en la ventana, charlando con las vecinas que ya no son interesantes para sus maridos o con las que llegan al clímax sólo por la zona que el clero tiene prohibido. De súbito se le erizan los pelos. Sí, el mundo da vueltas y es cierto el ojo por ojo, diente por diente. ¿Y ahora? ¿Le estará pagando con la misma moneda? Y con singular martirio evoca el pasaje más inconfesable de su vida: años atrás, sus labios recorrían hacia arriba debajo de la falda de Rosa, mientras ella, apoyada en la ventana, recibía, también con singular morbo, el beso volado de su amor Jorge, desde un parque.

¡No! ¡Qué vergüenza! ¿Estará en pantalones o en falda? ¡No! ¡Me la pagará! ¿Más rata que yo no? ¡Eso lo veremos! No le diré nada a Rosa. ¡A ella no! Por la cólera podría retornar al antro y yo no sabría qué explicarle a su hijo, el Ratita. ¡A Jorge, sí! De haber ido al colegio, seguro que Rosa estuvo en la casa de él. Jorge es el único que sigue ocupando un cuarto en la construcción donde Rosa y yo éramos inquilinos. Es la única vivienda que colinda con el plantel y sólo Jorge podría estar debajo de la falda de Rosa, mientras ella simula buscarme con la mirada desde el segundo piso. Apenas salga de alta, lo abordaré sin palabras de por medio. Él fue quien la rescató de la calle y siempre que toma suele decir: ¡pericote viejo no olvida su hueco! Lo asiré de los hombros y lo derribaré de un cabezazo, diciéndole: ¿qué hacía Rosa en tu cuarto la noche de las bombardas? Y dejaré de golpearlo sólo si interviniere Elba. Todavía quedan cenizas. ¡Carne es carne!

-¿Puede decirnos alguna palabra, señor?

Ha amanecido. Ya es un nuevo día y Ángel todavía yace en la cama del hospital. Las aves cantan en los árboles cubiertos por densas nieblas del amanecer. Trasciende hasta su lecho el pitar del claxon de los carros y la visita aún ausente sólo añadiría más dolor al que se encuentra soportando. Ya mueve la cabeza y las extremidades y hasta articula con claridad algunos nombres: ¡Mamá! ¡Amelia! ¡Rosa! Llegan a sus oídos voces de despedida, seguidas de algunas palmadas suaves en el hombro.

Ángel deduce que es el cambio de guardia y se deja embargar por una profunda melancolía. Extrañará a la enfermera que lo atendió pero ¿será igual de buena quien la reemplace? Pareciera que la cabeza se le fuera a desprender o que faltaran algunas costillas. Pretendiendo disipar sus penas, sonríe al evocar un pasaje jocoso en su vida. Es su amigo Coqui, que en sueños, sufría por escupir las patas de una cucaracha que se le habían incrustado entre los dientes. Quisiera celebrar con risas las bromas que se gastan los galenos pero logra abstenerse por las punzadas sangrantes que siente en sus carrillos. Ya está pasando la tormenta, enseguida llegará el turno de la calma y paz. Pronto saldrá de alta y partirá brioso como el indio que, poniéndose en pie, emprendió el viaje a su casa después de permanecer privado en el empedrado a falta de un hospital o corazón caritativo, que tuviese un trapo remojado en agua fría para su cabeza, herida por una pedrada.

Ya se siente mucho mejor y sólo está a la espera de la señal del nativo. El indio conversa con doña Dina quien, de conocer la desgracia de su hijo, se haría presente en el hospital para demostrar a los galenos su pericia en el arte de la sanación y la resurrección. Ella cura a la bestia panzada y también a los indios que pierden el sentido en las fiestas por el fragor de la pelea. Si auxilia a las aves y los grillos de cantar malagueño, ¿cómo descuidaría a su indio mal trajeado en este monstruo de ciudad? Postergando a sus animales y el espantajo, untaría con cebo de gallina o enjundia de cuy las heridas de su hijo. Pero en casos de algún malestar, Rosa y Amelia no tratan a Ángel como doña Dina. Ellas, valiéndose de la yema de sus dedos, cada quien busca erizarle la piel para constatar si, en verdad, Ángel está enfermo o se hace el cojudo, después de haberse revolcado con otra.

La enfermera, que acaba de llegar, pareciera que fuera una de sus alumnas pero podría ser solamente una semejanza. Para salir de sus dudas, retendrá la mirada en ella y le buscará la conversación.

Echa la mirada a sus pertenencias y ve que sus ropas están empiladas pero falta el bolso. Piensa que podría estar en el quiosco adonde recuerda haberlo arrojado al empezar la bronca, o quizá en manos de algún delincuente. No sabe si estará en sus bolsillos el dinero que gastaría con Amelia. De no estar, ¿habrían sido las manos en el nosocomio? Evoca su adolescencia en un hospital pintado de verde. Con frutas, medicinas, ¡cuánta gente se aglomeraba en los días de visita! En una oportunidad de ese entonces, tuvo que regresar a casa con el dinero en el bolsillo porque el monto que entregara al paciente en la semana anterior, se había extraviado del cajón de la mesa.

Enfermera y paciente se sonríen. Ángel piensa que la señorita no tiene cara de pilla.

-¿Usted apellida Condori?

-No, señor.

-Gracias.

Ángel reflexiona sobre el modo en que sobrevivió al delirio y las bocanadas de vapor candente. Pálidamente recuerda que un ser con astas y rabo, atormentándolo, le echaba mantas de ceniza encendida. Ángel no halló ningún trapo remojado o agua fría, que le ayude a lidiar contra el fuego abrasador del infierno. Después de analizar lo sucedido, concluye agradeciendo al Invisible y al nativo que le ayudaron a lidiar contra la muerte. En seguida comparará sus visiones con las de Beatriz sobre el hombre de la letrina.

En ayunas, religiosamente, el hombre de la letrina bebía chorros de líquido púrpura; en la cena, degustaba, entre sonrisas sarcásticas, tajadas de mejilla asada y guisados de bíceps. Cuidando ser observado, vertía en los desayunos algunas dosis de orina y, en los guisados por servir, esparcía polvos fecales, provenientes del frasco escondido en un lugar, que sólo él conocía.Ángel será considerado un pobre desquiciado y adjetivado de la peor manera. ¡Pero qué importa! Apenas salga, abriendo su boca, así por así, informará, de oreja en oreja, lo que vio en visión mientras languidecía.

Ubicado en el círculo rojo de su manta blanca, el hombre de la letrina solía huir hacia la alcantarilla para esconderse de sus captores.

-Usted se parece mucho a una chica llamada Beatriz Condori.

-Mi apellido es Palma.

-¡Ah! ¡Ya!

Y suspende la conversación porque acaba de recordar que el sujeto de la letrina también tenía domesticadas a infinitas cantidades de ratas y cucarachas.

-¿No es esto cosa de locos?

-¿Decía algo?

Cierra los ojos y deja que aparezcan en su memoria nuevos segmentos. Desde el cielo ennegrecido, se precipitaba rumbo al vacío sin final, cual objeto puntiagudo y, con el corazón a punto de estallar; otra vez empezaba a ascender hasta las estrellas y, vuelta, a descender; vez tras vez, seguiría ese rumbo por tiempo indefinido. En el último vertical descenso, no cayó en las aguas del mar, como tenía previsto, sino en un acantilado solitario e ignoto. Ángel se asombra al evocar que, tras aterrizar con los brazos en cruz, se vio parado en una senda, que era el punto de partida hacia sus tres lugares preferidos. Viendo que una de las vías iba a su pueblo, se encaminó por ella mientras contemplaba con curiosidad una extraña pata con sus dos crías paseando por la orilla de una acequia. Él piensa: ¡cuánta diferencia existe entre el lugar soñado y el de la vida real! También aparecía próximo a él, una extraña ave con plumaje verde, patas de saltamonte, el pico larguísimo y el cuerpo, liso como la calabaza. Alzándola en brazos, quiso llevársela a la fuerza pero se vio obligado a liberarla porque el ave se puso a gemir con voz de niño. Pensó: ¡qué curioso!, ¿los plumíferos no pían o graznan o cacarean?, este tiene voz humana. A pesar de haber recuperado la libertad, el ave seguía gimiendo y el sonido de su llanto rebotaba en los cerros. En la senda solitaria y pedregosa, inerte por el gemido indescriptible que se producía aproximadamente a una legua de distancia de su casa, Ángel resistía la mirada de multitud de rocas. ¿Qué era aquello? De súbito, se puso a gritar a viva voz: ¡perdóname, niño! Cesó el llanto pero, también, con la misma apareció esculpido en el tronco de un maguey la imagen del niño. Era un rostro ya viejo, maltrecho y de color verde; pero algo llamativo: ¡miraba como alguien que está enfermo por el maltrato sufrido y no, como el sujeto que sonreía en lo hondo de la letrina!

-¿Usted qué sentiría si tuviera una hermana que posee el don de ver visiones?

-¿Por qué me lo pregunta?

-¡Pura curiosidad!

Ángel sonríe y haciendo memoria descubre las semejanzas que existen entre la visión de Beatriz y la de él. ¿Pero su visión lindaba con algo premonitorio? Él conocía en la vida real al sujeto ese; si en algún momento metió la mano en la letrina, lo había hecho con la intención de rescatarlo de ese mundo irrespirable y si el sujeto no se dejó agarrar habría sido porque temía acabar en las manos de la policía por ladrón o tener coito con alguna cucaracha con pezones y escroto: ¡seres de su escolta, que protegían la capa blanca rectangular, en cuyo centro aparecía la imagen del sol, bañada en sangre! ¡Adiós tesoro, adiós fortuna, porque el hombre, con todo ello, se ha zambullido en la letrina!

Recordó que corría en zigzag por el jirón Camaná, temiendo ser absorbido por la alcantarilla, en caso de abrirse el concreto. Surge más gente visionaria, más Beatrices. ¡Miles! ¡Millones! Se ha cumplido el temor del sujeto. Fue sorprendido copulando con una rata y ahora ya no será visto por estos lugares. Ha huido en pos de la riqueza mal habida, al amparo de la capa blanca que se transformó en pájaro volador.

Retrocediendo en el tiempo, Ángel sonríe; también la enfermera. Aparece en su pensamiento el mozuelo que ganó la apuesta de un sol por besar la llaga de un gato y el trasero de un perro. Y de súbito, la sonrisa se le va, se le escarapela la piel; adiós, buen humor y bienvenidos, el conflicto y la crisis del alma. Se le erizan los pelos y bien quisiera morirse o mandarse matar. ¿Qué? ¿Él no es materialista convicto y confeso? ¿Qué demonios acaba de estallar en su cabeza? Dos días atrás, se ve ingresando solo en su centro de trabajo, todo normal pero sudoroso. No había nada nuevo bajo el sol, salvo el mensaje que llegara a recibir, a las trece horas, a la entrada del plantel, donde se detuvo para intercambiar saludos con su alumna Beatriz, quien, termina el diálogo con voz firme y decidida: Profesor, mañana a esta hora tenga mucho cuidado.

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Mentirita nomás

Oye, she, ¿la señorita ha preguntado por mí?

Sí, she, muchas veces y está bien molesta. Al menos cuando pone su cara de cucu es porque va a preguntar por ti. Nosotros también hemos temblado después de escuchar las quejas en tu contra. Hubieras visto, la señorita sacó del salón a tu primo para que lleve a tu taita a la escuela. La señorita dice que tu taita debe saber que te estás haciendo la vaca. Ella a nadie le pone buena cara. Cree que te encubrimos. No sabe que yo solo sé. Creo que ya te jodiste, she. Mejor dile a tu taita. Él, por lo mucho, te pegará como a perro ladrón o quizá, de pena no lo haga. Hay taitas que son buenos. Dile que no has ido a la escuela porque te dolió tu barriga o que te ha llegado la enfermedad contagiosa de tu taita. Él, también, es medio como tú. Yo lo he visto. ¿No me crees? Muchos taitas de la comunidad han ido a la escuela: don Alichu y don Claudio, también. Todos hablaron feo de ti: torciendo sus bocas y moviendo sus manos. Hubieras visto. ¡Qué miedo! En buena hora no fuiste a la escuela porque sino a chicotazos hubieran sacado sangre de tu culo. La señorita se llenó de cólera y gritó con voz de chancho. A tu primo le dijo: ¡de dónde sea tráeme a ese monstruo! Ahora ya no te llaman por tu nombre. Te dicen monstruo. Cuando tu primo regresó solo, lo volvió a botar. No regreses sin el monstruo. Eso le dijo. ¿Qué quiere decir monstruo, ah? Oye, she, mucho me he asustado. Los otros alumnos, también. Agachando su cabeza y tapando sus ojos, la señorita ha dicho que te van a echar muchos chicotazos en tu mano que roba y en tu pipilí que hace pecado. ¿Tu taita no habrá soñado nada feo de lo que te va a pasar? ¿Ni tu mamá? Dijo que te castigarán para escarmiento de todos; y dice, también, delante de la Memoriosita y de la Memoriosa. El lunes dice, después de cantar el Somos libres y seámoslo siempre. Ya te jodiste, she. Mejor busca a la Memoriosa y dile que, por favor, ya no te busque en la escuela.

¡Mentiroso eres! ¿Qué tantos taitas me buscan? Don Alichu sí, está bien, porque le robé una mata de oca. Y la Memoriosa, también; pero nadie más. ¿Crees que soy upa como tú? Quieres asustarme. Vivo eres, ¿no?

No, yo estoy diciendo la verdad, she. La señorita está como una loca. Dejando de hablar de don Simón Bolívar, se ha ocupado de ti. Va, viene, escupe a cada rato, hasta se ha orinado. Todos vimos bajar un chorrito de pichi por sus piernas.

¡Calla, loco sonso, escandaloso!

¡Si estoy mintiendo que me castigue la mamita Rebeca!

¿Ya ves? Estás mintiendo. Y todavía pones cara de serio. ¿Qué mamita Rebeca hay por acá?Una mamita se aparece así nomás, de la noche a la mañana, sino dejaría de ser mamita. Pregúntale al señor cura. Él sabe. Mi boca no habla por gusto. Lo que yo digo se cumple, she. Quizá en otro día la veas talladita en una piedra, grande como una casa. ¿Qué te parece si apostamos? ¡Aytá! ¡Apostemos un lechón!

¡Lechón! ¡Sonso!, ¡cómo vas a apostar un lechón! ¿Qué lechón me vas a pagar, so tramposo? ¿Ya viste que mientes? Mejor apuesta un trompo o diez patadas en el culo; algo que puedas cumplir. ¡Aytá, apostemos diez patadas y un pukash de yapa! ¿Quieres?

¿Y de dónde vas a sacar el pukash?

Mañana matan chancho en mi casa. Entonces recibiré un pukash como siempre, lo inflaré y lo forraré con un trapo para jugar pelota. Eso será para ti si me ganas.

¿Pero si antes la Memoriosa fuese a tu casa? ¿Si la mala noticia llega a tu casa? Tu taita te pegará duro hasta encamarte. Y ¿qué pukash me vas a dar?

¡Tú, apuesta no más, sonso!

¡Listo! ¡Chócale!

¡Ya, chócale! ¿Ya ves? Tienes miedo. Por eso te haces el que quieres chocar y no lo haces. Ya te jodiste. Tú eres pura boca, she. ¡Mentiroso! Hablando mucho crees que me vas a dar miedo. ¡Sí o no! Dices que me van a capar. ¡Sonso! Si algo le pasa a mi pipilí, yo voy a arrancar el tuyo con alicate porque tú también por ahí pecaste. Me vengaré. Eso no olvides.

¿Y por qué a mí?

Porque nosotros dos cometimos el pecado. Tú, antes que yo. Para mi mala suerte, la Memoriosa sólo me vio a mí.

Yo voy a negar todo.

Aunque digas no, tu cara te va a condenar. Te vas a volver rojo como el cuello del pavo. Entonces la señorita va a maliciar. Eso no sabes.

Sí, pero la Memoriosa está a mi favor, te busca a ti y a nadie más. ¡Cómo será cuando te vea! Va a lamer su boca de contenta. Va a danzar de felicidad hasta que el camino se llene de polvareda. Ella, que es seria, sonreirá. ¿Sabes cómo es eso? Ayer me miró y se pasó de frente, mirándome de reojo y nada más. Yo le leí el pensamiento. Ella se quedó con la palabra en la boca. Quizá no lo dijo por temor a que te contara; tal vez, quiera sorprenderte. Seguramente quiso preguntarme por ti. La Memoriosa es mi amiga. Si chocaran conmigo, ella me defenderá y le romperá el espinazo a cualquiera.

¿Quiso hablarte? ¿Leíste su pensamiento? ¡Tú sí que ya eres loco de verdad! La Memoriosa no habla. No piensa, she.

¿Entonces cómo te busca hasta en la escuela? Yo no me equivoco en eso. Ella reconoce bien. Si su nariz fuera como la del perro, ya te hubiera encontrado. Yo por buena gente no le dije que estás aquí en Qotsap. Me pasé sin decirle nada. Calladita, estaba escondida en el cerco de pencas a la hora en que se entra a la escuela. Mirando, mirando, volteaba la cabeza de un lado a otro. Seguramente para ver si salías de tu casa, solo o con tus perros. ¡Ah, me olvido! A tu perro más grande ya lo mató, lo aventó hasta tu techo. Así que tienes un perro menos, el más querido. La Memoriosa se está preparando en el campo de la escuela. ¡La vieras! Ya es amiga del maestro soplapito. Al primer pitazo, se pone de rodillas; al segundo, levanta las ancas y al tercero, sale disparada y no para hasta llegar primero en la carrera de cien metros. Tu agilidad no va a servir de nada. Vas a morir en la zanja. Ya te jodiste, she.

Si la maestra me castiga, tú también serás descubierto. Eso no sabes tú. La Memoriosa se hace la upa. Es especialista en eso. Al fin sabrá que estuvimos ambos. Cuando me encuentre, le diré: escúchame y después me matas. ¿Por qué no le preguntas a tu cría? Su cría moverá la cabeza de arriba abajo y la Memoriosa descubrirá todo. No fui yo solo. Tú también estuviste. Le diré a la señorita que todo pasó en el pajonal, donde todos los días pastamos animales. Le diré que tú pasaste primero, y, cuando llegó mi turno, a ti ya te tocaba agarrarle del pecho a la Memoriosita y que en eso se apareció su mamá. A la Memoriosa le diré que me perdone y que me encomiende al Patrón San Santiago. Quiero cambiar. ¡Eso le diré! A ver piensa. ¿Cómo te mirará la señorita cuando oiga eso? ¿Qué dirá la Memoriosa? Así que no me vengas con chistes.Sí, pero la Memoriosa fue a la escuela por ti. Está en los caminos por ti. A mí me lame la cara. Es mi amiga. Eso pasó en el salón. Cuando metió la cabeza por la ventana, todos los alumnos se echaron a reír. La Memoriosa nos miró uno a uno, a hombres y mujeres. Al ver tu asiento vacío, movió su cabeza de izquierda a derecha y siguió su camino. Todos reímos, mientras la señorita le preguntaba: ¿qué pasa, Memoriosa? Dando marcha atrás, ella metió la cabeza y me lamió la cara. Entendí que quería mi ayuda y eso haré el lunes. Ahora camina sola. Seguro deja a su Memoriosita como cebo para que caigas en la trampa. Cuidado que vuelvas a hacer esa barbaridad. De repente tu papá ya sabe, she. Ahí, sí, te jodiste.

¡Calla, loco! Ya hemos apostado. Ahora aunque llores te voy a quitar tu trompo y te voy a patear duro en el culo. Yo siempre te he ganado. Así que esta vez también vas a perder, por hablador. Eso no sabes.

No te alabes tanto, she. Nunca me has ganado nada. Y si en algo he perdido ha sido de pura chiripa. Y eso no es ganar bien ganado. Ya te jodí.

¡Chiripa dice! Toda la vida te he ganado bien ganado.

Chiripa, pues, she. ¿Qué pasó cuando estábamos en el bosque de eucaliptos? ¿Viste cuando le tiré hondilla al tuku? La piedra salió silbando y ¡zas!, cayendo en una cabeza, rebotó a la cabeza de otro tuku. Donde apunté, ahí mismo le cayó. ¡Sí o no!

¡Anda sonso! Tú apuntaste a su buche. Pero el tuku, más sapo que tú, riéndose se agachó y te hizo cachita. De cabecita desvió tu piedra al otro tuku. ¡Sí o no!

¡Anda, she! Yo no tiré a su cuerpo. Yo tiré a su cabeza para que la piedra se vaya saltando de cabeza en cabeza. Y resultó.

¡Anda sonso! El tuco te hizo cachita. Vas a decir que no. Se rió de ti. Tu piedra no mata. Tienes menos fuerza que una mujer. Pero yo sí, apunto mejor que Santiago. Por eso mi piedra pasó entre las patas del pichichanka y se quedó clavada en el árbol porque tengo fuerza. ¡Dime que no!

No te alabes, she. La piedra no se clavó en el árbol, chocando se cayó al suelo. Más bien a ti te hizo cachita el pichichanka. Eso me dio más risa. Y cuando conté en la escuela, se rieron más. ¿Sí o no? ¡A ver dime!

No, ya. Yo apunté entre sus patas. Y por ahí pasó la piedra. Ahora está metido en el árbol. El pichichanka se quedó sonso. ¿Sí o no?

Tú eres sonso, she. Parecía que le hiciste una guachita pero no fue así. Tú apuntaste a la pata del pichichanka y tu piedra iba directo, allí; pero nunca pensaste que el pichichanka curveando sus patas dejaría pasar a tu piedra. Sí o no. Esa es la verdad.

¡Guachita fue, cojudo! Porque soy de buen corazón no quise romperle su pata al pichichanka. Por eso disparé ahí entre sus patas y la piedra pasó por allí, ya.

¡Anda, she! No sabes ni siquiera hermosear tu cuento. Cuando tú le tiraste la hondilla, el pichichanka te miraba como si nada. Tienes puntería. Pero el pichichanka se burló de ti. ¡Sí o no!¡Ríndete nomás ya!

En todo caso estamos empates. A ti el pichichanka te hizo cachita y a mí el tuku. A ver ¿qué pasó cuando orinamos desde una piedra grande?

¿Vas decir que me ganaste?

Claro, pues, she, te gané.

Yo te gané, she. No seas tramposo.

¡No! Mientras sacabas tu pajarito, yo ya había terminado de abotonar mi pantalón. Rapidito, sí, o no.

¿Acaso apostamos quién orinaba rapidito?

Pero terminé primero.

Yo duré más. Y yo oriné tres veces más lejos, que tú. ¡Eso apostamos!

¡Ah! ¡Bueno! ¡Uno con otro, pues!

¡Pendejo! ¡No quieres perder!

Pero gané, pues, she. Tú orinaste más lejos pero yo terminé primero. Es uno con otro, pues. Sí o no. Eres bien picón. Hasta lo que pasó con Nicolaza, no me reconoces.

¡Uuuu! ¡Mejor cállate!

¡Es la verdad, pues! Yo te dije que le escondas su cuaderno y nada más. Y tú, sonso, caíste en mi trampa, me hiciste caso. ¿Eso es perder o no?

¿Porque te hice caso, perdí?

¡Claro, pues! Al hacerme caso perdiste porque cuando la maestra le echó látigo a Nicolaza, no viste lo que yo vi. ¡Bien hecho!

Sí, pero no perdí del todo porque también gané siquiera alguito. Tú no sentiste lo que yo sentí, dos bultos blandos. Yo los tuve en mi espalda. Tú, viste y nada más; pero yo lo sentí. Qué me importa no haber visto lo que tú viste, loco.

Sí, pero no se te hizo agua la boca; a mí, sí, porque le vi sin nada.

¡Qué gran cosa es mirar un culo! Yo, yendo al río puedo ver a la Leonora en el agua, bañándose qala siki y ¿eso no es mejor?

No, porque lo que tú ves es siki de vieja; en cambio yo, sí, paro viendo siki de escolar. Peor para ti porque estás templado de ella.

¡Sonso! Tú también estás templado de Nicolaza.

¡Ah! Pero yo no estoy tan templado. Tú te mueres.

Yo la he cargado y no sabes cómo es su aliento. Si te casas, ya sabrás que a mí me sopló primero. Su teta también me hincó, she.

Ojalá se casen para que pierdas. Todo el salón se imaginará en su siki. ¿Sí o no? Un siki fácilmente no sale de una cabeza.

¡Anda sonso!

Tú no has visto un solo qala siki en la escuela. Yo he visto varias veces. Y todos los lunes. La señorita sabe por qué te hace cargar a todos los jalados. Ella sabrá si es para que sientas bultos en la espalda o más abajo.

¡Sin joder ah! Tú ves sólo el qala siki de las sonsas. ¡Sí o no, she! Las sonsas salen jaladas en los exámenes. De ellas nomás, ves. Así que no jodas.

Pero tú no cargas solamente a mujeres. Nicolaza no es sonsa. Es mejor que todos nosotros. Tú eres malo. No pareces templado. De broma nomás te dije que le escondas su cuaderno. Caíste en mi trampa. Y lo hiciste creyendo que otro la iba a cargar para que le echen látigo. ¿Sí o no? Te jodiste. Por eso fuiste medio de mala gana cuando la señorita dijo: a ver, Shanti, carga a Nicolaza. A ti nomás ya, te falta mirar su siki. ¡Cásense, she, para que le veas!

Pero no sabes que otra vez voy a esconder su cuaderno. Si la señorita dice: a ver, Shanti, cárgala, me haré el cojo o que estoy enfermo del espinazo. Y como los dos somos los más punches, te llamará a ti. Entonces me tocará ver su siki. ¿Te das cuenta?

Otra vez quedaremos empates.

¡Empates!

¡Empates, pues, she!

Siempre que pierdes inventas cualquier cosa. ¡Sí o no! Así dices porque no te gusta perder. Eso hiciste después que te dieron tu golpe también.

¡Qué golpe, she!

¡Cuando Julio te rompió tu quijada, pues!

Yo no quise pelear, she. Dije: de repente le doy un golpe mal dado y lo mato. En eso me cayó la patada. Pero, también, yo peleé por cumplimiento; no, como debe ser, porque Julio es primo de Nicolaza. Peor todavía, sabiendo que la señorita me echaría látigo como va a hacer contigo delante de la Memoriosa.

¡Anda, sonso! Eso te pasó por mentiroso. Por copión. Yo le contaba a Demetrio de mi sueño. Le decía que en mis sueños yo era Bruce Lee. Y tú después de oír eso, ahí mismo dijiste: ¡mentiroso, te estás copiando mi sueño! ¡Yo soñé que era Bruce Lee!

Pero fue verdad pues, she. Yo soñé que era Bruce Lee.

Pero entonces por qué no contaste primero.

Eso qué tiene que ver, pudo ser un olvido y nada más. ¡Ah!, ¡ahí está! Ahora que recuerdo, yo soñé que era Bruce Lee pero tú, Bruce nomás.

¡Anda, sonso! Si en tus sueños eras Bruce Lee, ¿por qué Julio te malogró tu quijada? Más bien, el sueño era al revés. Yo era Bruce Lee y tú Bruce nomás. Por eso le di duro a Ricardo, también. A ti por copión casi te rompieron la quijada. ¡Pobrecito, cómo estarías ahora sin tu quijada! La Nicolaza te habría dicho ¡chachíiii!

A ti también te dieron bien dado siquiera un puñete, pues, she. Sí o no.

Sí, pero yo fui el ganador. Eso quiere decir que Bruce Lee es buen sueño para mí.

¡Para mí es mal sueño, dice!

Claro, pues, she. Tú nunca ganas nada bien ganado. Tú sólo lo arreglas todo. Eres mentiroso. Eso es feo. Debes saber perder. Así se aprende. Eso nos enseña la señorita.

La señorita que te va a chicotear en el culo.

¡Anda, sonso! ¡Estamos hablando del sueño, she! ¿Ya ves cómo eres?

Ahora dicen que la Memoriosa va a ir a la escuela. Irá por ti. ¡Sí o no!

¡Oye, sonso! ¡Estamos hablando de lo que Julio casi te rompe la quijada!

La Memoriosa ahora anda por aquí, por allá, buscándote. Quizá preñaste a su becerra.

Tú fuiste antes que yo y no jodas. Ahora, sí, te revuelco pero bien revolcado, so carajo.

¡Ya, ya, ya, ya, ya, ya! ¡No me pegues, she! Es mentirita nomás.

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Bípedo de la balanza

Todas las mañanas, abandono mi guarida fúnebre, empujado por la ansiedad de hallar a algún bípedo que muestre interés por mi mensaje y también por el deseo de disfrutar una vez más del sosiego que espante la obsesión de hacerme la señal de la cruz, que es una constante en horas de la noche. Mi calzada de ascenso es ondulante y aterradora. Mientras camino, volteo la mirada, de cuando en cuando, por el temor que tengo de sentir el peso de una mano invisible en mi abdomen. A medida que voy entrando en contacto con el mundo exterior, me sumerjo en la dicha con sólo percibir el crepúsculo que hace visible al vasto y cielo estrellado, en donde cada mediodía arde cual inmensa tea el astro cegador. Fuera de mi dormidero, mi primer quehacer consiste en buscar moscas ateridas de frío. Una vez despiertas, aterrándolas con mi rostro que da la apariencia de cruel asesino, troto encabritado tras ellas que huyen por sus vidas en torpe vuelo. Igual emoción siento mientras coloreo la yema de mis patas en el tinte polvoroso de algunas mariposas, en fingida muerte. ¡Oh maravilla! Es la hora de mis extremidades, de mi garganta y del orificio de mi abdomen. Momento de liberarme de las tensiones con sólo contemplar mi horizonte y dar voces al inexistente Bípedo de la Balanza.

La visión espeluznante de años atrás me dejó transformado en escenario de verdaderos conflictos en el que combato hasta ahora contra mí mismo y no sé contra quién más. Sea como fuere, lidio contra el desánimo que pretende desviarme de la misión que a la larga me conducirá a la inmortalidad. En reiteradas ocasiones he caído en la tentación que entra por los ojos, sobre todo, si se apareciese a la vista alguna patuda de gran abdomen y andar acompasado. Terminada la fechoría, el cielo se apiade de mí, cruzando las patas empiezo a golpearme el pecho por haber cedido ante el apetito de la carne, cuando esos preciosos instantes pude haberlos empleado en la misión tan delicada de ubicar al Bípedo de la Balanza.

Décadas atrás, una voz audible tomó posesión de mí. Era la misma voz que me infundió serenidad cuando el río golpeaba contra el asno pensativo, que se encontraba ayudándome a cruzar el torrentoso río de mi quebrada. Esa voz también me salvó de morir achicharrado en las llamas de fuego que consumieron por completo la choza del indio Tomás, quien se encontraba arreando las reses del patrón hacia el abrevadero.

Ante la orden misteriosa, sentí que mi diminuto cuerpo no me pertenecía; ni mi voluntad. En plena oscuridad yo era una criatura ferrosa, un ser carente de la facultad de pensar. ¿Desde entonces estaré programado? Pareciera que sí. Y eso queda demostrado apenas empiezo a trabajar de memoria mi túnel cuando este es destruido por algún cuadrúpedo que anda con los belfos dispuestos a arrancar el pasto de la tierra.

Mis patas respondieron con gran velocidad a la voz misteriosa. Transformado, corrí en zigzag a pesar de que en el extremo de mis larguiruchas patas empezaban a germinar diminutos pies de bípedo infante. Aún así me desplacé tras los uniformados que cargaban cuerpos en dirección al carro estacionado con el motor y los faros encendidos. ¡Síguelos! Y lo hice con la velocidad fantasmagórica de las balas que salen del arma asesina o del relámpago que desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Pero cuando la fe entra en prueba, llego a dudar de mi llamado y hasta reniego de él. Ha transcurrido más de una década y la voz misteriosa ha dejado de darme órdenes. ¿Habré sido convocado para ser guardián de huesos? ¡No admito la posibilidad de que el Invisible se haya lastimado, porque su voz, que cubría toda la tierra, reflejaba que Él era inmune a toda enfermedad! ¡Quizá ahora está dando órdenes a otro como antes a mí!Debo estar atravesando una seria crisis, algo peor que otro de mi especie, pues, cual bípedo, amante de hacer fechorías, impulsado por la soledad del escampado en que moro, dando rienda suelta a mi defecto interior, violento a la pobre patuda que, por error, habría incursionado en mis dominios. Con el alma en tensión, me abalanzo sobre ella y ¡zas!, vacío mi maldad, aún corriendo el riesgo de concluir mi faena con el cuerpo malherido. ¿Habré actuado mal? Estoy convencido de que sí, porque, concluido el ataque, me siento invadido por la lección que enseñaba en mi quebrada la maestra de mi bípedo captor: se defendieron con uñas y dientes. Y así era. En todos los casos yo tenía las de ganar, al menos si ingresaban en mi guarida de donde se sale sólo si se cuenta con la ayuda de los rezos.

Debido a los años transcurridos bajo esta tierra y el estado de abandono en que me encuentro, sufro de achaques como el remezón de cuerpo y el mal de espíritu. ¡Grito y jadeo en mis horas de sueño! Aúllo con alarido de bípedo. ¿Qué destino le daré al recado que se ha transformado en ruma de huesos? Debí mostrar firmeza de carácter y decirle ¡no! al ordenador. Se me afloja el abdomen y hay veces en que, reclinado en mi diván de seda, gimo y río de mi suerte. Malaya la hora en que llegué a ser testigo de la visión. Otro debió ser el convocado a esta tarea y no, yo, porque soy sólo un desdichado ponzoñoso.

Unos yacían desangrados en tierra; otros padecían el pataleo final. ¡Fin de la especie bípeda! En la oscuridad, bombas, balacera y gemidos opacados por la garganta vibradora que trataba de imitar a la melodía del querubín. En el tercer ¡síguelos!, de un brinco me aferré al metal herrumbroso cuando un uniformado cerraba la puerta del camión portatropas.
Se me erisipela la piel con sólo evocar al militar que iba sentado al timón del carro. Los interminables postes de cima encendida a lo largo del pavimento, parecían adheridos unos a otros. Qué fantasmagórica velocidad para un novicio como yo, que sueña ser bípedo. Inexplicablemente me sostenía en el metal girador a pesar de que se esfumaban de mis patas los pies nacientes de bípedo. Uno a uno se desprendieron: primero los dedos, luego el empeine y el talón. Me dolió perderlos pues me había hecho a la idea de retornar algún día a mi quebrada y arribar con pies de bípedo infante a la casa del indio Tomás, antes que la muerte nos separe. Los neumáticos rodaban alzados a ras de la pista, a la altura en que las avecillas azabaches, entre pirueta y pirueta, suelen volar, besando la tierra. Lenguas de fuego por el tubo de escape. ¡Qué enajenación! La muerte me acariciaba, sobre todo si parecía resbalar hacia la pista. Sólo entonces, atiné a rezar como lo hace el indio Tomás, en momentos previos a la siembra y siega.En la oscuridad ingresé al cementerio tras los uniformados que se desplazaban cautelosos por los vericuetos de la construcción fúnebre. El que encabezaba al grupo ordenaba: ¡pronto, mierdas!, ¡apresúrense!, ¡el tiempo apremia!, ¡suban a los diez primeros!; ustedes, de pie, manténganse listos con el material. Después que los bípedos fueron encapsulados en varios nichos, continué en el carro que tomó otro rumbo mientras yo guardaba en mi memoria lo sucedido. ¿Cementerio de cuál pueblo es este? ¡Qué extraño! Aquí también moro pero he olvidado su nombre. Bien digo que me parezco al robot, la criatura ferrosa. ¡Qué pésima memoria! Debiera familiarizarme con el apetitoso caldillo del que se vale el indio Tomás para mejorar su cerebro. ¡Ah! ¡Ya recordé! ¡Se llama San Vicente! ¡Sí! ¡San Vicente! Estoy seguro que quien avistare la inscripción N. N. percibirá mi tejido en la parte superior de los nichos y en el recipiente ahora oxidado en que algún bípedo de buen corazón puso un ramo de flores, restándole importancia a las amenazas.

¿Cuánto tardará en llegar el Bípedo de la Balanza?

La cueva donde moro es resultado de mi arduo trabajo. Qué duda cabe, en la construcción y reparación de túneles, interviene la fuerza superior, que sí entra a tallar cuando el caso es de su incumbencia. ¿No será el autor de la voz misteriosa? Cavé la tierra de sol a sol sin necesidad de pala y sin probar bocado de pan ni sorbo de agua, menos la coca, fiel compañera del indio Tomás. Por último, soy poco aficionado al menú del bípedo, con la salvedad de que en mi quebrada, sí me agradaba revolcarme en el mate de mi captor que contenía el polvillo azucarado de cebada tostada.

Las moscas suspenden el vuelo en mi telar. Caen precipitadas voluntariamente; claro, después de echar un vistazo a mi abdomen; eso me hace pensar que algún invisible se preocupa por mí, porque, de otro modo, las moscas no podrían sacrificarse por gusto; quizá convenga hacer memoria la prédica del bípedo vestido de negro; le llamaban el cura Popish; él decía que el profeta Elías era un hombre con privilegios y que por ello sobrevivió en un paraje deshabitado, gracias al cuervo, quien lo alimentó durante varios días ,con pan y carne, por orden de Dios. No sé por qué, las diminutas moscas, cayendo en mi tejido, me esperan pacientes, patas arriba, para formar parte de mi cuerpo después del cántico de las perdices.

Tengo encallecidas las patas y los dientes, romos. Cómo describir la ayuda del Invisible en la construcción de túneles cuyo extremo tiene su final en un laberinto óseo. Cavé hoyos en zonas descampadas. En total soledad, con el orificio de mi abdomen, escribí mensajes en los nichos y en las hierbas, sin un trapo con qué secar el sudor de mi frente y cubrir mis narices de la hediondez. Imposible obviar el aire irrespirable que inhalé mientras acortaba la distancia a la ruma de cuerpos. ¿Habrá alguien que sepa reconocer mi esfuerzo? ¡Cómo borrar de la memoria los momentos aciagos en que caía desplomado por tiempo indefinido, sobre las carnes putrefactas! Ningún bípedo entiende mi sutil grafía, salvo el Invisible y la patuda, que en ocasiones viene a jadear debajo de mi abdomen.

¿Qué importancia tiene el nombre de los lugares? Construí túneles en parajes inhóspitos. ¿Qué significado tendrá Agomarca, Pucayacu, Cayara? Cubrí con mi tela los hoyos de las paredes de donde extrajeron balas. Realicé igual labor en las paredes de los penales a pesar del olor a orina o los golpes con el extremo de la escoba. Soy inmortal. Si ahora muriera mañana seré visto en otros hoyos. Conmigo no funcionan las balas. Aunque ignorante, construyo túneles donde es sepultado a escondidas un pobre bípedo. Soy experto en dejar limpios los plomos que ingresaron en los cráneos. De haber asistido a la casa donde los chiuchis aprendían a pronunciar mejor mirando un papel, ¿qué medios habría utilizado para portar mis implementos o cómo habría escrito en el papel si la sustancia que sale por el orificio de mi abdomen deja de funcionar en superficies planas? ¿A qué nombre habría respondido si la bípeda de bien vestir, de pechos y ancas prominentes, pasaba lista? Los chiuchis me habrían dado muerte con sus varillas resecas. A mi sola presencia, la bípeda habría chillado, como sabe hacerlo: ¡denle muerte a esa patuda!Fui testigo de bípedos emponchados en pataleo final. Todos ellos se parecían al indio Tomás. Si bien en mi paraje se tenía como lema los machos no lloran, frente a la muerte, la realidad tenía otro cariz, pues, los bípedos de cualquier edad, en su debido momento, sólo supieron implorar por sus vidas con gemidos indecibles. Entonces me contagié de esos llantos y bien quisiera enrostrarle al músico, cuya voz era el indicio de que ya había empezado el traqueteo de las metralletas.
La voz se propagada como si estuviese saliendo de un palacio iluminado para la ocasión. Con mucha calidad y modulación, la voz se perdía en el cielo de una urbe sumergida en la niebla o aturdida por el verano candente. A decir de los bípedos, ¡la sin igual garganta tenía por antesala a una lengua prodigiosa, amurallada por dentaduras de finas características! ¡Oh! ¡Delirio total de multitudes! ¡Pero qué pésima memoria tengo! ¡Hasta los cuadrúpedos recuerdan el camino por donde frecuentan! ¡Yo he olvidado las palabras de la canción preferida del músico! ¿Algún trauma? Sólo tengo en mente una parte muy pequeña que dice: la erre del rifle. En ese instante las armas empezaron a traquetear y cesaron de vomitar balas sólo cuando la voz dejó de vibrar.Soy presa de pesadillas. ¡Si los uniformados supieran el papel que me toca jugar en esta historia de huesos y carnes putrefactas! ¡Si ellos sospecharan que quien tomó posesión del subsuelo y los bordes de los nichos abandonados, conoce de memoria el modo en que dejaron de existir los bípedos emponchados! Estos hoyos me pertenecen y fueron construidos muy a mi estilo pero por cuenta y riesgo de la voz misteriosa que, sin necesidad de recurrir a arma o chantaje alguno, me ordenó a activar los dientes, las patas larguiruchas y el orificio de mi enorme abdomen.¿Estaré sufriendo las consecuencias de mi arrojo o serán los primeros síntomas de la enfermedad del bípedo? ¿Por qué creí que la voz ¡síguelos! estaba dirigida a mí? ¡Quizá ya estoy contagiado del mal del bípedo que hace perder la razón y lo lleva a cometer crímenes tan horrendos como el sucedido en la casa de los presos! ¡Con toda seguridad ya estoy con la cabeza movida! ¡Sí! ¡La enajenación! Hasta pareciera que voy a devorar a uno de mi especie o a mí mismo. Me imagino comenzando primero con mis patas; luego, el orificio de mi abdomen e ir avanzando, de ese modo, hasta llegar a mis órganos vitales.

El indio Tomás blandía el azote de cuero cada vez que su primogénito era sorprendido apareándose con cualquiera de las hembras del asno pensativo: sólo los enfermos hacen semejante asquerosidad; búscate una mujer. Líbreme el Invisible de hacer eso a la mariposa o a la lombriz, mis entrañables amigas del pajonal. ¿Estaré en verdad contagiado? Ante la duda, resurgiendo la razón digo: ¡no, aún soy el mismo ventrudo de antes! Ocho son mis patas: cuatro en cada costado de mi tórax. Este es mi abdomen y estos, mis ojillos. Entonces sonrío al constatar que aún estoy íntegro y, de pura emoción, repito la operación de aflojar mi abdomen para que la cera salga por el orificio que escribe con suma destreza, en los tallos próximos a mi túnel. ¡Siempre luce impecable mi tejido! ¡Santo cielo! ¡A huir hoyo adentro! ¡Cuadrúpedos a la vista!

¡Soy un polvillo en la tierra! Pero por momentos me creo un espíritu alado, alguna diminuta bestia ponzoñosa o el duende tamborero de la cascada. ¿Me estaré volviendo bípedo? ¡Quizá! En todo caso, hice mal en paladear... ¡Mejor me callo!

En mi quebrada, qué único era mi ligero túnel, iluminado por mis ojillos y construido en zigzag. En este caso tengo buena memoria pues recuerdo con nitidez mi hábito de contemplar meditabundo el modo en que rodaba la bolsa circular donde estuvieron encapsulados otros ponzoñosos de mi especie. Las evocaciones giran en mi cerebro; sobre todo, el pasado con sabor a bosta y olor a aprisco. Mi interior es un remolino. Nada era mejor que la época de la esquila. En ella, encontrándome calmo bajo el vellón de lana, cuántas veces habré dado el susto de su vida a quien, por descuido, llegara a palpar mi abdomen. En mi quebrada el susurro del airecillo sabía a coca; el cielo despejado y el murmullo de aguacero, también. Mis días eran melodía pura por el constante movimiento del pico de los emplumados. Y la dentadura del indio Tomás era verdosa sea en época de hierbas, de sequía o de un cielo lluvioso. Don Tomás solía decir: todo tiempo pasado jue mejor. Yo respondía desde mi hoyo: cierto, don Tomás, cierto. Pero mi voz no trascendía más allá de mis ojillos. Así por ejemplo, viene a mi memoria la mañana en que ataqué a doña Eugenia en su calcañal al ver que ella arremetía contra mi hembra quien, en casos de peligro, hacía rodar a buen recaudo el saco albo en que hormigueaba su innumerable descendencia.

Evoco el placer hormigueante de los primeros rayos del sol, que me entibiaban de a pocos, mientras, reposaba impertérrito a la entrada de mi cueva, precisamente, a la espera de los flecos gualdos del dios Inti, que, eso sí, no eran ácidos como el chorro del chiuchi, el cual sólo servía para desalojarme de mi túnel. Viene a mi memoria los días en que, recorriendo mis dominios, solía huir despavorido de los cuadrúpedos, cuyas pisadas y mordiscos matan si uno fuera sorprendido entre las hierbas. Están latentes la multitud de mis muertes y el infinito domingo donde luché a patas partidas por mi libertad. Malaya la hora en que mi ponzoña fuera vencida por la varilla reseca del chiuchi. A partir de esa fecha, mis días transcurrieron en una celdilla tibia y rectangular que iba adherido en el bolsillo de la camisa de mi captor. Sí, desde ese entonces, hasta el día en que, según él, por cuestiones de estudio, me abandonó en el paraje deshabitado. El chiuchi metía en mi celda moscas y abejas zumbadoras. Por eso, valiendo la pena satisfacerlo en todo, me olvidaba de su inclemencia que salía a flote, cuando capturaba a otro ponzoñoso de mi especie. Abierta mi celda, sin titubeos yo brincaba hacia la tierra polvorosa y caía sobre mi rival, quien ya me esperaba enfurecido con las patas alzadas. ¡Ambos dirimíamos superioridad a dentellada limpia y a patas partidas! ¡Así luchaba por mi vida! Después de la batalla y muerto el contrincante, mi captor ponía la celda a mi alcance y yo, rengo y enervado, alzando con dificultad las patas, entraba en el recinto donde mis heridas serían cauterizadas gracias al manjar grasoso de las abejas y las hurras alentadoras del chiuchi. ¡Malaya la hora en que por error brinqué hacia un enjambre de escorpiones!

¡Ah, si hablase de mis noches de insomnio! A partir de mi cautiverio, daba cabezadas de sueño en espacios jamás imaginados. Bajo frazadas, dormía plácido en su axila y ombligo profundo, hasta que en una oportunidad, de tanto extrañar mi cueva, decidí darme a la fuga. Ya es hora diciendo, me escapé, muy calmo y pegadito a su brazo, repitiendo de memoria el rezo que aprendiera del indio Tomás. Yo tenía estudiado los movimientos de mi captor y hasta su manera de echarse en la cama. Él dormía con los brazos en cruz. Por tanto, resolvería mi problema con sólo llegar a su acuencada mano para descolgarme a tierra. Lo conocía muy bien; por eso, convencido de que tenía un sueño profundo, salvo por sus ganas de orinar, decidí dar el primer paso. Compungido, me despedí de su pecho y del wis, wis de sus narices, consciente de que yo mismo sufriría por la separación. La libertad estaba a la vista pero el camino angosto y oscuro, que estaba obstruido, me impulsó a echar la carrera vientre abajo porque también él solía dormir con las piernas flexionadas y los pies descubiertos. Corrí y corrí pero la fetidez ascendente hizo que retrocediera con la cabeza gacha y deseos de arrojar y tuve mucha bronca porque, para eso, el chiuchi ya reía a mandíbula batiente. Son testigos: ¡ay, los emplumados nocturnos, las nostálgicas plantas, el aroma de la leche caprina y los cascos del asno pensativo!¡Qué lástima! Mi voz trasciende sólo de un tallo a otro, de una ramita a otra. Decenas de veranos, inviernos y así cuántos más pasarán. El viento sopla a los cuatro cabos de la tierra y da la sensación de estar royendo la copa de los eucaliptos. A pesar de los años transcurridos, ha vuelto a resonar la melodía del cantor. Proviene de una humilde choza. La voz es la misma pero las palabras, ya no. Ahora salen emplumados blancos. ¿Cómo habrá entrado allí el músico querubín? Canta y deja de cantar y así varias veces por día. ¿Estarán muriendo otros bípedos? Con p de patria, la e del ejemplo. ¡No! ¡No pasa nada! Pareciera que, con esa voz, intenta ocultar la sangre vertida y ahuyentar los aullidos de la noche del crimen. A todo eso, algo me dice que debo tener cuidado si se le escapara las palabras: “la erre del rifle”.

Un cóndor. Un cernícalo. Bandadas de palomas y diminutas avecillas en mi techo azul. Una nube que vuela rumbo al oeste. Una señal de lluvia. Doy voces. Un día más y no percibo asomo de bípedo, sólo a un chiuchi desconocido, varilla en mano, levantando piedras. Por conveniencia me zambulliré hoyo adentro, pues, podría darse el caso de que en su intento de capturarme encuentre el cementerio celosamente cuidado durante décadas.

¡Tengo la impresión de estar desquiciado! ¡Quizá por paladear tanto seso que cubría a cada bala! ¡Estás contagiado! ¡A punto de ser bípedo! Escuchar eso me da mucha cólera. Es una bandada de emplumados multicolores que alzan su melodía al verme apostado, dando voces desde mi altillo.

¡Pronto, Bípedo de la Balanza, pronto!

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13 enero 2007

Voces Kechwas

Aija. Provincia del departamento de Ancash.

Alichu. Hipocorístico de Alejandro.

Aytá. Ahí está.

Catita. Hipocorístico de Catalina.

Chachíiii. Achachii, exclamación de susto.

Chiuchi. Niño.

Chullulluk. Voz onomatopéyica de los grillos.

Huachuku. Faja tejida que usan los hombres como correa.

Kuku. Fantasma, cuco.

Kushuru. Especie de alga, que aparece después de fuertes lluvias en las partes altas. Se come preparada en forma de sopa o guiso.

Machka. Trigo o cebada molido y tostado.

Ñasha. Hipocorístico de Nazaria.

Pichichanka. Pichisanka, gorrión americano.

Pik, pik. Voz onomatopéyica de las perdices.

Pukash. Vejiga de cerdo. Al ser inflada, sirve para jugar al fútbol.

Pukyu. Manantial, pozo de agua.

Qala. Desnudo, sin pelos.

Qotsap. Nombre de un lugar.

Rataquenua. Nombre de un lugar.

Shanti. Hipocorístico de Santiago.

She. Interjección. Oye, hombre. Insulto cuando el oyente no es amigo.

Siki. Fondo, base, posterior, trasero, nalga.

Toq, toq. Voz onomatopéyica de los sapos.

Tuku. Búho.

Tukúuuu. Voz onomatopéyica del búho.

Tsuklla. Choza, bohío.

Tsururuk. Ponerse claro, limpio.

Upa. Mudo, sordo, estúpido, sonso.

Wich, wich. Apócope de wichya (silbar).

Wis. Silbido nasal de una persona cuando duerme.

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